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la mascarilla

El centro comercial está atestado de gente. Gente que, como es de bien en tiempos de Pandemia, lleva puesta su mascarilla tapando boca y nariz, evitando así que las partículas de saliva y demás transporten enfermedad y muerte de unas personas a otras. Es una mierda y ya estoy un poco harto, como supongo muchos de los que aquí estamos. Pero es lo que hay. En el barrio “es lo que hay” es una de las muletillas más usada.

Lo de la distancia de seguridad aquí se aplica poco, la gente llena los recintos de restauración y se empujan, “sin querer”, unos a otros en las tiendas de moda (siempre la misma, claro, que una Pandemia no te quite la oportunidad de uniformarte según los cánones de la gran compañía de confección de turno). La nueva normalidad era esto, el volver a consumir desesperados para ver si en el acto de esta compra captamos esas endorfinas que la vida y la tele ya no nos da.

No se si quieto vivir así, de hecho no quiero. Cada día este mundo se me hace más inhóspito e inhumano. Menos salvaje, en el buen sentido de la palabra. Menos libre. Demasiado control, demasiada civilización, demasiado civismo, demasiadas normas. Muy poca alegría real, de esa que añoramos de nuestra infancia sentida (que no siempre es la vivida ya que la memoria, ya sabes, es selectiva).

Me cuido muy mucho de comentar que mi pareja estas reflexiones. Me apetece poco hablar ahora de esta sensación extraña y, además, no quiero que se preocupe. Que se pille pronto su falda y su blusa, no quiero estar mucho tiempo aquí. A lo mejor luego, cuando nos tomemos una cerveza y le gaste una broma típica acerca de si esa minifalda me sienta mejor a mi o a ella (a veces soy muy tonto). Me gusta hacerla reír, aunque no se si lo hace conmigo o de mi.

Por megafonía suenan las típicas canciones que incitan a la compra compulsiva, dependiendo del momento con más ritmo o más relajantes, siguiendo esas incomprensibles reglas del marketing. Me llama la atención, no obstante, que hay un extraño silencio en el centro comercial. Nadie parece estar hablando hoy, ni para comentar el tiro de la blusa o por donde carga paquete el pantalón. La gente está comprando, saca su visá y la pasan por los datáfonos, cambiando prendas, regalos y demás de propietario, de la tienda al consumidor. Sólo somos consumidores. Y cada compra la vida se nos escapa un poco.

La lluvia de fuera retumba sobre la cubierta del centro comercial, a veces tapando la música motivadora, que tiende por momentos a estridente. Me siento enfermo, mareado. Quiero quitarme la mascarilla y respirar aire puro, aunque en el sitio donde estoy el aire está viciado y debería ir muy lejos para encontrar el ansiado aire puro. Pero no puedo. Las autoridades no lo permiten, hay unas normas.

Además, cuando lo intento no soy capaz de encontrarla, para mi espanto tampoco soy capaz de encontrar mi boca y ni mi nariz. Intento gritar, pero no tengo por donde dejar escapar el aire. Entonces me doy cuenta, la razón de este silencio de las gentes que se apiñan en este centro comercial. Miro a mi alrededor y no creo lo que veo.

En el centro comercial cientos de personas caemos de rodillas al suelo palpando unas caras donde ya no hay nariz, ni oídos y ni boca. Nos miramos con los ojos. Muy abiertos, aterrorizados.

Al final solo nos dejaron la Visa y el miedo. Este miedo