Colonialismo de barrio

En el siglo XIX, en Europa, se pergeñó la llamada “teoría racista” (una serie de desgraciados blancos cristianos europeos se devanaron los sesos en demostrar la superioridad de las razas blancas norteñas sobre el resto y, por tanto, la necesidad de que estas fuesen “educadas”) que invitaba a las naciones europeas a colonizar otras tierras y asumir su destino de llevarles industria, civilización y cultura a “esos pueblos atrasados”. Dicho y hecho. Las naciones europeas corrieron a repartirse el botín de todos esos pueblos sin “civilizar” y a los que nadie preguntó si tenían ganas de ser graciosamente civilizados por aquellos “blancos superiores”. Ya de paso esquilmaron los territorios, esclavizaron a las poblaciones y provocaron alguna que otra hambruna y genocidio. Civilizar tiene estas cosas.

EEUU al invento le lla’mo doctrina Monroe y su famoso resumen, “América para los americanos”, no era más que un aviso a los Europeos de que no se metiesen en el corral de los USA. Desde entonces, y hasta ahora, su patio trasero lo siguen situando al sur del río Colorado hasta la Patagonia, como bien sabrán por aquellas tierras dictadores, explotadores y sus millones de víctimas.

Para España, el invento consistía en justificar y dar valor al imperio recientemente perdido: la Hispanidad. A saber, los españoles llevaron libertad, civilización, cultura, religión, etc a esos pueblos “asalvajados” que todavía hacían sacrificios humanos en sus ceremonias religiosas (por cierto, tres palabras: Auto de Fe, no es el nuevo SEAT) y toda esa mitología de la que ya hablaremos algún día (que alguien hable en serio de lo de la Malinche como un ejemplo de “integración y mestizaje” es para que se lo haga mirar). Aún hoy hay quien desde posiciones (ultra) nacionalistas mantiene este cuento de la Hispanidad y habla, sin complejos, ni vergüenza, de imperios “generadores” que llevan civilización (y viruela) allí donde antes no había nada.

En nuestra Europa post-industrializada, y más en nuestra Españita Crispada, el lenguaje colonial sigue imperante en el imaginario político y cotidiano. Y se aplica en más de un sentido, no sólo para sacar un pendón de cierto ducado belga.

Desde hace ya bastante tiempo una serie de artistas están instalando sus talleres y galerías en el antiguo polígono de Oporto (antiguo polígono de Carabanchel muy conocido porque allí está la oficina del paro y alguna que otra okupa), y su culo en la colonia del Tercio, y se dedican a glosar las maravillas de lo que están haciendo en”Carabanchel” y la efervescencia cultural que se está viviendo donde antes había un páramo cultural, económico y social. Han venido, salvando las distancias, a traernos civilización, cultura y sofisticación, que sin ellos seguiríamos siendo los cutres de siempre que escuchan a Rosendo.

Lo que pasa es que, claro, todo eso es mentira.

Primero porque esta mierda te la cuentan desde la primera plana de el mundo o el país (en sus ediciones locales, por suerte) como aviso de que la zona es buena para invertir. Lo segundo es que esa gente le importa una mierda el barrio, sus gentes y su cultura. Los que ya habitamos la zona nos podemos ir a parla (literalmente) y volver al barrio a ponerles sus cafés frapes o las mierdas que consuman.

Y, claro, está “efervescencia” sólo trae especulación, subida de precios y expulsión de la población local a otros lugares más cutres. Los putos rojos lo llamamos Gentrificación, aunque bien lo podríamos llamar “colonialismo de barrio” , que lo mismo se entendería mejor. Al fin y al cabo esto va de expulsar a la gente o dejarlas al nivel subalterno que les corresponde respecto a estos pijos con aires de artistas.

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