Penitenciagite

Últimamente proliferan en algunos balcones banderas monárquicas con crespón negro. Responden así a cierto llamamiento a mostrar dolor y luto “por los muertos del Coronavirus”. Obviamente, el enarbolar los símbolos nacionales para mostrar dolor es, en este contexto, una forma de atacar al resto. A quienes no muestran su dolor “adecuadamente” y a quienes no son “lo bastante españoles”. Las banderas sirven para remarcar las diferencias e identificar tu bando en caso de guerra. O sea, el “nosotros” frente a los “otros” (me temo que nosotros, vamos a ser los “otros”).  El movimiento del crespón negro en la banderita no es inocente, busca señalar a los que no son “nosotros”. Podríamos decir que los fascistas están subiditos, pero habría que matizar un poco.

 

La ultraderecha hispana no es “fascista” desde un punto de vista estricto, eso hay que entenderlo. Llamar a alguien “facha” o “fascista” es agradable, sonoro, resultón y descarga adrenalina.  Pero la ultraderecha de por aquí no toma su modelo en figuras como Mussolini o Hitler, ni siquiera en Jose Antonio (a ver, Falange siempre fue una opción muy minoritaria incluso en sus momentos de máximo esplendor allá por los primeros años 40 del siglo pasado, ya integrado en eso que se llamó “Movimiento Nacional”). Quitando círculos muy concretos y reducidos, que por supuesto que nazis haberlos “haylos”.

 

Aquí se es más de gente como Torquemada (Tomás, primer inquisidor general de Castilla y Aragón). De manera consciente o no, aquí se repiten modelos y formas propios de la institución que dirigió el dominico de infame recuerdo: señalamiento, penitencia y “relajo”. La Inquisición Española (a la que nadie espera) es, seguramente, la organización dedicada a la represión y control social más longeva y exitosa de la historia. Son 4 Siglos (más o menos, hasta su abolición definitiva en el siglo XIX) de dedicación y experiencia que, necesariamente, tienen que dejar su poso en el cuerpo social al que se dedicaron a fustigar.

 

Aquí ha quedado la idea de la penitencia, el dolor, la culpa como manera de plantear la realidad política. Esta vez se visten de banderas y se van en coches de procesión, pero el fondo sigue siendo el mismo. La elevación a mito de determinados dirigentes tardomedievales (el Cid, los Reyes Católicos…), y el señalamiento y penitencia o relajo del hereje que no cree en nuestra grandeza y nuestra identidad. En realidad, lo dicho es aplicable a todos los nacionalismos que pululan por la península, al fin y al cabo, sólo les cambia el color de la bandera.

 

El hereje por aquí es siempre el enemigo. Aquel que piensa por sí mismo y que no quiere someterse a los presupuestos y exigencias de “lo que es lógico”, lo que dicen “los expertos” y lo que decimos “nosotros”. Es posible que de toda la vida haya quien se sienta inquisidor y quien se sienta hereje. El ser hereje significa que los símbolos te dan igual (es decir, no los necesitas), que siempre cuestionas al líder y que, vaya, siempre te van a mirar como sospechoso aquellos que son “nosotros”.

 

Es verdad que denominar a alguien como Torquemadista o Inquisitorial (creo que esto se lo he dicho a alguien supuestamente libertario, pero eso es otra historia) no queda tan bonito y sonoro como decirle “facha”. No pretendemos que se deje este lado del folklore rojeril, que también hay que tener alguno. Pero debemos ser conscientes de la naturaleza de lo que representa exactamente lo que llamamos ultraderecha en este lado del mundo.

 

Y cuidado si te toca ser hereje.

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