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El Atajo

Un atajo es un camino que, en teoría, te lleva de un punto A a un punto B de forma más rápida, segura y eficaz que el camino normal conocido. En teoría, claro. La practica nos dice que la mayor parte de las veces que cogemos un atajo acabaremos perdidos, en zonas menos que recomendables, puede que magullados y llegaremos tarde a nuestro destino. Por supuesto, no es intención ahora hablar de esas veces que descubres los rincones más recónditos y sórdidos de la ciudad involuntariamente. Los atajos que nos interesan son los atajos políticos y, entendámonos, aquellos que hablamos de emancipación de la gente, las libertades colectivas y la colectivización de la sociedad, hablamos constantemente de POLÍTICA, con mayúsculas. Lo que ves en el telediario o en tu tertulia favorita es cualquier cosa menos política, incluyendo la famosa fiesta a la que de vez en cuando nos convocan para que un ajeno solucione nuestros problemas.

¿Por qué nos sigue tentando, pues, el tomar atajos? Porque es fácil, nos ahorra curro y siempre habrá quien te asegure que por aquí se llega antes a tu objetivo. Incluso dentro de tus mismos parámetros ideológicos. Y oye, que al final, por muy antisistema que nos creamos, vivimos dentro de la sociedad y vemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Y duele. Y da miedo.

El atajo es tentador, para llegar pronto a la cita o para conseguir algún objetivo político, incluso legítimo. Pero rara vez se sale bien de ese camino.

Caperucita Rojinegra cogió en su día un atajo y casi no llega a casa de la abuelita. Caperucita rojinegra cogió su atajo para ganar una guerra contra el fascismo y, luego, hacer su Revolución Social. Como se sabe, ni ganó la guerra ni, por supuesto, sacó su Revolución Social adelante. Y quedó bastante escaldada de aquello y de los 40 años siguientes (Caperucita Rojinegra a día de hoy todavía arrastra secuelas psicológicas de todo aquello; algún día habrá que hablar de a ver que hacemos con nuestras Caperucitas Rojinegras, no se si me explico).

Los atajos, en la vida y la política, se toman por prisas, extrema necesidad o falta de convicciones en los postulados defendidos. Eso lo deberíamos tener aprendido de experiencias anteriores, pero supongo que hay lecciones que sólo se aprenden en carne propia.

Llevo mucho tiempo acordándome del discursito de Sebastien Faure (nota, este francés era un pedagogo libertario que montó una escuela libre que llamo La Ruche, la colmena) acerca de los medios y los fines, básicamente que si los principios están equivocados hay que cambiarlos y combatirlos igual que antes se defendía, pero si no lo están abandonarlos es un error o, peor, nos falta de convencimiento para defenderlos y seguirlos con la energía necesaria. La cita es totalmente apócrifa, quien quiera que busque las palabras exactas del colega, que algo aprenderá mientras tanto (cosa que nunca está de más, aprender).

Vivimos tiempos convulsos, donde parece que el mundo se nos hunde. El estado “democrático” apunta cada vez más a versiones autoritarias, de disciplinarnos y con menos espacio para expresarnos, especialmente para quienes pertenecen a colectivos señalables y, por tanto, marginables (básicamente, cualquiera que no sea hombre, blanco, heterosexual y económicamente solvente, irónicamente la mayor parte de la población, pero convenientemente compartimentada). Ahora más que nunca, cuando parece que “no hay nada que hacer”, o quieren que lo creamos, debemos defenderlos con más ahínco que nunca. Y no podemos, no debemos, separar los medios de los fines, porque nosotros, aquellos que afirman llevar “un mundo nuevo en nuestros corazones” (ojo, la cita esta está más que sobada) sabemos que, en realidad los medios definen los fines a alcanzar.

No hay atajos que tomar, el camino de la anarquía exige métodos anárquicos. Otra cosa nos desvía del objetivo.