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La propiedad es el robo

Allá por 1840 Proudhon escribió está célebre frase en su obra ¿Qué es la propiedad?, y aquí estamos en el S.XXI y todavía la mayor parte de la población no entiende qué es la propiedad privada y cómo influye esta en su vida. 

Pues bien, hoy vamos a intentar poner un poco de luz sobre lo que es la propiedad privada, y las implicaciones que esta tiene, hablando de la misma en un área muy concreta: LA VIVIENDA. 

Para comenzar aclaremos dos conceptos: propiedad privada y posesión. Posesión es el concepto natural que todos ( o la mayoría) los seres humanos comprendemos de forma natural. Posees una casa (limitándose al ámbito de la vivienda) porque vives en ella (independientemente de si vives en ella 12 o 2 meses al año), la posees porque la mantienes, pasas tiempo en ella, estás vinculado tanto de manera emocional como física a ese lugar, etc.

Sin embargo la propiedad privada es un concepto jurídico y económico, es literalmente “el derecho del individuo, o las organizaciones, a la posesión, el control y la disposición de un bien”. Y aquí está la trampa porque a diferencia de la posesión aquí no tiene (y normalmente es así) que existir vinculación alguna más allá de un papel firmado por unos tipos que dicen que esa casa es tuya, aunque en la vida la hayas pisado ni tengas la menor intención de hacerlo. Por simplificar sería difícil que tuvieses en posesión más de una (o dos casas excepcionalmente) durante un periodo determinado de tu vida pero sin embargo puedes tener en propiedad (privada) tantas viviendas como tú capital te permita y no solo eso sino que puedes trasladar esta propiedad a tu descendencia o a quien desees sin necesidad de nuevo de que tengan vínculo alguno con el lugar. 


Normalmente se argumenta en favor de la propiedad privada de dos maneras distintas: o bien que está nos protege frente al Estado (la más sofisticada). O que nos protege frente a unos supuestos malhechores agazapdos a la puerta de nuestra vivienda para meterse en ella a la mínima oportunidad, quedandosela y dejándote a tí en la calle, nada más disparatado y alejado de la realidad.

En cuanto al primer argumento, no nos podemos reír más. Son los estados los valedores actuales de la propiedad privada mediante leyes, jueces y policías. En resumen, mediante el aparato estatal de la represión y el miedo. Es más, a lo largo de la historia siempre que ha existido la propiedad privada ha sido gracias a que algo o alguien podía amenazar con la violencia a cualquiera que se atreviera a cuestionar a la misma. La propiedad privada sólo existe gracias a la violencia y el miedo, si no fuera así ¿Quién en su sano juicio no entraría a vivir en una casa abandonada en vez de dedicar la mayor parte de sus recursos al pago de un techo?    

En el segundo caso. NO, no es la propiedad privada la que te protege sino la que te coloca en una situación de desigualdad, defensiva y de violencia (indirecta o directa) respeto al resto de seres humanos. Si no existiera la propiedad privada todo el mundo tendría acceso a la vivienda y nadie tendría necesidad de utilizar la violencia para tener acceso a la misma. 

Aún así algunas personas insistirán en que “da igual que todo el mundo tenga acceso a la vivienda que siempre existirá un loco que quiera quitarte la casa porque le gusta, le viene en gana, o (película random de tú elección)”, bien en este caso la posesión no te soluciona el problema (nada es perfecto) pero esta persona se tendría que preguntar ¿Acaso soluciona este problema la propiedad privada? La realidad demuestra lo contrario, incluso a algunos como los militantes de derechas les quitan la vivienda cuando bajan a por el pan.   

Dicho esto, ¿Qué implicaciones tiene en nuestra vida diaria la propiedad privada de la vivienda? Hagamos un cálculo grosero para hacernos a la idea. El salario más frecuente en España es de 18.489,74€ así que probablemente tengamos un salario neto mensual de unos 1276,40€ al mes en 12 pagas.

Fuente: Encuesta de Estructura Salarial. INE (publicado en junio de 2021 con datos de 2019. Próxima actualización: junio de 2022)

Pongamos que vivimos en la comunidad más poblada de España (Andalucía), idealista nos dice que el precio medio por metro cuadrado en esta comunidad es de 1821€/m2 y que una casa de tamaño medio en Andalucía (idealista) tiene alrededor de 103m2, por lo tanto nuestra bonita casa tendría un coste de 187563€ a los que hace falta sumar el 10% de IVA o ITP, dandonos un costo finalmente de unos 206319€. Evitemos añadir al cálculo la solicitud de una hipoteca para no complicar los cálculos (!Somos ricos!), tardaremos unos 162 meses (13 años y medio) en pagar la bonita propiedad privada siempre que dediquemos nuestro sueldo íntegro a pagar la vivienda (cosa que es físicamente imposible). Pongamos que trabajamos de media unas 176 horas mensuales, tenemos que hemos dedicado 176×162= 28512/24=1188 días completos (para qué dormir, descansar o comer) de nuestra vida perdidos en pagar un techo bajo el que cobijarnos, más de tres años de nuestra vida tirados al cubo de la basura (y hemos sido optimistas en el cálculo obteniendo una cota inferior). Piensalo detenidamente, más de un tercio de tú vida laboral va a estar INTEGRAMENTE dedicado a pagar una vivienda. En resumen pierdes unos cuantos bastantes años de tú vida tan solo para tener un papel de mierda.     


Frente a esto la propuesta de quien escribe estas líneas es sencilla: 

  • Eliminar la propiedad privada de la vivienda, sólo existiendo la posesión de la misma.
  • Acceso gratuito a la vivienda de por vida o mientras persista la necesidad a todas las personas residentes en el ámbito de aplicación. 
  • Crear asambleas abiertas a toda la población, libres e independientes y de ámbito geográfico mínimo (siguiendo el ejemplo del Municipalismo Libertario de Murray Bookchin) en la que las personas que habitan en esa área geográfica gestionan la asignación (hasta la muerte o abandono voluntario) del parque inmobiliario y la resolución de los posibles conflictos generados por la misma.  

En cualquier caso la desaparición de la propiedad privada de la vivienda, sin salirnos en exceso del marco capitalista actual, significa el fin de la acumulación de la misma ya sea a través de la herencia o de la compra/venta y por lo tanto el acceso a un parque inmobiliario no basado en la especulación con la consiguiente rebaja sustancial de los precios de la misma.  

1 de Mayo: Por la abolición del trabajo

El trabajo nos mata. No es que no nos guste trabajar, es que trabajar nos mata poco a poco, a parte de que no nos gusta. ¿O a ti te gusta estar media vida pendiente de aguantar a tu jefe, realizar tareas absurdas para un jefe cabronazo, sufrir estrés por las presiones de la organización empresarial y renunciar a tu ocio, tu vida, tu familia para poder hacerte con un jornal (jornal es “salario” o sueldo, hijo mío) con el que ganarte el pan, la hipoteca y la cuenta de tu plataforma de streaming favorita (sobre esto ya hablaremos, que tiene su miga)? No, a nadie le gusta ni el trabajo ni todo lo que lo acompaña.

Y si alguien te dice que disfruta con su trabajo, sinceramente, o miente o es un jefe cabrón que disfruta dando rienda suelta a su sadismo con sus subordinados. O es un ser totalmente asimilado por el sistema con escasas capacidades humanas desarrolladas.

El trabajo, como concepto, es una servidumbre, se basa en la sumisión a una estructura jerárquica que llamamos empresa. Es una forma de esclavismo temporal y pagado por el comprador, que se parece más, al algodonero de Luisiana del siglo XIX o al “señorito andaluz” de los Santos Inocentes que al “emprendedor hecho a sí mismo(normalmente con dinero de papá, fijaros un poco en el perfil de estos paniaguados) que día sí y día también los llamados medios de comunicación nos venden en sus publirreportajes disfrazados de noticias serias.

El trabajo, además, es la base del capitalismo, neoliberalismo o como coño quieras llamar a este sistema social en el que todos andamos metidos. Con diferentes capas, al final la base de toda nuestra sociedad es la misma: la explotación de unos por los otros. Y eso no es reformable, ni mejorable. El trabajo se debe abolir.

El trabajo nos deshumaniza, nos mata y nos atonta. Para superar todo el dolor que nos produce las largas jornadas de trabajo (8 horas según la ley, pero luego ya veremos) nos abocan a recurrir a ocio evasivo, alcohol, televisión, juego, religión…para aguantar en la rueda y olvidarnos durante unas horas la existencia vacía y sin sentido que llamamos vida laboral.

Si se puede reducir la jornada laboral, vamos a por ello, aunque ahora haya empresas que consideran que 8 diarias no son suficientes y abogan, aunque ya las han impuesto en la práctica, por legalizar 10-12 y hasta 16 horas diarias y disponibilidad en fines de semana y festivos. “Jornada Flexible” lo llaman, currito muerto es lo que hacen. Pero no nos podemos olvidar de que el trabajo, por mucho que mejore sus condiciones es una servidumbre y, nosotros, como buenos anarquistas rancios pedimos acabar con todas las servidumbres y, por tanto, con el trabajo.

En el 1 de Mayo por la abolición del trabajo. Que trabajen los ricos.

Dogma

Un Dogma es una verdad irrefutable, revelada alrededor de una fe concreta y que no se puede cuestionar, desde esta fe, porque es, evidentemente, Dogma. En el mundo católico los Dogmas los define el Papa de turno, que es infalible (la infalibilidad del Papa también es dogma, si bien de Papa a Papa la doctrina de la Fe, o sea, los Dogmas, va cambiando, actualizándose o eliminando preceptos, según las cosas que le molan al nuevo ocupante de la silla de San pedro en cuestión).

Es dudoso si los cristianos, concretamente los católicos, han sido los primeros en establecer sus Dogmas para disciplinar a los creyentes de su fe (cosas como lo de la Virgen, la Trinidad y otras más desconocidas, si bien igual de divertidas), es de suponer que no, el afán de controlar a los fieles está bastante extendido en cualquier religión organizada, pero desde luego poca gente ha sido tan eficaz en establecerlos entre la población a la que se dirigen.

En esta casa consideramos que un Dogma es, por definición y al margen de creencias, el mal.

No molesta que nadie tenga sus propias creencias, allá cada cual con sus cosas, el problema es que esta creencia mantenga ciertos conceptos en contra de cualquier realidad científica, es decir, la que dilucidamos en función del razonamiento racional o la prueba empírica. No puede ser que la creencia pase por encima de la realidad.

El Dogma, lo sabemos bien, es un concepto que no es, ni mucho menos, exclusivo del ámbito religioso. En lo político también se vive mucho (de) lo dogmático (y del santoral, ya de paso). La verdad revelada por el líder, que resulta también infalible e irrefutable. Esto ocurre porque se fomenta una mitología de lucha, resistencia e inteligencias alrededor de las siglas, nombres y banderas del partido, sindicato o “quincemayo” algo, convirtiendo aquellos en fetiches y reliquias en los que creer, sin posibilidad de crítica o disenso respecto al dogma establecido.

A veces conviene recordarnos que las banderas, también las nuestras, son solo trapitos de colores. Que las gestas nunca fueron tales, que los símbolos son, sólo eso, símbolos y que las ideas se deben sostener por un pensamiento racional, crítico y, también, que alguno lo olvida, ético. Y, como Sebastián Faure dijo en su día (ojo, que creo que de esta historia ya hemos tirado alguna vez), si un día descubrimos que nuestras ideas se demuestran falsas deberemos combatirlas igual que antes las defendíamos.

Colonialismo de barrio

En el siglo XIX, en Europa, se pergeñó la llamada “teoría racista” (una serie de desgraciados blancos cristianos europeos se devanaron los sesos en demostrar la superioridad de las razas blancas norteñas sobre el resto y, por tanto, la necesidad de que estas fuesen “educadas”) que invitaba a las naciones europeas a colonizar otras tierras y asumir su destino de llevarles industria, civilización y cultura a “esos pueblos atrasados”. Dicho y hecho. Las naciones europeas corrieron a repartirse el botín de todos esos pueblos sin “civilizar” y a los que nadie preguntó si tenían ganas de ser graciosamente civilizados por aquellos “blancos superiores”. Ya de paso esquilmaron los territorios, esclavizaron a las poblaciones y provocaron alguna que otra hambruna y genocidio. Civilizar tiene estas cosas.

EEUU al invento le lla’mo doctrina Monroe y su famoso resumen, “América para los americanos”, no era más que un aviso a los Europeos de que no se metiesen en el corral de los USA. Desde entonces, y hasta ahora, su patio trasero lo siguen situando al sur del río Colorado hasta la Patagonia, como bien sabrán por aquellas tierras dictadores, explotadores y sus millones de víctimas.

Para España, el invento consistía en justificar y dar valor al imperio recientemente perdido: la Hispanidad. A saber, los españoles llevaron libertad, civilización, cultura, religión, etc a esos pueblos “asalvajados” que todavía hacían sacrificios humanos en sus ceremonias religiosas (por cierto, tres palabras: Auto de Fe, no es el nuevo SEAT) y toda esa mitología de la que ya hablaremos algún día (que alguien hable en serio de lo de la Malinche como un ejemplo de “integración y mestizaje” es para que se lo haga mirar). Aún hoy hay quien desde posiciones (ultra) nacionalistas mantiene este cuento de la Hispanidad y habla, sin complejos, ni vergüenza, de imperios “generadores” que llevan civilización (y viruela) allí donde antes no había nada.

En nuestra Europa post-industrializada, y más en nuestra Españita Crispada, el lenguaje colonial sigue imperante en el imaginario político y cotidiano. Y se aplica en más de un sentido, no sólo para sacar un pendón de cierto ducado belga.

Desde hace ya bastante tiempo una serie de artistas están instalando sus talleres y galerías en el antiguo polígono de Oporto (antiguo polígono de Carabanchel muy conocido porque allí está la oficina del paro y alguna que otra okupa), y su culo en la colonia del Tercio, y se dedican a glosar las maravillas de lo que están haciendo en”Carabanchel” y la efervescencia cultural que se está viviendo donde antes había un páramo cultural, económico y social. Han venido, salvando las distancias, a traernos civilización, cultura y sofisticación, que sin ellos seguiríamos siendo los cutres de siempre que escuchan a Rosendo.

Lo que pasa es que, claro, todo eso es mentira.

Primero porque esta mierda te la cuentan desde la primera plana de el mundo o el país (en sus ediciones locales, por suerte) como aviso de que la zona es buena para invertir. Lo segundo es que esa gente le importa una mierda el barrio, sus gentes y su cultura. Los que ya habitamos la zona nos podemos ir a parla (literalmente) y volver al barrio a ponerles sus cafés frapes o las mierdas que consuman.

Y, claro, está “efervescencia” sólo trae especulación, subida de precios y expulsión de la población local a otros lugares más cutres. Los putos rojos lo llamamos Gentrificación, aunque bien lo podríamos llamar “colonialismo de barrio” , que lo mismo se entendería mejor. Al fin y al cabo esto va de expulsar a la gente o dejarlas al nivel subalterno que les corresponde respecto a estos pijos con aires de artistas.

Madero Langostino

l policía de balcón de vez en cuando baja al súper. Necesita leche, birras y prismáticos. Podría pedirlos por Internet, pero el caso es que le gusta tocar el género e inspeccionar a sus “conciudadanos”, por si no se portan bien.

Así que si por un casual ve a alguien intentar llevarse una caja de gambas de la tienda (entre 4 y 10 euros, creo), lo que hace es abalanzarse sobre el desgraciado, agredirle y retenerlo hasta que llegue la policía para llevárselo a comisaría. Por una caja de gambas. Repito, por si acaso alguien lo flipa: una caja de gambas.

Esto ha pasado, y lo peor es que si a esa turba de energúmenos les pillas en un día tonto lo mismo deciden terminar el linchamiento y colgar al tipo del cartel del aparcamiento del puñetero súper.

¿En que momento la gente deja de ser gente y se convierten en hijos de puta? ¿Nacemos así y es la educación y la cultura lo que atempera nuestros ánimos y nos muestra más “humanos”? ¿O, al contrario, es la educación y (in)cultura violenta en la que estamos inmersos, la propaganda constante fomentando la delación, el castigo ejemplar, la venganza…lo que nos convierte en seres sensibles sólo a los peores instintos?

Si es lo segundo, habrá que felicitar a los responsables de la cosa, les esta quedando muy bien este mundo de cerdos sin cabeza. La distopía está quedando cojonuda.

A lo mejor te preguntas, a estas alturas, que se supone tendría que hacer uno si ve a alguien robar comida en el súper. Es muy sencillo: las personas decentes nunca ven a nadie robar comida del súper. Nunca. Y punto.

Compromisos

Una de las palabras más recurrentes en toda reunión que tengas con jefazos, managers o coach enterprise lo que sea , es “compromiso”. Por encima de “sinergia”, que también se las trae. El compromiso no se sabe muy bien lo que es o, siendo precisos, lo que interpreta el cortijero (tu general manager tiene más que ver con “Don Pedro” que con un Mark Zuckerberg cualquiera, si bien este último también tiene su aquel) de turno que significa.

Sí es evidente que, sea lo que sea lo que se mide, se hace en horas. Cuando te dicen que no estás “comprometido con el proyecto” lo que te dicen es que llega tu hora de salida y tú vas y chapas y te vas a casa. Lo contrario, es decir, el trabajador “comprometido” con la Empresa es alguien que se pela 10, 12 o 14 horas diarias, fines de semana, fiestas de guardar y lo que haga falta, señor, estamos aquí para lo que necesite, un admirador, un esclavo, un siervo.

Valoramos mucho la familia y te agradecemos mucho que sacrifiques tu vida personal y familiar por el bien de la compañía”. Literal. Te lo dicen sin descojonarse, sin que les tiemble una ceja. Ponen su mejor cara de mármol y te sueltan esa mierda, con su mejor sonrisa angelical, dando gracias al Señor (el buen cortijero es Católico, Apostólico, Romano y un poquito Farlopero) y deseando que tu familia sea comprensiva con tu sacrificio en pos de “nuestro proyecto empresarial”, que somos muy familiares aquí, pero jódete.

No es nada nuevo esto. Desde hace mucho (bueno, concretamente, de siempre) la pretensión empresarial es que tengas una disponibilidad 24/7 (horas/días) para lo que diga el amo (lo último, están proponiendo la semana laboral de 7 días, porque…bueno, porque son así). Eso de las 40 horas semanales es cosa de rojos o, peor, anarquistas (un día hablamos de estas cosas, prometido, de momento se sepa que no es lo mismo).

Al fin y al cabo, la metamorfosis de Kafka nos habla precisamente de esto.

El trabajo nos destruye como personas, nos socava, nos acabará convirtiendo en bichos asquerosos ajenos a todo lo que no sea nuestro “compromiso ” con la empresa. En definitiva, nos deshumaniza.

La próxima vez que tu jefe te hable de “tu compromiso” quiero que pienses en Kafka: que te imagines convertido en una asquerosa cucaracha que vive para currar y molestar a la gente que se supone quieres. Cuando lo haces se te pasa todo ese jodido “compromiso”

El sindicato que no esta ni se le espera

El modelo sindical español se basa en la experiencia (y el éxito) de las comisiones obreras durante el tardofranquismo y en aquella cosa de la transición (pendiente todavía de un estudio crítico, estamos sentados esperando). A saber: el sindicalismo es una cuestión de la empresa que se trata a través de la negociación colectiva y el abogado laboralista de turno. Y la participación en el sindicato vertical/comités de empresa (son la misma cosa, pero ahora con un matiz “democrático” en formas de elecciones democráticas…me recuerda algo), lo que en su momento se dio en llamar “entrismo” y que tanto gusta en ciertos ambientes supuestamente revolucionarios.

Mientras, la cosa social se articularía a través de las asociaciones de vecinos, que surgieron precisamente ante la falta de organizaciones propias en los nuevos barrios obreros del extrarradio (al estar prohibidos, los sindicatos no tenían posibilidad de instalarse en esos lugares). El modelo tuvo su aquel, consiguiendo las citadas asociaciones unas cuantas victorias para los barrios en los que actuaban, como bien se recuerda todavía en las periferias madrileñas (ojo, tenemos un sesgo de lugar, ya que habitamos esa megalópolis y lo mismo otras realidades piden otros análisis). Al menos hasta que durante “el periodo sagrado” de la transición se liquidó el carácter reivindicativo de las mismas, se las subvencionó, anuló, se dio cargo a los popes de las mismas y, vaya, que lo de siempre.

Y así seguimos. Lo curioso es que incluso los sindicatos que se reclaman herederos de la tradición “anarcosindicalista”, y que fueron laminados y divididos precisamente para meter este modelo, han acabado aceptando estos modelos que priorizan lo sindical (unos dentro y otros fuera del comité de empresa, todos alrededor del mismo, por supuesto) sobre la social. De hecho, se consideran enfrentadas dentro de los mismos. Y eso los mata, nunca conseguirán salir de la estela del sindicato institucional si la aspiración de fondo es llegar a serlo.

Los sindicatos han renunciado a organizar y organizarse en los barrios, centrándose en las secciones sindicales y lo que llaman sindicatos de ramo (metal, oficinas, construcción…) dejando la organización de la cosa social en otras manos (y lo más curioso, con gente del propio sindicato participando de esos espacios). O sea, se considera muy importante tener una sección sindical en una empresa, aunque sea de forma precaria (2 o 3 locos que hacen lo que pueden en ese ambiente hostil que es el centro de trabajo, hasta que los despiden o se queman) y no se ve la necesidad de buscar la organización en el barrio, que, por lo que se infiere, debe estar en manos de otra gente…modelo comisiones, pero les criticamos mucho.

Y, claro, hay consecuencias.

La primera que la gente no va al sindicato si no le despiden o algo así (ya sabéis, obrero despedido, acuerdo en el smac), porque te pilla en San dios (sesgo de ciudad, etc.) y, encima, no tienes nada que hacer allí salvo entrar en sus dinámicas destructivas (lo siento, pero es lo que hay) o, en los mejores casos, ayudar en los conflictos (que suelen ser unos cuantos) que mantienen en marcha.

Al dejar la iniciativa de lo social en otras manos las cosas que se derivan de esto van a tener el tamiz político que definan estas gentes (o sea, olvídate de hablar con tu voz, si vas a alguna historia te van a tener preparado hasta el manifiesto). Se dan casos extremos en los que directamente se renuncia a presentarse como organización de carácter social y político para no “molestar” a los aliados coyunturales. Somos anarquistas en la intimidad.

Y, encima, al no estar donde esta la gente, te aburres y te dedicas a tus cosas (a pelearse por los locales y las siglas…o un concepto de memoria histórica centrado en 3 años concretos). Las situaciones de exclusión y precariedad pasan por debajo del radar. Ni te enteras de cuantas horas pringa el camarero que te pone la birra (camarero que si se presenta en tu puerta es porque le han despedido, tenlo claro) ni si le hacen contrato a un trabajador extranjero, ni eres la primera opción para que la gente se organice, que era lo que te gustaría.

Porque no estás donde tienes que estar, ni a lo que tienes que estar. No estás con la gente. O sea, ya no eres sindicato. Eres una agencia de abogados reivindicativa.

El sindicato debe estar en el barrio y currar para el barrio.

La pirámide de Malinche

Malinche era una de las esclavas que entregaron a los castellanos como botín de guerra tras una de las primeras batallas, la de Centla, de Cortés (Hernán) en la conquista de lo que hoy es México. Tener a alguien que supiese hablar nahualt y maya fue muy importante a la hora de relacionarse con las distintas ciudades y pueblos de la zona, aparte de que, según se cuenta, se convirtió en consejera del conquistador en sus labores diplomáticas (imprescindibles para derrotar a los mexicas).

El papel de Malinche es bastante controvertido hoy día, considerada traidora para unos (supongo que los nacionalistas de la zona), seguramente no le quedaba otra que obedecer a los nuevos amos (en su caso, literalmente) y colaborar. Entre la población nativa había dudas respecto a que había que hacer con esos “blanquitos” violentos y malolientes que arribaron a sus tierras.

Por un lado podrían servir para quitarse de en medio el yugo del imperio dominante, por otro podrían estar quitando a un amo para acabar poniendo a otro aun más violento y despótico, como así ocurrió. Eran conscientes, todos (tanto los partidarios de la resistencia como los que planteaban que había que atemperar), de que muy difícilmente podrían enfrentarse a las armas y tecnología que traían estas gentes. Su acero y su pólvora acabarían con todo a poco que mandasen un contingente numeroso. Así que al final optaron por aprovechar que eran pocos, de momento, ayudarles y confiar en que, estando contentos, fuesen benevolentes y devolviesen los favores.

No podían saberlo. No podían entender que la codicia de esas gentes no conocía límites. No podían ser conscientes de la crueldad y el fanatismo de esos cristianos. Y cuando lo vieron, ya era tarde. En apenas 100 años el 90% de la población nativa sería exterminado. Saqueos, violaciones, maltrato, torturas, desplazamientos forzosos, trabajo esclavo y, como colofón, enfermedades importadas (y no tratadas) esquilmaron a aquellas gentes, como ya había ocurrido antes en las islas del caribe. El exterminio llegó a tal punto que en esa época empezó el tráfico masivo de esclavos desde África (tráfico que es origen de algunas de las más importantes fortunas peninsulares y que no acabaría hasta el último cuarto del Siglo XIX).e

Una historia de dolor, crueldad y vergüenza. Como se erige todo imperio, por otra parte.

Que alguien decida que es buena idea llamar a un teatro de Madrid con el nombre de Malinche y darle forma de pirámide azteca romantizando así la época de saqueo, esclavitud y exterminio, a costa del mito de la relación romántica entre Hernán Cortes y la Malinche (mito este más falso que un billete de 15 euros) no se si es incultura, cierto recochineo o fascismo glorificador de la conquista. Muy probablemente todo a la vez. Y eso sin entrar en el sainete d como se gestó este esperpento, que da para guion de Azcona. Berlanga debe estar descojonandose en su tumba. Y Buñuel, que en México hizo parte de su mejor cine.

capitalismo verde

Estas últimas semanas habréis notado ese suave calorcito que se cuela por las ventanas. Unas vacaciones en el infierno. Un infierno que la humanidad se ha ido preparando a conciencia, se diría que intencionadamente, si bien la estupidez es también un factor determinante en el devenir de la civilización humana. Lo llamamos Cambio Climático, pero consiste en la destrucción de nuestro entorno ecológico.

Los últimos 3 siglos, los del capitalismo, han sido determinantes en el proceso. No es que antes no hubiese desastres ecológicos por la acción humana, el mono sin pelo tiene de siempre tendencias destructivas con su entorno (hay por ahí ciudades que se sabe fueron abandonadas por la destrucción de su entorno natural). Pero es que ahora el puñetero mono aplica esas tendencias destructivas sobre el total del globo terráqueo (nuestra única casa) y a una velocidad que hasta él mismo se está asustando. Empezamos a notar los efectos en forma de temperatura extremas, incendios, inundaciones…y no va a parar, al menos no de manera inmediata.

Desde las autoridades de medio mundo (el otro medio andan liados con otras actividades humanas, como guerras, saqueos y demás) nos proponen un “capitalismo verde”, coche eléctrico, paneles solares…y a seguir con lo mismo, mientras financiamos viajes a Marte o escapadas a la estratosfera para multimillonarios (en serio, no hace falta que vuelvan).

No funcionará, nuestro modelo económico/social es, fundamentalmente, depredador, destructivo y violento. Lo lleva en su ADN. Nunca va a parar la máquina destructiva; en este modelo estamos todos, todas, condenados. “Capitalismo Verde” suena a “genocidio humanitario”, que cualquier día te lo proponen para explicar algunos acontecimientos presentes o pasados (un momento, ya hay historiadores, o lo que sea, que hablan de Hernán Cortés como el “libertador de México”, en fin…).

Hace falta un imposible cambio social hacia modelos más humanitarios, cercanos y equitativos que pusiera la vida por encima del beneficio. Con lo que tenemos ahora nos espera un mundo inundado, caliente y sin árboles bajo los que cobijarnos. Hormigón, acero y mierda. Un futuro esplendoroso.

El líder tóxico

Nos encanta la sátira, de entre los géneros de comedia es de los que más nos divierte y da vidilla. A través de la sátira se dicen aquellas cosas que en un contexto más serio da reparo señalar, por si alguien se ofende. El bufón era el único que le decía a sus señor la verdad sobre su persona o gestión, aunque a veces pagaba caro su atrevimiento (si te pasabas de graciosillo podías perder, literalmente, la cabeza).

Dentro de este género, La vida de Brian es una película gloriosa que, si alguien no la ha visto, debería (aunque quizá quiera cortarle la cabeza a alguien si atiende bien). Las azarosas desventuras de Brian, al que llaman Brian, han provocado más risas y placer malévolo que cualquier otra cosa que podáis imaginaros (excepto, quizá, un debate sobre el estado de la nación).

Y, también, nos dan uno o dos apuntes sobre las organizaciones políticas, las religiones, la psicología de masas y las dinámicas internas de todo eso.

Los Python, estoy convencido, en algún momento tuvieron que tener contaco con alguna de esas organizaciones (pretendidamente) revolucionarias que pululaban en la Europa de los 60, tipo Frente Popular de Judea (o cenetés varias y sus distintas variantes de siglas, por nombrar algo que conozcamos por aquí). A través del pobre Brian nos avisan de lo abusrdo de determinados grupúsculos, su sectarismo, sus dinámicas destructivas y su ridícula arrogancia y orgullo (y no de clase, precisamente).

De lo que también nos habla, y pasa muy desapercibido, es de la figura tóxica del líder de la causa, la persona que ejerce como líder de la causa, ya sea formalmente (o sea, con cargo) o informalmente (sin cargo, pero con fuerza “moral”). Reg, genialmente interpretado por John Cleese, es un individuo egocéntrico, autoritario, ruin y cobarde que dirige con mano de hierro en guante de esparto el Frente Popular de Judea, frente a la dominación romana (excepto los fabricantes de vino, carreteras…).

Hablamos de “brianismo” cuando una organización (o varias) entra en determinadas dinámicas. Pero lo cierto es que Brian es sólo un medio judío desgraciado al que acaban crucificando porque, vaya, la vida es absurda y a ti te ha tocado la china (en este caso en forma de madero cruzado a la espalda). Realmente es Reg el que mete a su grupo en misiones abusrdas y sin sentido (como el secuestro de la mujer de Pilatos, del que por cierto se escaquea). Es la gente como Reg quien expulsa del grupo a cualquier disidencia (y, ojo, toda mente pensante es “disidente!” en algún momento a ojos del líder) generando con ello más mini-versiones del Frente Popular de Judea (FPJ, sector oficial) que compiten entre ellos más que contra el Imperio Romano (odiamos más al Frente Judaico Popular más que al Imperio Romano), con líderes igualmente estúpidos e ideas muy parecidas en su absurdez. Y es Reg quien decide no rescatar a Brian cuando es apresado y crucificado por, precisamente, hacer caso a un líder tan loco como egocéntrico que considera su martirio positivo para la causa.

La vida de Brian nos deja un mensaje bastante claro y explícito sobre líderes y liderazgos. Esencialmente tóxicos y peligrosos, tanto para el grupo como para la causa que defiende el grupo (el que sea). Y es que el líder al final defiende intereses propios y distintos a los que son los intereses del grupo y la causa que dice defender el grupo. Ojo con esto último, los intereses de la organización no son siempre los mismos que los intereses de la causa, pero eso lo dejamos para otro día.

Mucho cuidado con seguir a mesías o libertadores. Esa gente siempre acaba mal, o crucificados o en un consejo de administración. Y por el camino os dejarán en la ruina. Pero la película será buena.

https://youtu.be/_tuA8kqYDIk