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AUTOENTREVISTA

En estos días de confinamiento/arresto domiciliario nos hemos decidido a autoentrevistarnos en un ejercicio de, bueno, que nos apetecía. Así que, a gritos desde el balcón, nos hemos gritado esta entrevista con un personaje ficticio cualquiera. Al final, nos ha salido tan bien que los vecinos nos han aplaudido y todo.

Periodisto: Antes que nada, ¿Cómo estás?

Josef K: Hola, pues bien. Físicamente bien, aunque me encuentro mentalmente cansado. Un poco asustado por la situación, también preocupado ante la perspectiva de tener que mantenerme encerrado en casa durante mucho más tiempo. Temo por mi salud física, pero sobre todo por mi salud mental. Pero de momento, sano. O con las mismas dolencias que antes.

Periodisto: Estás haciendo alguna rutina para mantenerte ocupado durante el confinamiento?

Josef K: Lo primero de todo, vamos a llamar a las cosas por su nombre. Estamos en una situación que a lo que más se asemeja es a un arresto domiciliado. Me cansa mucho que queramos suavizar las situaciones para hacerlas más llevaderas. Estamos encerrados por orden del gobierno, o sea, nuestras libertades han sido limitadas de forma muy evidente. Ójala sea de manera temporal, pero cuando el gobierno se toma libertades que luego no está dispuesto a renunciar. En cuanto a las rutinas…por qué tendría que hacerlas? Qué es esto? Unas vacaciones en un crucero? Paso mil de dedicarme a hacer esas jinkanas salvajes que nos recomiendan por la tele. Si me apetece leo un libro, o me veo una peli o algo. Pero si no me apetece me tiro en en sofá, y tan a gusto.

Periodisto: Entonces, consideras que las medidas adoptadas son exageradas?

Josef K: No lo se. No soy médico o virólogo de esos como para poder decir si es necesario mantener un contacto mínimo con la calle. Es verdad que parece que la enfermedad se ceba con las personas más mayores y con problemas previos de pulmones y esas cosas. Si eso es así, debemos procurar cuidar a estas personas. Las sociedades más exitosas son aquellas que se basan en la colaboración y en el apoyo mutuo. Es mentira que la competencia y el egoismo de mejores resultados. Vale, de acuerdo, vamos a aceptar que hay que intentar cuidar a esta parte más débil de la sociedad, dado que si no se colapsa todo el sistema de atención sanitaria (montado desde hace años alrededor del lucro de entidades privadas que “gestionan” sus recursos), lo que hará, o está haciendo, que muera gente que no debería morir en condiciones normales.

Periodisto: Crees que la gente está confinada por solidaridad..

Josef K: NO! La gente esa en casa porque se lo ha ordenado La Autoridad. Esto hace que no sepan qué están haciendo. Estamos tan acostumbrados a obedecer que parece que no sabemos hacer otra cosa. Y desarrollamos actitudes y formas de actuar egoistas y autoritarias. Hay gente que desde su balcón se dedica a fiscalizar lo que hacen los vecinos de enfrente o de escalera e incluso les denuncian ante la policía. Crees que lo hacen por “solidaridad”? No, claro que no. Lo hacen porque están enseñados a ser así de ruines, crueles y tontorrones.

Periodisto: Pero si alguien incumple la ley…

Josef K: Qué ley? Y si hay alguna, cómo sabes que la ha incumplido? Lo decides porque eres un capullo que te crees con derecho a decidir si los demás pueden o no pueden hacer determinadas cosas. En realidad, eres el tipo de persona que le encanta al gobierno, dócil, manipulable, servil con el poderoso y cruel con tus iguales.

Periodisto: Dicen que la gente del sur no somos disciplinados y por nuestra cultura tendemos a mantener un contacto cercano. ¿No piensas que eso justifica imponer unas estrictas normas de aislamiento social?

Josef K: No soy antropólogo o sociólogo, como para asociar tan alegremente el comportamiento social en función de la latitud. Hablar de “disciplina” para definir a los pueblos en función de su climatología, sin tener en cuenta su historia o el tipo de relaciones sociales que se han ido estableciendo con el tiempo parece bastante falto de rigor. Para el poder las cualidades solidarias nunca han sido de su gusto, así que nos ven como una masa individualizada y egoísta. Así, en esta situación, su única solución posible se baja en los viejos valores de la imposición, la amenaza y el castigo y la imposición de una “disciplina” de carácter militarizado. Nada que ver con la sociedad civil.


Deberiamos aprovechar esta situación para reflexionar hacia donde estamos yendo como sociedad y lo fácil que es perder nuestras libertades individuales. Una sociedad dependiente de de quienes ostentan el poder (económico), se convierte en una sociedad frágil, pues cuando ve peligrar su dominio, pondrá las medidas necesarias para mantenerlo, limitando e incluso eliminando las libertades individuales,
si fuese necesario, utilizando a su brazo político, que se ve inducido a tomar medidas dirigidas.

Periodisto: Qué crees que pasará cuando acabe el confinamiento?

Josef K: Me parece que vamos a tener una sociedad más desconfiada, más inhumana. Estamos demostrando, como sociedad, con nuestro individualismo, que somos fácilmente controlables y que se nos puede estabular con facilidad, igual que a las ovejas de un rebaño que llevan al matadero. Me gustaría que sacásemos alguna lección positiva de todo esto, relativa al apoyo mutuo, lo absurdo de las fronteras o lo que necesitamos tener un sistema sanitario fuerte y de gestión pública (no necesariamente estatal, pero no quiero extenderme en ello) y de lo inútil que son esas “cosas importantes” que surgen alrededor de las banderas, los mítines y los himnos. Pero soy pesimista, me da miedo que la conclusión sea justamente la contraria.

Periodisto: Para despedirnos, alguna última cosa para nuestro lectores?

Josef K: No se, escuché a la ministra hablar de “reeducación social” porque nuestro estilo de vida “mediterráneo” era demasiado afectuoso. Es horrible esa pretensión, creo que fomenta aún más el aislamiento social al que nos someten. Me niego a pensar que los cuidados no puedan incluir el contacto humano. Tendremos que volver a tocarnos, besarnos, amarnos…y no debería tardar mucho.

Nos despedimos sin abrazo, como es preceptivo en tiempos de pandemia. Llovizna, el cielo gris augura nuestro futuro.

miedo

Esperando en la cola del Super. Todos muy calladitos, respetando la distancia de seguridad. Callados. No escuchaba silencios así desde el 11M, lo que indica el tipo de miedo al que estamos sometidos. Normal. Nos lo inculcan constantemente desde la tele. Se diría que intencionadamente. Todos lo sabíamos, una sociedad miedosa es una sociedad manejable, controlable. Es decir, disciplinable.

No es que no haya que tener miedo. Una persona tiene que ser valiente. En primer lugar los valientes suelen visitar antes los cementerios, lugares generalmente bonitos pero en los que uno no quiere fijar su residencia, al menos de momento. También porque la sociedad que queremos no es una sociedad de gente valiente, es una sociedad de gentes libres. La libertad, como decía Don Quijote, es una causa por la que luchar merece la pena. Quizá la única, después de todo. Y la libertad debe englobar también a nuestra capacidad de tener miedo, si es así como nos sentimos. Y expresarlo libre y claramente sin que ello tenga que suponer el menoscabo habitual en quienes en un momento dado visibilizan sus temores e inseguridades (directamente, no a través de agresividades, se entiende).

Tenemos que entender nuestros miedos como una parte más de nuestra naturaleza. Es una respuesta fisiológica normal ante una percepción, propia o inducida, de un peligro. En ese sentido nuestro miedo actúa como señal de alarma y nos pone en guardia. No obstante hay que ser consciente de que existe la posibilidad de que nuestro miedo ocupe todo nuestro ser y devenga en pánico, terror y parálisis. En realidad, cualquier Estado que quiera establecer un control social sobre el individuo, y,por extensión, el colectivo, quiere que se llegue a esa sensación de pánico. Extender nuestra sensación de peligro hasta que seamos nosotros mismos los que pidamos protección y control ante la adversidad y busquemos dentro de la jerarquía estatal (papá estado es, ante todo, padre y, por lo tanto, controlador, castrador y autoritario) en forma de nuevas leyes, más presencia policial y, si se tercia, las llamadas fuerzas armadas. Es verdad que para algunos este aumento de la presencia de personas uniformadas armadas en nuestras calles y distritos nos inquietan más que tranquilizan, pero para mucha gente esto no es así y no se percibe al policía o al militar como un problema en sí mismo.

En definitiva, nuestro miedo es natural, sano y normal (independientemente de si los demás lo perciben igual o no, forma parte de nuestra característica de humanos sin interés en ser héroes, esos individuos con ganas de establecerse muy pronto en los cementerios municipales, preferentemente en panteones con columnas de estilo griego). Pero no debemos dejar que nuestro miedo se convierta en pánico. Ahora más que nunca, que parece que no hay más realidad que la que se nos da desde “papa estado”, necesitamos nuestra cabeza despejada. No perder el sentido crítico y advertir que a lo mejor es más peligroso dar poder omnímodo a individuos uniformados y armados que lo que un virus nos pueda hacer (y no negamos que ese virus no nos pueda hacer daño, especialmente a los más débiles entre nosotros).

LAS EMOCIONES EN TIEMPOS DE CRISIS

Siguiendo con el texto anterior, nos gustaría poner la atención en el tema emocional, ya que en la realidad psíquica, además de influir lo que hemos vivido, lo que condiciona muchos de nuestros comportamientos y determina muchas de nuestras conductas, son las emociones y sobre todo las emociones negativas, que son las que se potencian tanto desde nosotros mismos como por el Estado. Porque es mucho más fácil controlar a las personas potenciando su miedo, incrementando su inseguridad, aumentando la visión negativa de tal manera que aumenten tanto la angustia y la ansiedad. Así, se nos lleva a pensar que lo mejor es la seguridad que ofrece el Estado, el ejército o la religión o incluso la veneración ciega en la ciencia y la tecnología.

Es decir,  no se potencia conocerse a uno mismo o la inteligencia emocional, porque teniendo estas carencias, nunca seremos personas fuertes que podamos buscar otras realidades, que nos cuestionemos tanto a nosotros mismos como a todo lo que nos rodea o que busquemos otras formas de afrontar los problemas o las crisis.

El cómo nos enfrentamos y vivimos nuestras emociones es lo que se debería enseñar desde pequeños para poder lograr ser unas personas adultas que asuman sus emociones con responsabilidad y conociéndose a uno mismo para también saber qué es lo que nos gusta o nos hace sentir bien para lograr estar fuertes y evitar así muchas veces la manipulación emocional que entre otros el Estado aprovecha continuamente y en momentos como los que ahora estamos viviendo se hace más visible. Porque en todos los discursos de estos días se nos trata de hijos de un papá Estado que nos dice no sólo lo que tenemos que hacer sino también lo que tenemos que sentir y si alguien no siente lo mismo que nosotros (ejemplo: miedo al contagio) se le ridiculiza socialmente, se le enfrentan sus opiniones o teorías acusándole de insolidario o cospiranoico porque se extiende de una manera totalmente autoritaria que o se siente lo de la mayoría o se está frente a la mayoría.

Por eso quiero dejar en el aire la pregunta:

¿Sentimos nosotros o sienten por nosotros?

Resistir

El mundo es un lugar hostil y cuanto más hostil más favorece que aparezcan modelos de resistencias. Resistir o morir, puede que no se consiga nada, nada en el sentido de un efecto inmediato pero lo importante es resistir cada una a su manera. Luchar cada una como pueda, la lucha cotidiana en la que surgen las dudas, las contradicciones, los arrepentimientos,… Esas son las mejores luchas porque son reales. Cuando de repente sin saber por qué se desafía ante un simple gesto, una mirada o un comentario aparentemente sin importancia pero que despierta un resorte en quién los sufre y se encara enfrentándose al mundo que en ese momento son esas dos
personas unidas por el destino.

Me gusta la frase de “mejorar las cosas aunque sea plantando un árbol que crecerá para generaciones futuras”. Las resistencias son esas raíces que con el tiempo darán su fruto, puede que pase tiempo pero en algún momento surgirán frutos. Actos individuales que contagian al colectivo.

Resistimos cada vez que respiramos y no permitimos que se cometa alguna injusticia, algún comentario algo que nos haga no sólo defendernos sino pasar de la pasividad a la actividad.

Lo fácil es dejarse arrastrar por la inactividad, por la corriente dominante lo verdaderamente potente es cambiar la corriente. Rebelarse sobre lo establecido.

Resistimos cada vez que somos capaces de cuestionarnos a nosotros mismos y a nuestro mundo, sociedad,… Cuando creamos pequeños grupos, cuando buscamos gente afín para resistir juntos.

EL FUTURO DEL ANARQUISMO

Lo has adivinado, el futuro eres tú que estás mirándote al espejo y no sabes muy bien qué pensar. Puede que estés pensando al ver tu reflejo que no puede ser, que tú eres una persona sencilla (te consideres o no anarquista) y que intentas llevar una vida lo más cercana a tus ideas.

No eres de grandes discursos sino de leer, reflexionar, repensar y pensar sobre todo lo que lees, escuchas,… desconfías de la propaganda y las noticias que tienen un eco mediático. Eres constante en tu empeño de vivir la vida, de disfrutar, cada vez más consciente de que lo más importante eres tú, cuidarte para poder demostrar con tu vida, con tus hechos las ideas que dominan tu vida.

Para mí el futuro del anarquismo tendrá nombre de mujer, el feminismo en el centro, y tendrá bastante importancia la educación.

Siempre que se habla de futuro la educación hay que ponerla en el centro, llamémosle educación o saber, el saber constante que comienza en la infancia y que nos acompañará toda la vida, porque si hay algo que distingue a un anarquista es su formación constante, siempre interesada en todo. Querer saber para poder comprender, para poder tener un criterio propio y luchar contra todo aquello que se considera injusto o perjudicial para uno mismo o para la comunidad.

Por eso porque el futuro eres tú, somos todas, necesitamos ir construyéndonos poco a poco para poder defender aquello en lo que creemos y sobre todo aplicar las ideas a la vida diaria, la cotidianidad de los hechos basados en ideas porque eso es lo mejor del anarquismo que es una teoría práctica que quién la practica comienza con pequeños cambios, pequeñas aportaciones
pero que poco a poco su vida se va dotando de comportamientos de
comunidad.

Somos una teoría política que se basa en la práctica que persigue el bien común porque el centro son las personas, la naturaleza humana, buscando el apoyo mutuo y la solidaridad.

El futuro también será de reasignación y recuperación de la memoria histórica anarquista, tenemos que dar valor y visibilidad de toda esa herencia anarquista que tenemos los anarquistas de hoy y que tendrán los del futuro porque las ideas han estado siempre en nuestros corazones. El anarquismo del 36 no fue un hecho aislado porque los hechos anarquistas siempre han estado ahí.

Muerte a los gilipollas

Esta frase se leía en el jeep del coronel Dronne a su entrada en París, a finales de agosto de 1944. El coronel Dronne tenía mando sobre La Nueve, la compañía adscrita a la legión francesa compuesta, en su mayoría, por veteranos de la Guerra Civil Española. La mayoría anarquistas, con algunos republicanos, socialistas y algún que otro comunista. La epopeya de esta gente es bien conocida (o debería serlo), desde el exilio en África pasaron de los campos de concentración a alistarse al ejército de la llamada “Francia Libre” de De Gaulle dentro de la divisón Leclerc. La gente de La Nueve bautizó sus vehículos con nobres alegóricos a su procedencia y sus sufrimientos, así se veían blindados con nombres como “Guernica”, “Guadalajara” o “Don Quijote” (si hay dudas sobre la afiliación libertaria de buena parte de esta gente que bautizasen con el nombre del caballaero de la triste figura a uno de sus blindados debería despejarlas, pero de eso ya hablaremos otro día). Y, claro, intentaron llamar a uno de estos trastos como “Durruti”, cosa que el alto mando francés prohibió (un militar es siempre un militar, por muy francés de la francia libre que sea), así que le cambiaron el nombre por “los Pingüinos”, que es como despectivamente se les llamaba a los españoles. El más divertido, no obstante, fue este “Muerte a los Gilipollas” (aclarar que todos estos nombres estaban en francés), dedicado con indudable cariño y respeto al alto mando francés y, en general a aquellos que desde sus filas entorpecen, estorba y tocan los huevos a la gente hasta el hartazgo ya desmoralización de la tropa rasa.

Diríase que nuestros espacios siguen llenos de esos mismos gilipollas, o quizá se han reproducido hasta invadirlo todo. Gentes con más ego que capacidades, “líderes” impostados de algún “movimiento obrero/libertario” (aunque hablar de “movimiento” en cualquiera de las dos cuestiones no deja de tener su punto cínico). Su labor consiste en aplicar las buenas tácticas, evitar la decisión común del colectivo, asegurar que la “lógica” y la “racionalidad” se imponga en la estrategia común . Por supuesto, esta estrategia la definirán ellos, que para eso ejercen el liderazgo y el control, siempre el control.

Esa gente pedirá cargo, mando y control mientras pregona a los cuatro vientos la importancia de su “orientación” y “liderazgo”. Nadie se lo ha pedido, ni la orientación, ni el liderazgo, ni la ascendencia sobre el grupo. Pero claro, cuando San Durruti se te aparece (ojo, que su “Durruti” se parece bastante a algún Stalin cañí) no hay más remedio que que ponerse al frente y dirigir, evitando peligrosas desviaciones “irracionales”.

Muerte a los gilipollas. O por lo menos que se metan en algún partido o algo.

La coherencia anarquista

Primero: de dos cosas una: o nuestros principios son falsos, y SI LA REALIDAD LOS CONTRADICEN son falsos. En este caso apresurémonos a abandonar estos principios. En este caso debemos tener la lealtad de confesar públicamente la falsedad de estos principios y debemos tener el coraje de poner al combatirlos tanto ardor y actividad como ponemos en defenderlos; inmediatamente pongámonos a la búsqueda de principios más sólidos y esta vez justos, exactos, infalibles.” (Sebastien Faure, Congreso de la AIT, Diciembre 1937)

Se cuenta que en una reunión de la AIT en 1937 las delegaciones andaban muy divididas respecto a la decisión de la CNT española (en esos tiempos sólo había una) de participar y colaborar en el gobierno de la República (la “decisión”, por cierto, la tomaron, en realidad, algunos líderes del sindicato y lo presentaron como “hechos consumados” al resto. El “asamblearismo” era esto). De aquellas sesiones, salio el que quizá sea uno de los discursos más interesantes sobre el tema a discutir que se haya dado en nuestro entorno, a cargo de Sebastien Faure, pedagogo francés, director de La Ruche y amigo de Louis Mitchel (y autor de varios libritos de jugosa lectura). El discurso es muy difícil de encontrar por esos mundos de Internet, tal vez porque a determinada gente no le gusta que les pongan las orejas rojas incluso 80 años después de pronunciadas las palabras o porque siempre pinta más la épica de la violencia que la certera visión de la reflexión. O tal vez lo dicho por Faure no sea tan interesante como nos ha parecido a nosotras.

Lo que venia a decir Faure es que la estrategia, la oportunidad y la táctica están muy bien, que se comprende que a veces es duro y que es verdad que en algunos momentos parece que no hay otra salida, pero hay que creerse lo que uno dice. Y hay que ser coherente con lo que se cree. Y si, en algún momento, se encuentra uno en discrepancia entre lo que se cree y lo que cree que hay que hacer, solo puede haber dos motivos: o estas actuando en contra de tus principios y mejor te lo haces mirar porque te vas a dar la hostia (o te la van a dar), o tus principios están equivocados y deberías adoptar otros y combatir los anteriores por falsos y erróneos igual que antes los defendías.

Con palabras más finas, con mucho cariño hacia gentes que, en ese momento, se estaban jugando más que la vida (y que vivían en un infierno, que es la única manera de definir una guerra, y si alguien tiene otra nos lo diga), pero con toda la firmeza y convencimiento de quien se cree su historia. Un pedagogo tiende a ser didáctico en sus alocuciones.

Hoy día lo que decía Faure (ya no dice nada, claro, una vez muerto uno ya no opina, aunque todavía nos pueda dar alguna que otra lección a través de su experiencia ) nos sigue pareciendo válido, y no sólo para anarquistas y librepensadores raros, que alguno habrá, ¿verdad?.

Hay mucha gente que en función de una táctica, una estrategia o una conveniencia (porque me viene bien, vamos) abandona sus principios y decide actuar con “inteligencia” y “estrategia”. Así el anarquista acaba votando, o procura ser elegido como delegado en su empresa , o manipula su organización para que actúe según lo “lógico”. Porque en ese momento “es lo que hay que hacer”, “porque no hay otra manera”, “porque si no el fascismo nos come”.

Bueno, se entiende. Sobre todo el miedo. Nosotros también tenemos esos miedos (el fascismo, la irrelevancia, la inutilidad de según qué lucha), y otros distintos que no vienen a cuento.

Pero dejarnos llevar por esos miedos es un error, no podemos llevar nuestras vidas (y luchas) como si fuésemos “maquiavelos” de pacotilla. Nuestras mejores decisiones las tomamos con el corazón, más que con la cabeza. Y es verdad, podríamos estar equivocados en nuestras ideas, y es por eso, precisamente, por lo que siempre hay que reflexionar, pensar y analizar para rectificar en caso de que descubriéramos que así es.

Mientras tanto, mientras creamos que nuestras ideas anarquistas son válidas, justas y necesarias, intentemos actuar como decimos y vamos a creernos lo que decimos. Es posible que nos fuese mejor así.

El hooligan

Continuamos con nuestra serie sobre manipulación de asambleas. En esta ocasión vamos a hablar de un biotipo raro pero necesario para todo buen manipulador que se precie: el hooligan, o fan incondicional. Dentro de toda asamblea más o menos grande (o sea, que tenga cierta entidad, si tu asamblea es de las pequeñitas la manipulación no tiene lugar, simplemente convences a los otros dos de tus posiciones, por absurdas o egoistas que sean (desengáñate, tú no quieres hacer la revolución ni nada parecido. Tú quieres alimentar tu ego, y tu ego tiene mucha hambre). En tu asamblea ya habrás formado tu grupo decisiorio, con el que conviertes tus designios en “decisiones de asamblea legítimas”. Pero además conviene que haya gente ajena al grupo que apoye y siga los designios dictados por el líder carismático (tú). Y este es el hooligan o fan de la asamblea.

No nos conviene que el hooligan esté metido en nuestro grupo de influencia. Podría descubrir cómo se toman estas decisiones y para qué, lo que le elimina como hooligan. Al hooligan hay que tenerle convencido de que está en una organización asamblearia, horizontal, revolucio-algo y toda esa mierda que no te crees. Al hooligan, ojo, no lo eliges, el hooligan es.. Es el tipo de persona al que todo le parece bien, todo es maravilloso y que vive convencido de que sólo dentro de nuestra asamblea se puede llevar a cabo nuestros proyectos revolucionarios (o por lo menos, que te de para dar una chapa en alguna okupa o el ateneo de Tomelloso). El hooligan, sí, vive en Narnia.

Siempre hay alguien así: es gente maja, simpática y con un sentido crítico orientado hacia el exterior y anulado completamente hacia la propia organización (tienes que estar atento de lavarle el cerebro convencerle de ello periódicamente, esta gente lee y la gente que lee acaba pensando por sí misma si la dejas sola).

Necesitas tener controlado constantemente a tu hooligan porque siempre verá cosas raras, como por ejemplo un comportamiento errático de su líder carismático (insistimos, ese eres tú, créetelo, joder!) y habla y se relaciona con todos los miembros de la asamblea, no como tú que no te soporta media asamblea. Y es bueno que hable con el resto, para convencerles de tus posiciones, dado que buena parte de la asamblea a estas alturas ya no te soporta. Normal, les mola la cosa esa de la toma de decisiones en común, la asamblea, el debate y pensar entre todos. De verdad, qué pesados!

En definitiva, querido manipulador asambleario, un hooligan es necesario en tu asamblea. Cuídalo, él se encargará de dar la brasa al resto con las bondades de la “organización revolucionaria”. A liderar por tí, por supuesto. ¡Suerte!

Brian al que llaman brian

La escena es bien conocida por todos y quien más quien menos se ha escacharrado de la risa hasta la lágrima. Brian de Nazaret entra en contacto con el Frente Popular de Judea para luchar contra los invasores romanos. Porque cumple con los difíciles criterios del frente: odia a los romanos (mucho!). Una vez admitido, ya como “Brian al que llaman Brian”, le cuentan que a los únicos que odian más que a los romanos es a esos cabrones del frente judaico popular (¡disidentes!), o a la unión popular de judea (¡disidentes!), o… y así con cada minúsculo grupúsculo (el frente son 4, la unión un señor mayor que gusta de las peleas de gladiadores, el fútbol de la época…)

Mas o menos ya se intuye que toca hablar de lo que llamamos, no sin cierta ironía, “movimiento libertario”. Se diría que los Monty Python en algún momento de su existencia se relacionaron con los entornos alternativos de su país. Y que estos son muy parecidos a los que se mueven en estos territorios sureños. Rex, el delirante líder del FPJ, sector oficial, lo hemos visto muchas veces pululando por ahí. Ese individuo que siempre tiene que decir qué es lo que tiene que hacer el grupo, que tiene clara la línea ideológica y estratégica del colectivo y que, en definitiva, tiene su principal fuente de inspiración en Napoleón Bonaparte, aunque luego sea capaz de citarte con toda la precisión del mundo a Kropotkin, Malatesta, Bakunin, Ricardo Mella y su primo del pueblo que también sabe mucho. Que oye, aquí somos muy fans de Kropotkin y hasta lo recomendamos, pero que no somos seres superiores por eso (ni
inferiores, ojo).

Otro grupo muy divertido es lo que sería el “escuadrón de suicidio”. Esa gente que cuenta su militancia en función de sus enfrentamientos con la fuerza pública, como si el objetivo de tu vida tuviese que ser recibir hostias en una mani, esas cosas que a la gente sin demasiadas taras les viene un poco mal. Pero claro, luego tenemos la forma en la que nos relacionamos con otros grupos, es decir. Cómo vemos a los “frente judaico popular” o “unión del pueblo judaico”. Lo mismo no caemos en la cuenta de lo problemático que es que nos cueste más reunirnos con nuestros supuestamente afines que con gente que directamente nos odia y nos desprecia (por ejemplo, troskos o socialdemócratas, aunque alguno dirá que
esto es una suerte de “frente popular de judea”…la rueda sigue!). Cuanto más pequeños, cerrados y ortodoxos nos hacemos, también nos hacemos más grandilocuentes. Nos ponemos el puño en la frente y emitimos comunicados “importantísimos” en los que solemos exigir algún tipo de reunión, o respuesta, o que me hagan casito…al gobierno, o a un secretario de algo…un poquito de casito, ¡¡que somos importantes!! Se entiende que en un proceso propagandístico hay que hincharse, de vez en cuando, ante el emperador y exigirle lo que hay que exigirle a ese hijo de caligula. Esta bien, siempre que no te lo acabes creyendo.

Y resulta que podemos llegar a odiar más a estos “otros” que al “imperio romano”. Y los criticamos con saña, sobre todo si esos grupos hacen “cosas”. Porque si alguien, no lo quiera tu deidad preferida, consigue realizar una acción positiva, integradora y con cierto predicamento popular, seguro que es algo antinarquista y fuera de todos los principios libertarios que aseguramos defender muy fuerte dentro de nosotros (fuera de nosotros hace tiempo que no defendemos nada). O si por un casual han sido partícipes de uno de los múltiples, variados y originales procesos de desfederación, purga, expulsión, etc. en el que se ve inmerso el mundillo libertario a falta de otras actividades más interesantes (no se, esa cosa de la revolución, o por lo menos alguna protestilla inocente al gobierno…un algo).

Lo malo es cuando odias más al compañero/excompañero de luchas (futuras, si hoy estás muy liado con tu cuenta de netflix) por cuestiones tan habituales entre nosotras cómo la estrategia, la doctrina anarquista (pista, ni Bakunin ni Kropotkin escribieron la Biblia, se les puede discutir, incluso tu interpretación de ambos es discutible… y que se suponía que tampoco hacemos caso al tipo que escribió La Biblia) y las purgas internas, escisiones, expulsiones y demás variantes del “ya no te ajunto” infantiloide en el que caemos tan a menudo. Y sin una madre que nos diga eso de “ni es que ni es ka. Me da igual quien a empezado! Ea!” (Toda bronca de madre termina con un ea o no es bronca). Los procesos de resolución de conflictos eran esto.

Esta “brianizacion” de nuestras organizaciones es verdad que es fuente inagotable de risas y anecdotario para la posteridad (también de vergüenza ajena, claro). Y quienes llevamos un payaso en el alma agradecemos los momentos tan especialmente graciosos que nos proporcionan. Pero es un desastre absoluto para la difusión y aplicación práctica de nuestras ideas, que era de lo que se trataba (supongo).


Deberíamos abandonar ya este vodevil libertario y volver al pensamiento crítico y la racionalidad. Al menos si pretendemos que nuestras ideas impregnen en la gente y se lleven, poco o mucho, a la práctica.
O bueno, podemos hacer una peli. A mi se me ocurre una basada en la invasión romana de Palestina…