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el cansino Gramsci

¿Conocéis a Gramsci? Yo no, y la verdad es que me importa una mierda el puto Gramsci, su vida y su obra. Lo siento por si me pierdo algo (que seguro que sí, esa te la concedo), pero me interesa muy poco ese individuo cuyas enseñanzas tanto emocionan a ciertos popes y repartidores del saber obrero. Estoy harto de que para reafirmar nuestros argumentos haya que citar a Gramsci, o a Chomsky, o a Marx. O a Bakunin, Kropotkin y demás. Joder, si es que encima los citamos mal, como decía el otro Marx (Groucho, que no me importa citarlo porque ya sabe que lo haré mal).

El uso indiscriminado del “argumento de autoridad” es propio de gentes que piensan poco y necesitan que otros les afinen el argumentario. Lo que en el barrio, y en el pueblo, siempre hemos dicho “unos petardos”. Unos petardos que además quieren no ser rebatidos, porque “como dijo Gramsci…etc.”.

Con estos mimbres hay quien quiere plantarse en Pan Bendito a explicarle a la gente la precariedad, la sociedad capitalista, la lucha obrera (controlada) y, ya de paso, el mayo del 68, el romancero cansautor completo de los 70 y la filmografía completa de Kusturika, Ken Loach, Costa Gravas o Fernando León, que oye, las hay que molan mucho (en otras hasta te compadeces del jurado del festival de Venecia que se vio aquella cosa), pero no es para dar la turra todo el día con ese aire de superioridad intelectual. Que es lo peor de todo.

Leer sabemos todos, y si no nos leemos los tostones que a ti te han “iluminado” y “formado” es porque no nos da la gana. Porque algunos preferimos disfrutar de la vida antes que hacernos los chulitos, y menos ante gentes que te puede explicar en primera persona lo que es un curro de mierda y no poder pagar la casa.

En el fondo, tienen razón quienes dicen que a nuestro alrededor hay mucho pijo dando lecciones. Y liderando organizaciones. Y presentándose al parlamento de turno….porque las cosas se cambian desde dentro. Lo mismo lo dijo Gramsci.

La llamada izquierda (la real, la imaginada, la parlamentaria) está plagada de aspirantes a líderes salidos de la Moraleja que vienen a contarte teoría económica y luchas obreras no vividas. Gentes que desde sus acomodadas vidas y sus completos estudios universitarios (máster en universidad prestigiosa incluido) te explican lo que te pasa en tu día a día.

Y, claro, se nota la impostura.

Para saber que vives en un mundo asqueroso en los que el poderoso se dedica a machacar todo lo que puede a los que estamos abajo (si bien, es verdad que unos más abajo que otros) no necesitas que venga un niño pijo bien alimentado con ganas de tener escaño (o como mínimo una columna en El País y una tertulia en La Sexta). Sólo hay que mirar un poco y, quizá, apagar la tele, no sea que se te seque la neurona (y la necesitas). Vamos, que todos sabemos dónde nos aprieta el zapato.

La (ultra) derecha se lo monta mejor, en este sentido. Son también unos pijos de la moraleja, pero más listos, o quizá con mejores intuiciones. En vez de aburrirte con teorías de tipos como Gramsci y echarte la peta porque no has seguido fielmente sus enseñanzas (y sus tocho-coñazos donde te lo explican), te señalan al enemigo al que odiar (básicamente tu vecino pobre de otro país que vive igual que tú, pero es de otro país). Por supuesto con ellos vas a seguir jodido, y encima enfrentado a tus vecinos de otras latitudes, razas o preferencias sexuales, pero tendrás diversión simbología y, ojo, la sensación de formar parte de una comunidad. Con su simbología, su bandera (grande, en este sentido a las banderas les pasa como a los coches de grandes cilindradas, indican un cierto complejo sexual de su dueño sublimado con un enorme símbolo fálico exhibir) y sus liturgias.

No hay más que ver las liturgias nocturnas con velitas, esteladas y demás que se montan en Catalunya a cuenta del sufrimiento del pueblo que ellos, y sólo ellos, representan. Sí, la cosa de “El procés” es, sobre todo, una historia de la nueva ultraderecha que nos invade y reta, en su mayor parte. Sería momento que alguien se cayese de ese guindo, a ser posible sin caer de la sartén al fuego del nacionalismo español, que es lo mismo, pero con ejército propio (y jueces).

La necesidad que se tiene de buscar un mesías y, tal vez, una redención para nuestros sufrimientos (reales e imaginados) nos lleva a caer en estos pensamientos absurdos y, si hay mucho tiempo, leer a clásicos antiguos y justificar nuestros posicionamientos en sus “enseñanzas” en vez de ver a nuestro alrededor.

A nuestro alrededor hay paro, hay desahucios, hay racismo y machismo. Pero también hay toda una sociedad de gente que se puede juntar y ayudarse mutuamente para superar sus problemas. Esto es, a nuestro alrededor también está la posibilidad de construir alternativas. Y no hace falta leer a Gramsci, ver una película de Kusturika o escucharte la discografía entera de Ismael Serrano (que hay que tener ganas, por cierto). Basta con empatizar y tener ganas.

El puto Gramsci nos ciega. Dejad en paz al puto Gramsci, que no nos va a arreglar la papeleta desde su tumba.

Y alejaros de toda esa gente que para articular su discurso recurren a Gramsci, Marx o cualquier otro autor. Nos sobran intelectuales de pacotilla y nos faltan manos y barrio.