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El Candidato

El candidato me miraba desde el cartel electoral, aquella noche de mayo en la que esperaba en la parada mi bus para llegar, por fin, a casa. La débil luz de las farolas, de un tono anaranjado apagado, hacían que me fuese difícil distinguir exactamente las facciones del candidato en aquella solitaria calle a esas horas de la noche. Sólo veía esa sonrisa.

Me sonreía, con esa sonrisa brutal y despiadada tan característica de estos personajes. Una sonrisa propia de quien sabe lo que te conviene. Me ponía nervioso esa mirada estampada en el papel couche del cartel. Parecía mirarme. Me moví hacia otro punto de la parada, fuera de la marquesina tal vez dejara de sentirme observado. Pero una vez me coloqué fuera de la marquesina, no demasiado lejos por si llegaba el bus, me di cuenta de que seguía mirándome. Como esos cuadros que hay en el Prado, que mires el retrato desde donde lo mires el personaje te sigue observando. Pero esto era algo diferente. Su sonrisa parecía haberse ampliado, mostrando sus dientes perfectamente blancos, alineados y cuadrados. Amenazantes. Era la sonrisa de una fiera a punto de saltar sobre su presa.

Miré a mi alrededor. La calle, aunque de doble sentido, era relativamente estrecha. Enfrente podía ver la marquesina de la parada de enfrente, la que lleva los autobuses de vuelta al centro de la ciudad. Había en ella otro cartel electoral, de otro partido distinto. En las farolas de la calle había más carteles de otros partidos, y ninguna luz en las casas delos edificios de la calle. Ya era tarde, pero es extraño que no hubiese nadie despierto, viendo la tele o algo así. Era como si en esa calle no viviese nadie.

No tenía escapatoria, observé el cartel de la parada de enfrente. Otro candidato mirándome, sonriendo con la misma sonrisa despiadada, de quien ha pasado la vida mordiendo yugulares y pisando cuellos (y rindiendo pleitesía cuando toca). Distintos ojos, algunas canas más, pero la misma mirada sin alma. Levante la vista, tal vez la luna me infundiría algo de valor, mi mirada se cruzó con la imagen que se veía en el cartel colgado de la farola, de un tercer candidato. El cartel se balanceaba ligeramente con el viento, pero podía apreciar perfectamente la mirada y la sonrisa del candidato. Un color distinto, otras siglas, otra cara. La misma sonrisa, la misma mirada. Y el mismo mensaje: vótame o iré a buscarte.

Tengo la sensación de ser la presa disputada por una jauría de fieras. En cualquier momento el más cercano sacará la mano del cartel y me agarrará, para convencerme y vaciarme por dentro. Los demás candidatos, perdida su oportunidad, llorarán por no tener su presa, pero estarán satisfechos, cómplices de la nueva captura.

Ya llega el bus, el número de línea en el frontal, iluminado en un amarillo más brillante que he visto nunca (o eso me parece) me hace soltar un suspiro de alivio. Subo al autobús y pico mi billete. El conductor, un hombre ya entrado en la cincuentena, encorvado sobre el volante y algo desaliñado, tras una jornada completa a punto de terminar, arranca según escucha el clinc de mi billete. Miro a la marquesina y el candidato me sigue mirando. Me parece que ya no sonríe.

Libre

Cuando era pequeño mi vida era sencilla, comer, cagar, jugar. Un día mis padres me llevaron a la escuela aunque yo quería jugar. Allí tenía que pasar muchas horas escuchando cosas que me aburrían. No me dejaban correr, saltar, explorar… me sentaban por horas en un pupitre. En la escuela aprendí muchas cosas muy útiles, como que la sociedad en la que vivíamos era la única que garantiza nuestra LIBERTAD, éramos personas LIBRES, LIBRE. Descubrí pronto que me gustaba mucho la naturaleza, en particular las plantas pero los mayores me explicaron que tenía que aprender literatura, lengua, historia, geografía y matemáticas, por mi bien, para en un futuro poder pensar con LIBERTAD, así que estudié matemáticas, lengua y historia. Tampoco me dejaron elección. ¡¡¡vivía en la sociedad de las LIBERTADES!!!Pasaron los años, y como no quería seguir estudiando, mis padres me dijeron que iba a seguir estudiando, que tenía que continuar para en el futuro tener un buen trabajo, que estudiar una carrera me abriría muchas puertas (lo de pensar con libertad ya no era tan importante pensé). Sin muchas opciones hice lo que mis padres querían, eran mis padres y querían para mi lo mejor, al fin y al cabo vivimos en una sociedad de personas LIBRES. Años más tarde terminé mis estudios y busqué trabajo porque, aunque yo quería conocer el mundo ver bosques, montañas y ríos, mi obligación como persona responsable era encontrar un trabajo y labrarme un futuro. LIBRE. Encontré mi primer trabajo, era un trabajo de reponedor en un gran almacén cualquiera, con el tiempo si trabajaba duro y no daba problemas llegaría a jefe de sección y entonces sería LIBRE para hacer lo que quisiese.

Despertador, ducha, transporte público, carga y descarga, descansa…

Pasaron los años y salté de un trabajo a otro, encontré pareja, nos casamos y tuvimos un precioso bebé y una hipoteca de por vida. ¿Que íbamos a hacer? No sabría decir por qué pero todo el mundo dice que es lo mejor que les pasó en su vida. LIBRES, LIBRES, LIBRES..

Despertador, ducha, transporte público, carga y descarga, descansa…

El bebé se fue haciendo mayor estudio, encontró un trabajo, pareja, se casó y se hipotecó. Para entonces mi pareja y yo nos jubilamos. ¡Ahora si! Ahora sí que podríamos disfrutar de la vida. ¿Qué me gustaba hacer?, No me acuerdo, que memoria la mía… por fin era complementamente libre. No teníamos mucho tiempo, la verdad, nuestra hija había tenido otro bebé y teníamos que ayudar a cuidarle mientras que los padres trabajaban. Pasaron los años y nos fuimos debilitando, un día cualquiera nuestra hija nos dijo que ya no podíamos vivir solos, que estábamos muy mayores y necesitábamos alguien que nos cuidase. Nos llevaron a un asilo. Libre, libre

Hace un año mi pareja se murió y aunque querría visitar su tumba todos los días, solo podemos salir del asilo los miércoles por la tarde. Libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre…

EL LINCHAMIENTO

Me acuerdo de cani en el cole. Fue una época dura, siempre he tenido la cabeza un poco gorda y llevo gafas desde los 7 años. Además, siempre he tenido un carácter más bien introvertido. Así que lo más suave que me decían era cabezón y cuatro ojos. Supongo que era víctima fácil. Ahora lo llaman bullying, pero era mi día a día en el puto cole. Te veías señalado por tus peculiaridades, esas cosas que luego te dicen que te dan personalidad. Excepto aquel día que vino Ricardo a clase.

Ricardo era un chico bajito, tartamudo y con una ligera cojera, imagino que producto de algún accidente o malformación congénita. Una diana más fácil, claro. Carlitos, el matón oficial de clase, lo localizó enseguida. En el recreo, esta vez, no fueron a por mi. Fueron a por Ricardo. Y yo fui con ellos, claro. Era mejor formar parte de la cosa, que destacar y señalarme de nuevo, aunque mañana lo mismo volvía a ser el blanco. Ni me acuerdo de lo que le dijimos, a gritos. Sé que no le pegué, porque yo nunca he pegado a nadie, no podría. Lo que sí recuerdo es la mirada de desprecio de Ricardo durante toda la clase. No miraba ni a Carlitos ni a sus amiguitos. Me miraba a mí. Como si sólo yo le hubiese traicionado. No estaba enfadado con Carlitos, era yo el que le había fallado.

Aquella noche, tirado en la cama de mi cuarto, sin poder dormir me venía a la mente aquel momento vergonzoso, recordaba todos los que estaban allí. Me preguntaba si habría más chicos que habían hecho igual: participar del linchamiento para evitar ser ellos los señalados. Creí adivinar una mirada de miedo en algunos compañeros. Estaba seguro de que la mayoría estaba allí para evitar ser ellos los expuestos.