Dogma

Un Dogma es una verdad irrefutable, revelada alrededor de una fe concreta y que no se puede cuestionar, desde esta fe, porque es, evidentemente, Dogma. En el mundo católico los Dogmas los define el Papa de turno, que es infalible (la infalibilidad del Papa también es dogma, si bien de Papa a Papa la doctrina de la Fe, o sea, los Dogmas, va cambiando, actualizándose o eliminando preceptos, según las cosas que le molan al nuevo ocupante de la silla de San pedro en cuestión).

Es dudoso si los cristianos, concretamente los católicos, han sido los primeros en establecer sus Dogmas para disciplinar a los creyentes de su fe (cosas como lo de la Virgen, la Trinidad y otras más desconocidas, si bien igual de divertidas), es de suponer que no, el afán de controlar a los fieles está bastante extendido en cualquier religión organizada, pero desde luego poca gente ha sido tan eficaz en establecerlos entre la población a la que se dirigen.

En esta casa consideramos que un Dogma es, por definición y al margen de creencias, el mal.

No molesta que nadie tenga sus propias creencias, allá cada cual con sus cosas, el problema es que esta creencia mantenga ciertos conceptos en contra de cualquier realidad científica, es decir, la que dilucidamos en función del razonamiento racional o la prueba empírica. No puede ser que la creencia pase por encima de la realidad.

El Dogma, lo sabemos bien, es un concepto que no es, ni mucho menos, exclusivo del ámbito religioso. En lo político también se vive mucho (de) lo dogmático (y del santoral, ya de paso). La verdad revelada por el líder, que resulta también infalible e irrefutable. Esto ocurre porque se fomenta una mitología de lucha, resistencia e inteligencias alrededor de las siglas, nombres y banderas del partido, sindicato o “quincemayo” algo, convirtiendo aquellos en fetiches y reliquias en los que creer, sin posibilidad de crítica o disenso respecto al dogma establecido.

A veces conviene recordarnos que las banderas, también las nuestras, son solo trapitos de colores. Que las gestas nunca fueron tales, que los símbolos son, sólo eso, símbolos y que las ideas se deben sostener por un pensamiento racional, crítico y, también, que alguno lo olvida, ético. Y, como Sebastián Faure dijo en su día (ojo, que creo que de esta historia ya hemos tirado alguna vez), si un día descubrimos que nuestras ideas se demuestran falsas deberemos combatirlas igual que antes las defendíamos.

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