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El despertador

Suena el despertador. No hago caso. Suena el despertador. ¿Donde estará el puto móvil? Anoche lo deje en… ¡aquí suena! A ver no se me caiga, que estos trastos cuestan una pasta…vale, apago la alarma y me dispongo a volver a la cama, porque hoy es Sábado, ¿verdad? No, hoy es Viernes. ¿Seguro? ¿Hoy no es Sábado? ¡Que No! ¡Que es Viernes!. ¡Joder! Pues tendré que levantarme a trabajar.

La vida es una mierda, y encima trabajas. Por lo menos es viernes y hoy terminamos antes. Están los compañeros desatados estos días. Lo se porque por la mañana veo que se intercambian emails a las 8, 9 y hasta las 10 de la noche (22 horas).

¿Pero a esta gente que le pasa? Si ya es absurdo trabajar en horario normal no te digo nada lo que supone estar delante del ordenador a las 22 horas mientras tu pareja (o tus churumbeles) te grita desde la cocina que la cena ya esta lista y que te toca poner la mesa (capullo).

Que puede que un día tengas una urgencia y el mundo se pare si no realizas una “intervención”. Pero es que estas haciendo otras cosas y las haces todos los putos días. Y lo peor no es eso. Lo peor es que luego los jefes se creen que pueden pedirnos a las personas normales tener esa misma responsabilidad y compromiso corporativo. Y ahí ya estas jodiendo al resto.

Una cosa es que seas imbécil y te creas dueño de la empresa (que es tu puto problema, aquí tampoco vamos a solucionar tus problemas cognitivos) y otra muy distinta es que por tu irresponsabilidad y falta de conciencia me crees un conflicto con el jefe y que se crea que podemos estar disponibles para currar fuera del horario.

Al hacer horas extras no solo estás quitando curro a alguien, como se dice en ciertas campañas de sindicatos que se dicen anarquistas (otro día hablamos de por qué un sindicato nunca puede ser anarquista, da para libro). También estas dando mal ejemplo a tus compañeros y asentando situaciones que van en contra de los derechos de tus compañeros. O sea, que no solo estas siendo idiota. También estas siendo egoísta, insolidario y, además, capullo. ¡No se curra fuera de horario! Que la vida es corta para perderla trabajando.

el alcalde y la bandera

El ayuntamiento de Madrid ha decidido que este año habrá luces de Navidad.

Normalmente esto no sería noticia, ya que es algo que se hace todos los años y lo normal es que cada año sea más hortera que el anterior (da igual donde vivas y el color de tu ayuntamiento, son una horterada nivel hombreras con brillantina), pero dado que este año es muy probable que vivamos las fiestas de Saturnalia/Navidad/Solsticio/Oloquecoñosea en la más estricta intimidad y sin salir de casa parece un gasto, quizá, poco oportuno.

Al margen de la cantidad (que será alta, estas mierdas cuestan más que llevar el Ave a la Meca) también esta el detalle en una situación de emergencia económica con cada vez más gente al borde de la pobreza. Que ponerse a mirar lo de la situación de lo que ahora llamamos “población vulnerable” y antes eran simplemente “pobres” debe ser cansado.

Pero lo que la ha liado de verdad (al fin y al cabo Madrid no es la única ciudad que pone lucecitas) es que la luminaria festiva incluye una franja con la bandera (de España, se entiende) de lucecitas en todo lo que viene siendo el eje de Prado/Recoletos. Cuentan que entre la plaza de Neptuno y la de Colón (ese ser), habitual lugar de perfomances “no-fascistoides-y-nada-nacionalistas” en estos tiempos.

¿Hortera? Un montón. Como todos los años, claro. ¿Patético? Bueno, cada uno con sus fetiches y hay quien se emociona ante la visión de de un trapo de ciertos colores, una cruz con un tipo colgado dentro y esas cosas. También los hay que pondrían una decoración a base de calaveras, tachuelas y demás parafernalia de cuero y cadenas, pero no suelen llegar a la alcaldía. Lo que es una pena, la verdad.

Resulta enternecedor ver como gentes que han llegado calles, plazas y cabezas de banderitas, lacitos y demás simbología nacional ahora salgan a criticar la medida del ínclito alcalde de Madrid, como si no supieran lo que es jugar a las banderitas y al control de masas (con diversa suerte).

Y los que ahora hablan de “la bandera de todos los españoles” y de lo legítimo de exhibirla en el espacio público (aunque sea una exhibición tan poco navideña) ayer se quejaban de tener las calles inundadas de banderitas, lacitos y demostraciones de patriotismo. De otro distinto al propio, claro.

Los políticos y sus cosas. Me envuelvo en mi bandera, lloro por mi sufrimiento y te señalo la tuya y lo tuyo.

Los nacionalismos son así. No se reconocen como tales, tienden al fascismo tanto como al ridículo y, si se les deja, crean un clima irrespirable para los que nos importa una mierda el color de tu puta bandera (o para los que les importa pero resulta que no es esa), que además la sacas para tapar tus miserias y para separar y enfrentar a unas gentes contra otras, aunque me insistas en que eso no es verdad y que tu bandera nos representa a todos nosotros. Pues vale.

Hay que estar atentos a estas cosas y al peligro intrínseco que tienen estas cosas porque algunos seremos siempre de “los otros”, los que no somos “pueblo”, los que seremos herejes de cualquier fe.

Es indiferente cual es la banderita que te emociona (la española, ya sea monárquica o republicana, la catalana, la Ikurriña, la Francesa, la Union Jack o la de Mongolia) por mi te la puedes meter por donde no te quepa.

Y sí, gastarte la pasta en exhibir los valores patrios es de ayuntamiento fachorro. Pero que los primeros que lo señalen sean unos tipos que previamente han hecho lo mismo con otra también es bastante sonrojante.

De camino al curro

Hoy voy tarde, me temo. El bus ha tardado un huevo y creo que me he entretenido un poco. Ya veremos, por las mañanas los buses de la EMT llevan turbocompresor y corren que se las pela.

Está costando estos días reflexionar con claridad. Entras en bucle monotemático y lo cierto es que me aburro a mi mismo, que es lo peor que te puede pasar. Y mira que a las malas tu cuerpo posee suficientes lugares recreativos para pasar el rato. Pero de auto-sexualidad ya hablaremos otro día, hoy no toca eso.

Estamos asustados, es inútil negarlo. Por lo menos ,yo lo estoy. Más por el tipo de mundo que se va quedando que por cualquier cosa. Estos cinco meses han hecho ganar músculo al estado en un único sentido: el de la seguridad, autoridad y, en general, la capacidad de generar violencia. El resto de aspectos, la sanidad, la educación, los servicios sociales…todo eso que se supone nos iba a traer el candidato electoral de turno (ponle nombre y color al azar, en periodo electoral todos/as nos van a solucionar la vida y poner fuentes de las que mane la birra, que no estaría mal, claro).

Pero pasado ese periodo llega la crisis, a veces creada, a veces aprovechada, da igual, y lo que nos trae el nuevo ministro presidente de turno (ponle color etc) es más precariedad, recorte de derechos y más leyes y polis que permitan sancionar al disidente de la nueva normalidad impuesta.

Tenemos más miedo que hambre, así que nos refugiamos en nuestra casa y esperamos a que pase , sin cuestionar ni plantearnos un futuro en positivo (sin políticos, sin banderitas, ni en los balcones, ni en las plazas, ni en los ministerios… y sin los ejércitos armas que las sustenten) y nos vamos volviendo cada día un poco más mediocres. Un poco más sumisos. Un poco más ciudadanos de bien.

Hoy voy tarde, me temo. El bus ha tardado un huevo y creo que me he entretenido un poco. Ya veremos, por las mañanas los buses de la EMT llevan turbocompresor y corren que se las pela.

Está costando estos días reflexionar con claridad. Entras en bucle monotemático y lo cierto es que me aburro a mi mismo, que es lo peor que te puede pasar. Y mira que a las malas tu cuerpo posee suficientes lugares recreativos para pasar el rato. Pero de auto-sexualidad ya hablaremos otro día, hoy no toca eso.

Estamos asustados, es inútil negarlo. Por lo menos ,yo lo estoy. Más por el tipo de mundo que se va quedando que por cualquier cosa. Estos cinco meses han hecho ganar músculo al estado en un único sentido: el de la seguridad, autoridad y, en general, la capacidad de generar violencia. El resto de aspectos, la sanidad, la educación, los servicios sociales…todo eso que se supone nos iba a traer el candidato electoral de turno (ponle nombre y color al azar, en periodo electoral todos/as nos van a solucionar la vida y poner fuentes de las que mane la birra, que no estaría mal, claro).

Pero pasado ese periodo llega la crisis, a veces creada, a veces aprovechada, da igual, y lo que nos trae el nuevo ministro presidente de turno (ponle color etc) es más precariedad, recorte de derechos y más leyes y polis que permitan sancionar al disidente de la nueva normalidad impuesta.

Tenemos más miedo que hambre, así que nos refugiamos en nuestra casa y esperamos a que pase , sin cuestionar ni plantearnos un futuro en positivo (sin políticos, sin banderitas, ni en los balcones, ni en las plazas, ni en los ministerios… y sin los ejércitos armas que las sustenten) y nos vamos volviendo cada día un poco más mediocres. Un poco más sumisos. Un poco más ciudadanos de bien.

Vamos enfilado Fátima. A ver si arranca pronto el portátil y puedo echarme una siesta.

El cuento de la oveja negra

Había una vez una oveja negra. Pero no era negra solo por su lana, brillante, siempre limpia, ensortijada y abundante. También su piel se mostraba de un suave color negruzco cuando la esquilaban, las pocas veces que la esquilaban, que eran muy pocas. La lana negra no se puede teñir y se colocaba con mucha dificultad en el mercado de la villa, al que el pastor acudía cada 3 mese con toda la lana acumulada de su rebaño, a 5 km de la granja, en el pueblo, donde también había una pequeña taberna que solía frecuentar de tanto en tanto.

La lana de Claudia, que así se llamaba la oveja negra, solo la llevaba cuando la señora Eulalia se la encargaba para hacerse un chal, una falda o un jersey. La señora Eulalia era una señora muy mayor que vivía sola en una cabaña y se decía que era bruja. Decía que la lana de la oveja negra era especial y nada la abrigaba y protegía del viento igual. Así que el pastor no se atrevía a deshacerse de aquella oveja negra, rara y mal encarada, pero que daba una lana tan especial que la Eulalia la pagaba al triple que la mejor lana blanca que se podía conseguir. Y porque con la leche de la oveja negra se podía hacer el queso más exquisito de cuantos se pudieran probar, queso que vendía en el mercado especificando que era de pura leche de oveja negra, mas claro, cremoso y sabroso que cualquier otro.

Al resto del rebaño Claudia también les resultaba rara y cascarrabias. Siempre les decía que las ovejas eran esclavas del pastor, que los perros del pastor (a los que odiaba con especial inquina y siempre intentaba fastidiar) estaban para vigilar que nadie se escapará del “campo de concentración ” (así llamaba, con un balido especialmente fiero, a la bonita granja donde vivían, en la ladera de una montaña verde en verano y completamente blanca cuando la acariciaba el invierno) y no para protegerlas “del lobo”, o que el pastor no hacia más que aprovecharse de su lana y su leche sin darles nada a cambio, salvo servidumbre y opresión. Que no necesitaban amo ni perros para vivir por su cuenta de la hierba del campo, las bellotas y las bayas. A las ovejas les dolía la cabeza cuando les hablaba así. ¿que es ser esclava? ¿qué decía de los perros? ¿de que habla esta oveja tan mal encarada y gruñona? Cuando hablaba así, el rebaño se alejaba y se dedicaba a sus quehaceres hasta que a Claudia se le apagaba la voz y se recostaba en la hierba a ver las nubes.

Pero el rebaño, a pesar de todas estas rarezas, quería mucho a Claudia. Porque era un oveja bella y afable, cuando no hablaba de esclavos y explotadores y les contaba bellas historias a los corderitos. Tenía unos ojos azules, de un azul intensísimo, que adquirían un ligero tono rojizo cuando se enfadaba (lo que pasaba muy a menudo). En su cara tenia una cicatriz que le atravesaba toda la cara entre los ojos, si bien no la hacia más fea, pero les recordaba a todas lo que pasaba cuando se mordía al perro del pastor.

Ocurrió hacia ya 6 meses y todavía se comentaba en el rebaño. Uno de los perros se dedicaba a molestar a las ovejas (lo hacía constantemente, así se entretenía de las largas jornadas de pastoreo), les ladraba cuando comían y mordía en las patas cuando correteaban por el prado donde las llevaban a pastorear. Ese día decidió molestar a Claudia, que sin mediar palabra se abalanzó sobre el perro, un enorme mastín negro y fiero cuya sola presencia infundía terror en todo el rebaño. Le atacó con sus pezuñas, le mordió donde pudo, mientras el animal, asustado retrocedía entre gemidos lastimeros. Tuvieron de acudir el pastor y el resto de los perros para reducir a Claudia. Finalmente el pastor rompió su cayado en la cara de Claudia que se derrumbó desmayada y sangrando al suelo, mientras perros y pastor seguían pegándola y mordiéndola.

Claudia tardó un tiempo en recuperarse de sus heridas. El rebaño estuvo sin volver a verla unos 2 meses. Se contaba que la habían llevado finalmente al matadero, que la habían vendido a la anciana que le gustaba su lana, que se había escapado del veterinario…y alguna otra historia más disparatada. Pero no, finalmente Claudia apareció por la granja una bonita tarde de Septiembre. Cojeaba todavía un poquito y la cicatriz del cayado roto del pastor destacaba en medio de su cara.. Claudia tendría a partir de entonces una actitud un poco más distante con el resto del rebaño. Si le preguntaba les decía que “la habían dejado tirada”, y luego se volvía a pastar por otra zona. Es verdad que en unas pocas semanas volvió a contarle historias a las más pequeñas y volvió, aunque con menos pasión, a decirles cosas raras a sus compañeras adultas. Y que sus balidos sonaban más roncos y sombríos que antes, como si algo se le hubiese roto por dentro.

Hasta el día de la tormenta.

Aquel día el pastor sacó a su rebaño sin reparar en que había nubes que amenazaban tormenta. La noche anterior se había quedado hasta tarde en la taberna y le habían dicho que podría haber lobos en la zona. El pastor se reía mientras se bebía su vino y decía: “¡que vengan! Tengo a mi perro Satán para protegerme. Ningún lobo se atreverá a acercarse a mi rebaño y si vienen ya se enterarán de a quién no deben molestar”. Satán, claro, era ese enorme mastín negro que atacó a Claudia aquel infausto día, el mismo que gimoteaba ante los ataques de una única oveja defendería el rebaño de una manada de lobos.

Nada más llegar al prado las nubes empezaron a cerrarse, el cielo se volvió gris en un santiamén y empezaron a caer las primeras gotas. Perros y ovejas volvieron sus cabezas al pastor, que se puso un enorme chubasquero color verde oliva para protegerse de la lluvia y se plantó, con las piernas abiertas y apoyado en su cayado, a la entrada del camino. Sin moverse. Se le veía cabreado. Acababan de llegar tenía resaca y no estaba dispuesto a volverse a casa sin que sus ovejas se hubiesen alimentado. Pensaba que el agua le sentaría bien y no haría daño, sólo es agua. Ya se tomaría un baño caliente en casa a la vuelta y se dormiría viendo la tele. Así que, perros y ovejas, se encogieron de hombros y se resignaron a volver a casa empapados por la lluvia. Cada uno volvió a sus quehaceres, las ovejas a comer hierba y pasear y los perros a vigilar que nadie se perdiera. Claudia se alejó un poco hasta que casi todo el mundo pensaba si no pensaría escaparse, aunque ninguna oveja dijo nada, sabían que Claudia un día se iría. Pero no, se limitaba a estar erguida, mirando al resto del rebaño mientras por su cabeza volaban sus pensamientos, sus ensoñaciones. Ella no tenía hambre aquel día, seguía enfadada con el rebaño. Pero era su rebaño y a pesar de todo las quería. Al final se recostó debajo de un viejo árbol que estaba un poco alejado del rebaño.

El primer aullido llegó por el este. Lo oyeron todos: pastor, rebaño y perros. Cesaron los balidos, los ladridos y hasta el viento parecía que se había cortado. Sólo escuchaban la lluvia, ya intensa, caer en la tarde, que casi parecía noche por lo oscuro de las nubes. Nada. Y, de repente, otro aullido, esta vez por el este. Y otro al norte. Y al sur. Cada uno más cercano que el anterior. Una manada de lobos rodeaba el rebaño mientras el pastor llamaba a su lado a los perros. Satán gemía al lado de su amo mientras 15 o 20 lobos se manifestaban alrededor del rebaño, que se iba juntando entre sí cada vez más. Entonces, pastor y perros salieron al camino y corrieron hacia la granja sin volver la vista atrás ni preocuparse del que decían era su rebaño. No pararían hasta llegar a casa y encerrarse dentro de la casa. Y el rebaño al completo vio la verdad en algo que siempre les decía Claudia: aquellos perros estaban ahí para vigilarlas, no para protegerlas. Y ya no estaban.

Las ovejas estaban solas mientras el lobo se acercaba, lentamente, para elegir la que sería la primera presa. No había escapatoria.

Entonces ocurrió. Un balido salvaje, gutural, surgió de detrás de los lobos. Era Claudia que corría hacia los lobos. Nadie reparó en esa oveja negra refugiada detrás de aquel enorme árbol mientras los lobos se acercaban al rebaño. Claudia se lanzó directa a por el lobo jefe de la manada, a quien en sus muchos años nunca le había atacado ninguna oveja de cuantas había cazado. Claudia le mordió, le tiró al suelo, le dio cabezazos en todo el cuerpo, patadas…antes de que el resto de la manada siquiera pudiese reaccionar para defender a su jefe. Y cuando quisieron hacerlo, ya era tarde. El resto del rebaño, todas aquellas ovejas sumisas, tranquilas y miedosas, se lanzaron a por los lobos como había hecho aquella oveja negra con la cara partida por una cicatriz. Mordieron, dieron cabezazos, patadas y, finalmente, pusieron a la fuga a aquellos lobos que nunca olvidarían a aquel rebaño de ovejas mal encaradas y fieras.

Mientras los lobos huían las ovejas celebraron su victoria dando saltos y balando alegremente en una algarabía que se prolongaría hasta ya entrada la noche, cuando decidieron buscar una cueva donde refugiarse de la lluvia y esperar al nuevo día. A Claudia sus compañeras ya no le parecían tan blancas. Nunca volverían a aquella granja y se alimentarían de lo que pudieran encontrar en prados y montes.

Nunca se volvió a ver a Claudia y al rebaño por los alrededores. El pastor vendió su granja y emigró a la ciudad. Nadie se creyó que intentase, ni por un instante defender su rebaño cuando los lobos se acercaron y la vergüenza no le dejaba vivir. La señora Eulalia seguía vistiendo sus vestidos de lana negra. Nadie sabía de donde los sacaba, pero se cuenta que de vez en cuando sube al monte y recoge algunos mechones que se quedan prendidos en los matorrales. Se cuenta, también, que las noches de luna llena se escucha un balido de oveja especialmente ronco y desafiante.

Libre

Cuando era pequeño mi vida era sencilla, comer, cagar, jugar. Un día mis padres me llevaron a la escuela aunque yo quería jugar. Allí tenía que pasar muchas horas escuchando cosas que me aburrían. No me dejaban correr, saltar, explorar… me sentaban por horas en un pupitre. En la escuela aprendí muchas cosas muy útiles, como que la sociedad en la que vivíamos era la única que garantiza nuestra LIBERTAD, éramos personas LIBRES, LIBRE. Descubrí pronto que me gustaba mucho la naturaleza, en particular las plantas pero los mayores me explicaron que tenía que aprender literatura, lengua, historia, geografía y matemáticas, por mi bien, para en un futuro poder pensar con LIBERTAD, así que estudié matemáticas, lengua y historia. Tampoco me dejaron elección. ¡¡¡vivía en la sociedad de las LIBERTADES!!!Pasaron los años, y como no quería seguir estudiando, mis padres me dijeron que iba a seguir estudiando, que tenía que continuar para en el futuro tener un buen trabajo, que estudiar una carrera me abriría muchas puertas (lo de pensar con libertad ya no era tan importante pensé). Sin muchas opciones hice lo que mis padres querían, eran mis padres y querían para mi lo mejor, al fin y al cabo vivimos en una sociedad de personas LIBRES. Años más tarde terminé mis estudios y busqué trabajo porque, aunque yo quería conocer el mundo ver bosques, montañas y ríos, mi obligación como persona responsable era encontrar un trabajo y labrarme un futuro. LIBRE. Encontré mi primer trabajo, era un trabajo de reponedor en un gran almacén cualquiera, con el tiempo si trabajaba duro y no daba problemas llegaría a jefe de sección y entonces sería LIBRE para hacer lo que quisiese.

Despertador, ducha, transporte público, carga y descarga, descansa…

Pasaron los años y salté de un trabajo a otro, encontré pareja, nos casamos y tuvimos un precioso bebé y una hipoteca de por vida. ¿Que íbamos a hacer? No sabría decir por qué pero todo el mundo dice que es lo mejor que les pasó en su vida. LIBRES, LIBRES, LIBRES..

Despertador, ducha, transporte público, carga y descarga, descansa…

El bebé se fue haciendo mayor estudio, encontró un trabajo, pareja, se casó y se hipotecó. Para entonces mi pareja y yo nos jubilamos. ¡Ahora si! Ahora sí que podríamos disfrutar de la vida. ¿Qué me gustaba hacer?, No me acuerdo, que memoria la mía… por fin era complementamente libre. No teníamos mucho tiempo, la verdad, nuestra hija había tenido otro bebé y teníamos que ayudar a cuidarle mientras que los padres trabajaban. Pasaron los años y nos fuimos debilitando, un día cualquiera nuestra hija nos dijo que ya no podíamos vivir solos, que estábamos muy mayores y necesitábamos alguien que nos cuidase. Nos llevaron a un asilo. Libre, libre

Hace un año mi pareja se murió y aunque querría visitar su tumba todos los días, solo podemos salir del asilo los miércoles por la tarde. Libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre, libre…

EL LINCHAMIENTO

Me acuerdo de cani en el cole. Fue una época dura, siempre he tenido la cabeza un poco gorda y llevo gafas desde los 7 años. Además, siempre he tenido un carácter más bien introvertido. Así que lo más suave que me decían era cabezón y cuatro ojos. Supongo que era víctima fácil. Ahora lo llaman bullying, pero era mi día a día en el puto cole. Te veías señalado por tus peculiaridades, esas cosas que luego te dicen que te dan personalidad. Excepto aquel día que vino Ricardo a clase.

Ricardo era un chico bajito, tartamudo y con una ligera cojera, imagino que producto de algún accidente o malformación congénita. Una diana más fácil, claro. Carlitos, el matón oficial de clase, lo localizó enseguida. En el recreo, esta vez, no fueron a por mi. Fueron a por Ricardo. Y yo fui con ellos, claro. Era mejor formar parte de la cosa, que destacar y señalarme de nuevo, aunque mañana lo mismo volvía a ser el blanco. Ni me acuerdo de lo que le dijimos, a gritos. Sé que no le pegué, porque yo nunca he pegado a nadie, no podría. Lo que sí recuerdo es la mirada de desprecio de Ricardo durante toda la clase. No miraba ni a Carlitos ni a sus amiguitos. Me miraba a mí. Como si sólo yo le hubiese traicionado. No estaba enfadado con Carlitos, era yo el que le había fallado.

Aquella noche, tirado en la cama de mi cuarto, sin poder dormir me venía a la mente aquel momento vergonzoso, recordaba todos los que estaban allí. Me preguntaba si habría más chicos que habían hecho igual: participar del linchamiento para evitar ser ellos los señalados. Creí adivinar una mirada de miedo en algunos compañeros. Estaba seguro de que la mayoría estaba allí para evitar ser ellos los expuestos.

sobre la mayoría

Un grupo de 10 amigas y amigos adolescentes se reúnen en su banco del parque del barrio. El grupo lo componen, siete chicos y tres chicas. De los chicos, Mustafá es el más nuevo del grupo, viene de Senegal y todavía no habla bien castellano por lo que le cuesta seguir la conversación, la cual además se acelera en los momentos de mayor tensión. Entre los chicos se encuentra también Mariano, un chico de fuerte carácter que sabe fijar la atención de sus amigos cuando habla, y que además no acepta de buen grado que se le lleve la contraria. Para esta tarde no tienen un plan de antemano, por lo que comienzan a debatir sobre lo que pueden hacer las horas siguientes. Tras un rato de discusión acalorada, comenta uno de ellos a los demás que reparen en que está pasando el tiempo y no están haciendo nada divertido, tan sólo discutir. Entonces, Mariano toma la palabra para resumir las tres opciones que han salido durante la discusión: ir a jugar a fútbol, ir al centro comercial a la sección de videojuegos, o ir al supermercado y comprar bebidas y hacer un botellón. En seguida, diferentes voces claman por votar y resolver el asunto de una vez por todas. Decir también que existía una opinión diferente, propuesta por Claudia, que consistía en acercarse al nuevo centro social del barrio porque iba a celebrarse una lectura de poesía, y añadiendo: “Puede que no parezca muy divertido, pero van a asistir un montón de gente del barrio y del otro colegio, y luego podemos conocerles.” Como Claudia es un poco tímida y su voz es de volumen bajo, parece que su propuesta no ha sido escuchada, ni incluida en el resumen de Mariano, por lo que los demás amigos la olvidan inmediatamente. Claudia, al darse cuenta que su propuesta no ha sido considerada, intenta tomar la palabra para continuar el debate, pero enseguida es silenciada por los demás mediante un “tsssss…que vamos a votar”. Mariano enuncia la primera propuesta y tres levantan la mano. Continúa con la segunda, y sólo Jorge levanta la mano. Termina con la tercera, a la que se unen dos más. Pedro y Juana conversaban entre sí distraídamente durante la votación, así que no participaron. Claudia, en cambio se quejó airadamente del método utilizado para tomar la decisión, argumentando que lo más interesante según su punto de vista, ni se había considerado. Mustafá, por su parte, no había entendido nada, así que no pudo participar de la votación. Al ser Mariano un chico de influyentes opiniones, tanto Sergio como Juan, sus admiradores irreflexivos, se habían unido a su propuesta de ir al centro comercial, por lo que al ser tres, representaban mayoría respecto a los 6 que habían votado. De esta forma, parecía claro para las adolescentes mentes de los votantes, que tenían que ir al centro comercial, por lo que comenzaron a caminar en su dirección. Pedro y Juana preguntaron entonces: “¿Dónde váis?”. “Vamos, que hemos decidido ir al centro comercial.” “Pero un momento, ¿alguien me quiere escuchar?, insiste mosqueada Claudia sin recibir respuesta. Y desde la distancia ya recorrida, gritaba Mariano mientras lanzaba el balón a Mustafá: “¡Mustafá, vete a devolver el balón, que ya no lo necesitamos!” 

…la democracia.