miedo

Esperando en la cola del Super. Todos muy calladitos, respetando la distancia de seguridad. Callados. No escuchaba silencios así desde el 11M, lo que indica el tipo de miedo al que estamos sometidos. Normal. Nos lo inculcan constantemente desde la tele. Se diría que intencionadamente. Todos lo sabíamos, una sociedad miedosa es una sociedad manejable, controlable. Es decir, disciplinable.

No es que no haya que tener miedo. Una persona tiene que ser valiente. En primer lugar los valientes suelen visitar antes los cementerios, lugares generalmente bonitos pero en los que uno no quiere fijar su residencia, al menos de momento. También porque la sociedad que queremos no es una sociedad de gente valiente, es una sociedad de gentes libres. La libertad, como decía Don Quijote, es una causa por la que luchar merece la pena. Quizá la única, después de todo. Y la libertad debe englobar también a nuestra capacidad de tener miedo, si es así como nos sentimos. Y expresarlo libre y claramente sin que ello tenga que suponer el menoscabo habitual en quienes en un momento dado visibilizan sus temores e inseguridades (directamente, no a través de agresividades, se entiende).

Tenemos que entender nuestros miedos como una parte más de nuestra naturaleza. Es una respuesta fisiológica normal ante una percepción, propia o inducida, de un peligro. En ese sentido nuestro miedo actúa como señal de alarma y nos pone en guardia. No obstante hay que ser consciente de que existe la posibilidad de que nuestro miedo ocupe todo nuestro ser y devenga en pánico, terror y parálisis. En realidad, cualquier Estado que quiera establecer un control social sobre el individuo, y,por extensión, el colectivo, quiere que se llegue a esa sensación de pánico. Extender nuestra sensación de peligro hasta que seamos nosotros mismos los que pidamos protección y control ante la adversidad y busquemos dentro de la jerarquía estatal (papá estado es, ante todo, padre y, por lo tanto, controlador, castrador y autoritario) en forma de nuevas leyes, más presencia policial y, si se tercia, las llamadas fuerzas armadas. Es verdad que para algunos este aumento de la presencia de personas uniformadas armadas en nuestras calles y distritos nos inquietan más que tranquilizan, pero para mucha gente esto no es así y no se percibe al policía o al militar como un problema en sí mismo.

En definitiva, nuestro miedo es natural, sano y normal (independientemente de si los demás lo perciben igual o no, forma parte de nuestra característica de humanos sin interés en ser héroes, esos individuos con ganas de establecerse muy pronto en los cementerios municipales, preferentemente en panteones con columnas de estilo griego). Pero no debemos dejar que nuestro miedo se convierta en pánico. Ahora más que nunca, que parece que no hay más realidad que la que se nos da desde “papa estado”, necesitamos nuestra cabeza despejada. No perder el sentido crítico y advertir que a lo mejor es más peligroso dar poder omnímodo a individuos uniformados y armados que lo que un virus nos pueda hacer (y no negamos que ese virus no nos pueda hacer daño, especialmente a los más débiles entre nosotros).

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