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El líder tóxico

Nos encanta la sátira, de entre los géneros de comedia es de los que más nos divierte y da vidilla. A través de la sátira se dicen aquellas cosas que en un contexto más serio da reparo señalar, por si alguien se ofende. El bufón era el único que le decía a sus señor la verdad sobre su persona o gestión, aunque a veces pagaba caro su atrevimiento (si te pasabas de graciosillo podías perder, literalmente, la cabeza).

Dentro de este género, La vida de Brian es una película gloriosa que, si alguien no la ha visto, debería (aunque quizá quiera cortarle la cabeza a alguien si atiende bien). Las azarosas desventuras de Brian, al que llaman Brian, han provocado más risas y placer malévolo que cualquier otra cosa que podáis imaginaros (excepto, quizá, un debate sobre el estado de la nación).

Y, también, nos dan uno o dos apuntes sobre las organizaciones políticas, las religiones, la psicología de masas y las dinámicas internas de todo eso.

Los Python, estoy convencido, en algún momento tuvieron que tener contaco con alguna de esas organizaciones (pretendidamente) revolucionarias que pululaban en la Europa de los 60, tipo Frente Popular de Judea (o cenetés varias y sus distintas variantes de siglas, por nombrar algo que conozcamos por aquí). A través del pobre Brian nos avisan de lo abusrdo de determinados grupúsculos, su sectarismo, sus dinámicas destructivas y su ridícula arrogancia y orgullo (y no de clase, precisamente).

De lo que también nos habla, y pasa muy desapercibido, es de la figura tóxica del líder de la causa, la persona que ejerce como líder de la causa, ya sea formalmente (o sea, con cargo) o informalmente (sin cargo, pero con fuerza “moral”). Reg, genialmente interpretado por John Cleese, es un individuo egocéntrico, autoritario, ruin y cobarde que dirige con mano de hierro en guante de esparto el Frente Popular de Judea, frente a la dominación romana (excepto los fabricantes de vino, carreteras…).

Hablamos de “brianismo” cuando una organización (o varias) entra en determinadas dinámicas. Pero lo cierto es que Brian es sólo un medio judío desgraciado al que acaban crucificando porque, vaya, la vida es absurda y a ti te ha tocado la china (en este caso en forma de madero cruzado a la espalda). Realmente es Reg el que mete a su grupo en misiones abusrdas y sin sentido (como el secuestro de la mujer de Pilatos, del que por cierto se escaquea). Es la gente como Reg quien expulsa del grupo a cualquier disidencia (y, ojo, toda mente pensante es “disidente!” en algún momento a ojos del líder) generando con ello más mini-versiones del Frente Popular de Judea (FPJ, sector oficial) que compiten entre ellos más que contra el Imperio Romano (odiamos más al Frente Judaico Popular más que al Imperio Romano), con líderes igualmente estúpidos e ideas muy parecidas en su absurdez. Y es Reg quien decide no rescatar a Brian cuando es apresado y crucificado por, precisamente, hacer caso a un líder tan loco como egocéntrico que considera su martirio positivo para la causa.

La vida de Brian nos deja un mensaje bastante claro y explícito sobre líderes y liderazgos. Esencialmente tóxicos y peligrosos, tanto para el grupo como para la causa que defiende el grupo (el que sea). Y es que el líder al final defiende intereses propios y distintos a los que son los intereses del grupo y la causa que dice defender el grupo. Ojo con esto último, los intereses de la organización no son siempre los mismos que los intereses de la causa, pero eso lo dejamos para otro día.

Mucho cuidado con seguir a mesías o libertadores. Esa gente siempre acaba mal, o crucificados o en un consejo de administración. Y por el camino os dejarán en la ruina. Pero la película será buena.

https://youtu.be/_tuA8kqYDIk

salario emocional

Los de partamentos de RRII (Recursos Inhumanos) dedican parte de su tiempo en decidir y analizar quién se queda y quien se va dentro de la empresa que les paga. RRII es una salida laboral muy recurrente para un psicólogo o experto en marketing, en este sentido.

El primero analiza la salud mental del currito medio, así como su idoneidad como esclavo por horas y lo que llamamos “clima laboral”, esa cosa de la convivencia (hay quienes opinamos que también se dedican a modular y diseñar las técnicas de mobbing dentro de la organización empresarial, pero puede que seamos unos paranoicos, le preguntaré al jefe).

El de marketing básicamente se dedica a vendernos la compañía. Son los que mandan esos correos corporativos de como molamos y que bien nos llevamos o qué importante son los objetivos y mentalidades de la empresa. Es su curro, es posible que en su vida civil no sean así de gilipollas (lo dudamos).

Dentro de los teóricos de ese ámbito (RRII) lleva tiempo triunfando un concepto, tal vez relacionado con lo dicho hasta aquí, que llaman “salario emocional”. El concepto que se maneja es que uno permanece en su curro por motivos no-económicos, sino más bien emocionales.

O sea, que curras aquí porque te sientes a gusto e integrado. Incluso por encima de cuestiones monetarias. O sea, que estás aquí porque se te da cariño. Vamos, que como no te quieren pagar lo que te corresponde pretenden pagarte con abracitos y algún vídeo motivacional.

Y, claro, con la gilipollez, luego algunos se quejan de que no pueden contratar gentes para realizar las tareas que les generen las plusvalías deseadas.

Como dice aquel Anciano Revolucionario: pagarles más. Y yo añado: coño.

A ver si nos dejamos de gilipolleces, chorradas y monerías. Se curra por dinero, los abracitos ya me los doy con la gente que quiero y me quiere, ni necesito ni quiero que mi empresa me dé cariño y amor. Estoy en este puto curro para pagarme la jodida hipoteca, la luz y demás cosas que me permiten tener una vida aceptable/decente (dentro de lo aceptable/decente que puede ser la vida basada en el trabajo asalariado). La relación laboral consiste en un intercambio de tiempo por dinero, sin más.

Y si eres currito y te has creído las mierdas estás ten en cuenta que cuando dejes de ser rentable (o sea, considere que alguien le va a dar más plusvalías que tú, tu jefe te va a mandar a darte cariño con el funcionario del SEPE. Con todo el cariño, eso sí.

Salario emocional, valiente chorrada.

la mascarilla

El centro comercial está atestado de gente. Gente que, como es de bien en tiempos de Pandemia, lleva puesta su mascarilla tapando boca y nariz, evitando así que las partículas de saliva y demás transporten enfermedad y muerte de unas personas a otras. Es una mierda y ya estoy un poco harto, como supongo muchos de los que aquí estamos. Pero es lo que hay. En el barrio “es lo que hay” es una de las muletillas más usada.

Lo de la distancia de seguridad aquí se aplica poco, la gente llena los recintos de restauración y se empujan, “sin querer”, unos a otros en las tiendas de moda (siempre la misma, claro, que una Pandemia no te quite la oportunidad de uniformarte según los cánones de la gran compañía de confección de turno). La nueva normalidad era esto, el volver a consumir desesperados para ver si en el acto de esta compra captamos esas endorfinas que la vida y la tele ya no nos da.

No se si quieto vivir así, de hecho no quiero. Cada día este mundo se me hace más inhóspito e inhumano. Menos salvaje, en el buen sentido de la palabra. Menos libre. Demasiado control, demasiada civilización, demasiado civismo, demasiadas normas. Muy poca alegría real, de esa que añoramos de nuestra infancia sentida (que no siempre es la vivida ya que la memoria, ya sabes, es selectiva).

Me cuido muy mucho de comentar que mi pareja estas reflexiones. Me apetece poco hablar ahora de esta sensación extraña y, además, no quiero que se preocupe. Que se pille pronto su falda y su blusa, no quiero estar mucho tiempo aquí. A lo mejor luego, cuando nos tomemos una cerveza y le gaste una broma típica acerca de si esa minifalda me sienta mejor a mi o a ella (a veces soy muy tonto). Me gusta hacerla reír, aunque no se si lo hace conmigo o de mi.

Por megafonía suenan las típicas canciones que incitan a la compra compulsiva, dependiendo del momento con más ritmo o más relajantes, siguiendo esas incomprensibles reglas del marketing. Me llama la atención, no obstante, que hay un extraño silencio en el centro comercial. Nadie parece estar hablando hoy, ni para comentar el tiro de la blusa o por donde carga paquete el pantalón. La gente está comprando, saca su visá y la pasan por los datáfonos, cambiando prendas, regalos y demás de propietario, de la tienda al consumidor. Sólo somos consumidores. Y cada compra la vida se nos escapa un poco.

La lluvia de fuera retumba sobre la cubierta del centro comercial, a veces tapando la música motivadora, que tiende por momentos a estridente. Me siento enfermo, mareado. Quiero quitarme la mascarilla y respirar aire puro, aunque en el sitio donde estoy el aire está viciado y debería ir muy lejos para encontrar el ansiado aire puro. Pero no puedo. Las autoridades no lo permiten, hay unas normas.

Además, cuando lo intento no soy capaz de encontrarla, para mi espanto tampoco soy capaz de encontrar mi boca y ni mi nariz. Intento gritar, pero no tengo por donde dejar escapar el aire. Entonces me doy cuenta, la razón de este silencio de las gentes que se apiñan en este centro comercial. Miro a mi alrededor y no creo lo que veo.

En el centro comercial cientos de personas caemos de rodillas al suelo palpando unas caras donde ya no hay nariz, ni oídos y ni boca. Nos miramos con los ojos. Muy abiertos, aterrorizados.

Al final solo nos dejaron la Visa y el miedo. Este miedo

el cansino Gramsci

¿Conocéis a Gramsci? Yo no, y la verdad es que me importa una mierda el puto Gramsci, su vida y su obra. Lo siento por si me pierdo algo (que seguro que sí, esa te la concedo), pero me interesa muy poco ese individuo cuyas enseñanzas tanto emocionan a ciertos popes y repartidores del saber obrero. Estoy harto de que para reafirmar nuestros argumentos haya que citar a Gramsci, o a Chomsky, o a Marx. O a Bakunin, Kropotkin y demás. Joder, si es que encima los citamos mal, como decía el otro Marx (Groucho, que no me importa citarlo porque ya sabe que lo haré mal).

El uso indiscriminado del “argumento de autoridad” es propio de gentes que piensan poco y necesitan que otros les afinen el argumentario. Lo que en el barrio, y en el pueblo, siempre hemos dicho “unos petardos”. Unos petardos que además quieren no ser rebatidos, porque “como dijo Gramsci…etc.”.

Con estos mimbres hay quien quiere plantarse en Pan Bendito a explicarle a la gente la precariedad, la sociedad capitalista, la lucha obrera (controlada) y, ya de paso, el mayo del 68, el romancero cansautor completo de los 70 y la filmografía completa de Kusturika, Ken Loach, Costa Gravas o Fernando León, que oye, las hay que molan mucho (en otras hasta te compadeces del jurado del festival de Venecia que se vio aquella cosa), pero no es para dar la turra todo el día con ese aire de superioridad intelectual. Que es lo peor de todo.

Leer sabemos todos, y si no nos leemos los tostones que a ti te han “iluminado” y “formado” es porque no nos da la gana. Porque algunos preferimos disfrutar de la vida antes que hacernos los chulitos, y menos ante gentes que te puede explicar en primera persona lo que es un curro de mierda y no poder pagar la casa.

En el fondo, tienen razón quienes dicen que a nuestro alrededor hay mucho pijo dando lecciones. Y liderando organizaciones. Y presentándose al parlamento de turno….porque las cosas se cambian desde dentro. Lo mismo lo dijo Gramsci.

La llamada izquierda (la real, la imaginada, la parlamentaria) está plagada de aspirantes a líderes salidos de la Moraleja que vienen a contarte teoría económica y luchas obreras no vividas. Gentes que desde sus acomodadas vidas y sus completos estudios universitarios (máster en universidad prestigiosa incluido) te explican lo que te pasa en tu día a día.

Y, claro, se nota la impostura.

Para saber que vives en un mundo asqueroso en los que el poderoso se dedica a machacar todo lo que puede a los que estamos abajo (si bien, es verdad que unos más abajo que otros) no necesitas que venga un niño pijo bien alimentado con ganas de tener escaño (o como mínimo una columna en El País y una tertulia en La Sexta). Sólo hay que mirar un poco y, quizá, apagar la tele, no sea que se te seque la neurona (y la necesitas). Vamos, que todos sabemos dónde nos aprieta el zapato.

La (ultra) derecha se lo monta mejor, en este sentido. Son también unos pijos de la moraleja, pero más listos, o quizá con mejores intuiciones. En vez de aburrirte con teorías de tipos como Gramsci y echarte la peta porque no has seguido fielmente sus enseñanzas (y sus tocho-coñazos donde te lo explican), te señalan al enemigo al que odiar (básicamente tu vecino pobre de otro país que vive igual que tú, pero es de otro país). Por supuesto con ellos vas a seguir jodido, y encima enfrentado a tus vecinos de otras latitudes, razas o preferencias sexuales, pero tendrás diversión simbología y, ojo, la sensación de formar parte de una comunidad. Con su simbología, su bandera (grande, en este sentido a las banderas les pasa como a los coches de grandes cilindradas, indican un cierto complejo sexual de su dueño sublimado con un enorme símbolo fálico exhibir) y sus liturgias.

No hay más que ver las liturgias nocturnas con velitas, esteladas y demás que se montan en Catalunya a cuenta del sufrimiento del pueblo que ellos, y sólo ellos, representan. Sí, la cosa de “El procés” es, sobre todo, una historia de la nueva ultraderecha que nos invade y reta, en su mayor parte. Sería momento que alguien se cayese de ese guindo, a ser posible sin caer de la sartén al fuego del nacionalismo español, que es lo mismo, pero con ejército propio (y jueces).

La necesidad que se tiene de buscar un mesías y, tal vez, una redención para nuestros sufrimientos (reales e imaginados) nos lleva a caer en estos pensamientos absurdos y, si hay mucho tiempo, leer a clásicos antiguos y justificar nuestros posicionamientos en sus “enseñanzas” en vez de ver a nuestro alrededor.

A nuestro alrededor hay paro, hay desahucios, hay racismo y machismo. Pero también hay toda una sociedad de gente que se puede juntar y ayudarse mutuamente para superar sus problemas. Esto es, a nuestro alrededor también está la posibilidad de construir alternativas. Y no hace falta leer a Gramsci, ver una película de Kusturika o escucharte la discografía entera de Ismael Serrano (que hay que tener ganas, por cierto). Basta con empatizar y tener ganas.

El puto Gramsci nos ciega. Dejad en paz al puto Gramsci, que no nos va a arreglar la papeleta desde su tumba.

Y alejaros de toda esa gente que para articular su discurso recurren a Gramsci, Marx o cualquier otro autor. Nos sobran intelectuales de pacotilla y nos faltan manos y barrio.

El Atajo

Un atajo es un camino que, en teoría, te lleva de un punto A a un punto B de forma más rápida, segura y eficaz que el camino normal conocido. En teoría, claro. La practica nos dice que la mayor parte de las veces que cogemos un atajo acabaremos perdidos, en zonas menos que recomendables, puede que magullados y llegaremos tarde a nuestro destino. Por supuesto, no es intención ahora hablar de esas veces que descubres los rincones más recónditos y sórdidos de la ciudad involuntariamente. Los atajos que nos interesan son los atajos políticos y, entendámonos, aquellos que hablamos de emancipación de la gente, las libertades colectivas y la colectivización de la sociedad, hablamos constantemente de POLÍTICA, con mayúsculas. Lo que ves en el telediario o en tu tertulia favorita es cualquier cosa menos política, incluyendo la famosa fiesta a la que de vez en cuando nos convocan para que un ajeno solucione nuestros problemas.

¿Por qué nos sigue tentando, pues, el tomar atajos? Porque es fácil, nos ahorra curro y siempre habrá quien te asegure que por aquí se llega antes a tu objetivo. Incluso dentro de tus mismos parámetros ideológicos. Y oye, que al final, por muy antisistema que nos creamos, vivimos dentro de la sociedad y vemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Y duele. Y da miedo.

El atajo es tentador, para llegar pronto a la cita o para conseguir algún objetivo político, incluso legítimo. Pero rara vez se sale bien de ese camino.

Caperucita Rojinegra cogió en su día un atajo y casi no llega a casa de la abuelita. Caperucita rojinegra cogió su atajo para ganar una guerra contra el fascismo y, luego, hacer su Revolución Social. Como se sabe, ni ganó la guerra ni, por supuesto, sacó su Revolución Social adelante. Y quedó bastante escaldada de aquello y de los 40 años siguientes (Caperucita Rojinegra a día de hoy todavía arrastra secuelas psicológicas de todo aquello; algún día habrá que hablar de a ver que hacemos con nuestras Caperucitas Rojinegras, no se si me explico).

Los atajos, en la vida y la política, se toman por prisas, extrema necesidad o falta de convicciones en los postulados defendidos. Eso lo deberíamos tener aprendido de experiencias anteriores, pero supongo que hay lecciones que sólo se aprenden en carne propia.

Llevo mucho tiempo acordándome del discursito de Sebastien Faure (nota, este francés era un pedagogo libertario que montó una escuela libre que llamo La Ruche, la colmena) acerca de los medios y los fines, básicamente que si los principios están equivocados hay que cambiarlos y combatirlos igual que antes se defendía, pero si no lo están abandonarlos es un error o, peor, nos falta de convencimiento para defenderlos y seguirlos con la energía necesaria. La cita es totalmente apócrifa, quien quiera que busque las palabras exactas del colega, que algo aprenderá mientras tanto (cosa que nunca está de más, aprender).

Vivimos tiempos convulsos, donde parece que el mundo se nos hunde. El estado “democrático” apunta cada vez más a versiones autoritarias, de disciplinarnos y con menos espacio para expresarnos, especialmente para quienes pertenecen a colectivos señalables y, por tanto, marginables (básicamente, cualquiera que no sea hombre, blanco, heterosexual y económicamente solvente, irónicamente la mayor parte de la población, pero convenientemente compartimentada). Ahora más que nunca, cuando parece que “no hay nada que hacer”, o quieren que lo creamos, debemos defenderlos con más ahínco que nunca. Y no podemos, no debemos, separar los medios de los fines, porque nosotros, aquellos que afirman llevar “un mundo nuevo en nuestros corazones” (ojo, la cita esta está más que sobada) sabemos que, en realidad los medios definen los fines a alcanzar.

No hay atajos que tomar, el camino de la anarquía exige métodos anárquicos. Otra cosa nos desvía del objetivo.

El Candidato

El candidato me miraba desde el cartel electoral, aquella noche de mayo en la que esperaba en la parada mi bus para llegar, por fin, a casa. La débil luz de las farolas, de un tono anaranjado apagado, hacían que me fuese difícil distinguir exactamente las facciones del candidato en aquella solitaria calle a esas horas de la noche. Sólo veía esa sonrisa.

Me sonreía, con esa sonrisa brutal y despiadada tan característica de estos personajes. Una sonrisa propia de quien sabe lo que te conviene. Me ponía nervioso esa mirada estampada en el papel couche del cartel. Parecía mirarme. Me moví hacia otro punto de la parada, fuera de la marquesina tal vez dejara de sentirme observado. Pero una vez me coloqué fuera de la marquesina, no demasiado lejos por si llegaba el bus, me di cuenta de que seguía mirándome. Como esos cuadros que hay en el Prado, que mires el retrato desde donde lo mires el personaje te sigue observando. Pero esto era algo diferente. Su sonrisa parecía haberse ampliado, mostrando sus dientes perfectamente blancos, alineados y cuadrados. Amenazantes. Era la sonrisa de una fiera a punto de saltar sobre su presa.

Miré a mi alrededor. La calle, aunque de doble sentido, era relativamente estrecha. Enfrente podía ver la marquesina de la parada de enfrente, la que lleva los autobuses de vuelta al centro de la ciudad. Había en ella otro cartel electoral, de otro partido distinto. En las farolas de la calle había más carteles de otros partidos, y ninguna luz en las casas delos edificios de la calle. Ya era tarde, pero es extraño que no hubiese nadie despierto, viendo la tele o algo así. Era como si en esa calle no viviese nadie.

No tenía escapatoria, observé el cartel de la parada de enfrente. Otro candidato mirándome, sonriendo con la misma sonrisa despiadada, de quien ha pasado la vida mordiendo yugulares y pisando cuellos (y rindiendo pleitesía cuando toca). Distintos ojos, algunas canas más, pero la misma mirada sin alma. Levante la vista, tal vez la luna me infundiría algo de valor, mi mirada se cruzó con la imagen que se veía en el cartel colgado de la farola, de un tercer candidato. El cartel se balanceaba ligeramente con el viento, pero podía apreciar perfectamente la mirada y la sonrisa del candidato. Un color distinto, otras siglas, otra cara. La misma sonrisa, la misma mirada. Y el mismo mensaje: vótame o iré a buscarte.

Tengo la sensación de ser la presa disputada por una jauría de fieras. En cualquier momento el más cercano sacará la mano del cartel y me agarrará, para convencerme y vaciarme por dentro. Los demás candidatos, perdida su oportunidad, llorarán por no tener su presa, pero estarán satisfechos, cómplices de la nueva captura.

Ya llega el bus, el número de línea en el frontal, iluminado en un amarillo más brillante que he visto nunca (o eso me parece) me hace soltar un suspiro de alivio. Subo al autobús y pico mi billete. El conductor, un hombre ya entrado en la cincuentena, encorvado sobre el volante y algo desaliñado, tras una jornada completa a punto de terminar, arranca según escucha el clinc de mi billete. Miro a la marquesina y el candidato me sigue mirando. Me parece que ya no sonríe.

Manual de manipulación de asambleas. Vol. I

¡Hola, joven manipulador! ¿Te gusta llevarte el ascua a tu sardina? Te pirras por demostrar al mundo que eres un líder carismático al nivel de Durruti, Ascaso o Montseny?

Pero resulta que te has metido en una organización abierta, horizontal y asamblearia. O quizá te falta carisma para imponerte al resto. ¡No te frustres! Desde la asamblea también se puede hacer el mal e imponer jerarquías, si sabes como manipularla.

Lo primero de todo es que pregones a todo el mundo tu amor por la asamblea que decide lo adecuado, no como otras que no están bien dirigidas. Recuerda que nadie puede dudar de tu compromiso con la causa: seras el niño en la comunión, la novia en la boda, el muerto en el entierro. En la asamblea la voz principal. O tomador de actas, por si todo sale mal poder dulcificar tu derrota, y si sale bien silenciar la disidencia (en toda asamblea siempre cae un(a) jodid@ anarquista con argumentos y ganas de consensos…¡pesadas son!).

Para manipular una asamblea se precisa método, constancia (ser cansino), amigos (para poder copar al enemigo) y buena voz. Hay que gritar e intimidar. Práctica en el espejo tu mejor cara de indignación para, llegado el momento, expresar lo inadecuado de los acuerdos que se pretenden tomar sin tu permiso (o sabio consejo).

Las técnicas básicas de manipulación serian:

1. Copar la asamblea. Básicamente consiste en llevarte los suficientes acólitos que te permitan copar a la disidencia con gritos, lamentos y, al final, sus votos. Recuerda la máxima: si tienes suficientes papagayos puedes terminar cualquier conflicto con un: “venga, vamos a votar”.

2. Gritar muy fuerte. E indignadísimo. Si consigues que se te hinche la vena de la frente y te pones rojo “estalino”, mejor. Así intimidas y acojonas a cualquiera que se atreva a contradecirte. Aquí gana el que más grita.

3. Pasilleo. Hay que procurar que el grueso de tu gente (tus papagayos y gente con criterios pero manipulables) sepa lo que tiene que decir, y si puede ser cuando tiene que decirlo (los tiempos son importantes). Si consigues que cuchicheen y se rían cuando habla el enemigo mucho mejor. Necesitas que tu postura sea la preeminente, y eso en una asamblea no preparada no se consigue. !¡Prepara a tu gente,alma de cántaro!

4. Prepara tu discurso. Documenta las debilidades del enemigo y, si falla todo, apela a los sentimientos, si hace falta llora en público. Los grandes líderes saben echar su lagrimilla cuando toca.


5. Si falla todo, siempre puedes elaborar unas actas imaginativas. Con buena prosa lo rojo es negro y el si es “quizá, o bueno, pero no”. Recuerda hacerte cargo de las actas. Además, presentarte voluntario a realizar tareas te dará buena fama.

Estas técnicas se pueden y se deben usar en conjunto. ¡No dejes tu asamblea sin manipular!

Todas estas técnicas han sido debidamente probadas en organizaciones probadamente horizontales.

Sobre los procesos re(des)organizativos en CNT Madrid

El 27 de Octubre de 2018, en convulso pleno, la CNT decidió desfederar a la Federación Local de Madrid. Y en su decisión incluía el veto a volver a afiliarse a aquellos ex-miembros que en el momento de la expulsión (hay quien dice que una desfederación no es una expulsión, pero a mi me gusta el diccionario de sinónimos: se expulsó a toda la Federación Local, incluida la parte que pidió la desfederación) militaran en el sindicato de Oficios Varios (el SOV, para entendernos). La decisión, por controvertida y discutible, no es objeto de este escrito (tan poco el muy discutible sistema de reorganización del sindicato en Madrid, que da para libro). Cada organización tiene perfecto derecho a autoinmolarse según sus gustos y preferencias. En CNT gusta la desfederación compulsiva de “insensatos”. Pero sí merece la pena entretenerse un poco en el proceso que lleva a una resolución tan drástica para dar salida a un viejo conflicto de lucha de poderes. Por si interesara a alguien no repetirlo.
La antigua Federación Local de Sindicatos de Madrid era un ente profundamente disfuncional. Con dos colectivos claramente enfrentados intentando dominar al resto. Y, si no se puede, por lo menos estorbar al otro sector en sus actividades. En Madrid poca gente se afiliaba por el sector productivo al que se pertenecía. Se procuraba acudir a aquel sindicato que más se acercase a tu concepción de la actividad sindical y social. Incluso había quien cuestionaba la afiliación de determinada gente si no cumplían los requisitos ideológicos previos, con todo lo que eso significa a la hora de plantear la afiliación al sindicato. La actividad sindical así se limitaba a aquellos que ya venían con un conflicto abierto, hecho lastimoso que imagino ocurrirá en otras latitudes (aunque esperamos que con menos entretenimiento orgánico/ideológico).
La actividad social también se veía paralizada por las diferencias de criterio en cuanto a la estrategia(s) a seguir. Y porque se mantenía un acuerdo tácito por el que si no había acuerdo entre sindicatos cada uno podía hacer de su capa un sayo en este ámbito. Si querías hacer algo que fuera contrario al resto era tan fácil como forzar un disenso en pleno local (el 8 marzo pasado fue el último caso), provocando así situaciones absurdas y bastante embarazosas cómo 2 y hasta 3 grupos afirmando ser la CNT con discursos diferentes, y hasta contradictorios a veces. En definitiva, aquello era una jaula de grillos donde se vivía pero no se convivía (y no entramos a valorar la presencia, siempre distorsionadora, de personas con problemas serios de adicciones, que los había, sí. Pero la clave de todo este asunto es otra).
El conflicto de CNT no era ideológico, no obstante lo dicho hasta ahora. Ni siquiera de estrategias. Si así hubiera sido los acuerdos y los consensos hubieran sido posibles entre personas que proclaman a los cuatro vientos su condición de “anarquistas”. El conflicto era personal y de cuotas de poder. Y de falta de respeto mutua. Unos llamaban “refor” a los otros. Los otros “tercos” a los unos (y se definen a sí mismo como “los sensatos”, colocando en la insensatez al resto. Como si pensar o valorar las cosas diferente a “los sensatos” significara estar falto de conexiones neuronales).
En algunos momentos hubo, y hasta el último momento, los que intentaron tender puentes, acercar posturas, buscar acuerdos (incluso hubo momentos en los que estos se producían, tan extraños como emocionantes). Recordar a toda la Federación Local que estaban en la misma organización, algo que no debería hacer falta explicar. Que si aparte de siglas compartieran colectivo serian más fuertes y podrían aportarse mucho unos a otros. Hacia falta generosidad, compañerismo, empatía y creerse los famosos PTF (principios, tácticas y finalidades, esas cosas que hay que creerse más y nombrar menos) que se tiraban unos y otros a la cabeza. No había nada de eso, o había muy poco. Había, sí, rencor, ganas de victoria y recuento de votos. Y a uno de los dos grupos le salían las cuentas, y actuó en consecuencia. Del otro lado tampoco había mucho interés en el entendimiento. Al fin y al cabo, el papel de víctima permite armar discursos épicos y puros desde ciertas perspectivas ideológicas. Todos contentos, claro. Y la autocrítica borrada del diccionario. Queda la victoria y la épica, valores ambos muy libertarios, todos sabemos.
Para otros lo sucedido provoca tristeza,desasosiego y sensación de fracaso absoluto. ¿Se podría haber encontrado otra salida? ¿Se podría haber encontrado otra resolución al conflicto? Sin duda, pero eso pasaba por renunciar a cuotas de poder. Por hacer algun esfuerzo por encontrar consensos. Y nadie quería eso.


David.