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salario emocional

Los de partamentos de RRII (Recursos Inhumanos) dedican parte de su tiempo en decidir y analizar quién se queda y quien se va dentro de la empresa que les paga. RRII es una salida laboral muy recurrente para un psicólogo o experto en marketing, en este sentido.

El primero analiza la salud mental del currito medio, así como su idoneidad como esclavo por horas y lo que llamamos “clima laboral”, esa cosa de la convivencia (hay quienes opinamos que también se dedican a modular y diseñar las técnicas de mobbing dentro de la organización empresarial, pero puede que seamos unos paranoicos, le preguntaré al jefe).

El de marketing básicamente se dedica a vendernos la compañía. Son los que mandan esos correos corporativos de como molamos y que bien nos llevamos o qué importante son los objetivos y mentalidades de la empresa. Es su curro, es posible que en su vida civil no sean así de gilipollas (lo dudamos).

Dentro de los teóricos de ese ámbito (RRII) lleva tiempo triunfando un concepto, tal vez relacionado con lo dicho hasta aquí, que llaman “salario emocional”. El concepto que se maneja es que uno permanece en su curro por motivos no-económicos, sino más bien emocionales.

O sea, que curras aquí porque te sientes a gusto e integrado. Incluso por encima de cuestiones monetarias. O sea, que estás aquí porque se te da cariño. Vamos, que como no te quieren pagar lo que te corresponde pretenden pagarte con abracitos y algún vídeo motivacional.

Y, claro, con la gilipollez, luego algunos se quejan de que no pueden contratar gentes para realizar las tareas que les generen las plusvalías deseadas.

Como dice aquel Anciano Revolucionario: pagarles más. Y yo añado: coño.

A ver si nos dejamos de gilipolleces, chorradas y monerías. Se curra por dinero, los abracitos ya me los doy con la gente que quiero y me quiere, ni necesito ni quiero que mi empresa me dé cariño y amor. Estoy en este puto curro para pagarme la jodida hipoteca, la luz y demás cosas que me permiten tener una vida aceptable/decente (dentro de lo aceptable/decente que puede ser la vida basada en el trabajo asalariado). La relación laboral consiste en un intercambio de tiempo por dinero, sin más.

Y si eres currito y te has creído las mierdas estás ten en cuenta que cuando dejes de ser rentable (o sea, considere que alguien le va a dar más plusvalías que tú, tu jefe te va a mandar a darte cariño con el funcionario del SEPE. Con todo el cariño, eso sí.

Salario emocional, valiente chorrada.

la mascarilla

El centro comercial está atestado de gente. Gente que, como es de bien en tiempos de Pandemia, lleva puesta su mascarilla tapando boca y nariz, evitando así que las partículas de saliva y demás transporten enfermedad y muerte de unas personas a otras. Es una mierda y ya estoy un poco harto, como supongo muchos de los que aquí estamos. Pero es lo que hay. En el barrio “es lo que hay” es una de las muletillas más usada.

Lo de la distancia de seguridad aquí se aplica poco, la gente llena los recintos de restauración y se empujan, “sin querer”, unos a otros en las tiendas de moda (siempre la misma, claro, que una Pandemia no te quite la oportunidad de uniformarte según los cánones de la gran compañía de confección de turno). La nueva normalidad era esto, el volver a consumir desesperados para ver si en el acto de esta compra captamos esas endorfinas que la vida y la tele ya no nos da.

No se si quieto vivir así, de hecho no quiero. Cada día este mundo se me hace más inhóspito e inhumano. Menos salvaje, en el buen sentido de la palabra. Menos libre. Demasiado control, demasiada civilización, demasiado civismo, demasiadas normas. Muy poca alegría real, de esa que añoramos de nuestra infancia sentida (que no siempre es la vivida ya que la memoria, ya sabes, es selectiva).

Me cuido muy mucho de comentar que mi pareja estas reflexiones. Me apetece poco hablar ahora de esta sensación extraña y, además, no quiero que se preocupe. Que se pille pronto su falda y su blusa, no quiero estar mucho tiempo aquí. A lo mejor luego, cuando nos tomemos una cerveza y le gaste una broma típica acerca de si esa minifalda me sienta mejor a mi o a ella (a veces soy muy tonto). Me gusta hacerla reír, aunque no se si lo hace conmigo o de mi.

Por megafonía suenan las típicas canciones que incitan a la compra compulsiva, dependiendo del momento con más ritmo o más relajantes, siguiendo esas incomprensibles reglas del marketing. Me llama la atención, no obstante, que hay un extraño silencio en el centro comercial. Nadie parece estar hablando hoy, ni para comentar el tiro de la blusa o por donde carga paquete el pantalón. La gente está comprando, saca su visá y la pasan por los datáfonos, cambiando prendas, regalos y demás de propietario, de la tienda al consumidor. Sólo somos consumidores. Y cada compra la vida se nos escapa un poco.

La lluvia de fuera retumba sobre la cubierta del centro comercial, a veces tapando la música motivadora, que tiende por momentos a estridente. Me siento enfermo, mareado. Quiero quitarme la mascarilla y respirar aire puro, aunque en el sitio donde estoy el aire está viciado y debería ir muy lejos para encontrar el ansiado aire puro. Pero no puedo. Las autoridades no lo permiten, hay unas normas.

Además, cuando lo intento no soy capaz de encontrarla, para mi espanto tampoco soy capaz de encontrar mi boca y ni mi nariz. Intento gritar, pero no tengo por donde dejar escapar el aire. Entonces me doy cuenta, la razón de este silencio de las gentes que se apiñan en este centro comercial. Miro a mi alrededor y no creo lo que veo.

En el centro comercial cientos de personas caemos de rodillas al suelo palpando unas caras donde ya no hay nariz, ni oídos y ni boca. Nos miramos con los ojos. Muy abiertos, aterrorizados.

Al final solo nos dejaron la Visa y el miedo. Este miedo

el cansino Gramsci

¿Conocéis a Gramsci? Yo no, y la verdad es que me importa una mierda el puto Gramsci, su vida y su obra. Lo siento por si me pierdo algo (que seguro que sí, esa te la concedo), pero me interesa muy poco ese individuo cuyas enseñanzas tanto emocionan a ciertos popes y repartidores del saber obrero. Estoy harto de que para reafirmar nuestros argumentos haya que citar a Gramsci, o a Chomsky, o a Marx. O a Bakunin, Kropotkin y demás. Joder, si es que encima los citamos mal, como decía el otro Marx (Groucho, que no me importa citarlo porque ya sabe que lo haré mal).

El uso indiscriminado del “argumento de autoridad” es propio de gentes que piensan poco y necesitan que otros les afinen el argumentario. Lo que en el barrio, y en el pueblo, siempre hemos dicho “unos petardos”. Unos petardos que además quieren no ser rebatidos, porque “como dijo Gramsci…etc.”.

Con estos mimbres hay quien quiere plantarse en Pan Bendito a explicarle a la gente la precariedad, la sociedad capitalista, la lucha obrera (controlada) y, ya de paso, el mayo del 68, el romancero cansautor completo de los 70 y la filmografía completa de Kusturika, Ken Loach, Costa Gravas o Fernando León, que oye, las hay que molan mucho (en otras hasta te compadeces del jurado del festival de Venecia que se vio aquella cosa), pero no es para dar la turra todo el día con ese aire de superioridad intelectual. Que es lo peor de todo.

Leer sabemos todos, y si no nos leemos los tostones que a ti te han “iluminado” y “formado” es porque no nos da la gana. Porque algunos preferimos disfrutar de la vida antes que hacernos los chulitos, y menos ante gentes que te puede explicar en primera persona lo que es un curro de mierda y no poder pagar la casa.

En el fondo, tienen razón quienes dicen que a nuestro alrededor hay mucho pijo dando lecciones. Y liderando organizaciones. Y presentándose al parlamento de turno….porque las cosas se cambian desde dentro. Lo mismo lo dijo Gramsci.

La llamada izquierda (la real, la imaginada, la parlamentaria) está plagada de aspirantes a líderes salidos de la Moraleja que vienen a contarte teoría económica y luchas obreras no vividas. Gentes que desde sus acomodadas vidas y sus completos estudios universitarios (máster en universidad prestigiosa incluido) te explican lo que te pasa en tu día a día.

Y, claro, se nota la impostura.

Para saber que vives en un mundo asqueroso en los que el poderoso se dedica a machacar todo lo que puede a los que estamos abajo (si bien, es verdad que unos más abajo que otros) no necesitas que venga un niño pijo bien alimentado con ganas de tener escaño (o como mínimo una columna en El País y una tertulia en La Sexta). Sólo hay que mirar un poco y, quizá, apagar la tele, no sea que se te seque la neurona (y la necesitas). Vamos, que todos sabemos dónde nos aprieta el zapato.

La (ultra) derecha se lo monta mejor, en este sentido. Son también unos pijos de la moraleja, pero más listos, o quizá con mejores intuiciones. En vez de aburrirte con teorías de tipos como Gramsci y echarte la peta porque no has seguido fielmente sus enseñanzas (y sus tocho-coñazos donde te lo explican), te señalan al enemigo al que odiar (básicamente tu vecino pobre de otro país que vive igual que tú, pero es de otro país). Por supuesto con ellos vas a seguir jodido, y encima enfrentado a tus vecinos de otras latitudes, razas o preferencias sexuales, pero tendrás diversión simbología y, ojo, la sensación de formar parte de una comunidad. Con su simbología, su bandera (grande, en este sentido a las banderas les pasa como a los coches de grandes cilindradas, indican un cierto complejo sexual de su dueño sublimado con un enorme símbolo fálico exhibir) y sus liturgias.

No hay más que ver las liturgias nocturnas con velitas, esteladas y demás que se montan en Catalunya a cuenta del sufrimiento del pueblo que ellos, y sólo ellos, representan. Sí, la cosa de “El procés” es, sobre todo, una historia de la nueva ultraderecha que nos invade y reta, en su mayor parte. Sería momento que alguien se cayese de ese guindo, a ser posible sin caer de la sartén al fuego del nacionalismo español, que es lo mismo, pero con ejército propio (y jueces).

La necesidad que se tiene de buscar un mesías y, tal vez, una redención para nuestros sufrimientos (reales e imaginados) nos lleva a caer en estos pensamientos absurdos y, si hay mucho tiempo, leer a clásicos antiguos y justificar nuestros posicionamientos en sus “enseñanzas” en vez de ver a nuestro alrededor.

A nuestro alrededor hay paro, hay desahucios, hay racismo y machismo. Pero también hay toda una sociedad de gente que se puede juntar y ayudarse mutuamente para superar sus problemas. Esto es, a nuestro alrededor también está la posibilidad de construir alternativas. Y no hace falta leer a Gramsci, ver una película de Kusturika o escucharte la discografía entera de Ismael Serrano (que hay que tener ganas, por cierto). Basta con empatizar y tener ganas.

El puto Gramsci nos ciega. Dejad en paz al puto Gramsci, que no nos va a arreglar la papeleta desde su tumba.

Y alejaros de toda esa gente que para articular su discurso recurren a Gramsci, Marx o cualquier otro autor. Nos sobran intelectuales de pacotilla y nos faltan manos y barrio.

Uno de Mayo de nuevo.

Mañana es, de nuevo, Primero de Mayo. No es algo extraordinario, ocurre todos los años sin falta. Llega un punto en el que ya no te ocurre más, pero en ese caso lo mejor es echar tierra al asunto. 

El uno de mayo se celebra, conmemora, la fiesta del trabajo, el día de los trabajadores. Es un día en el que se recuerda, cada vez menos, la revuelta de Haymarket (Chicago) y los mártires de Chicago, los cinco trabajadores anarquistas que el Estado, USA en este caso, asesinó como respuesta de los hechos acaecidos un 4 de mayo de 1886 en el punto citado (Haymarket Square, Chicago). 

La gente pedía, por cierto, la reducción de la jornada laboral, cosa que creo es necesario seguir pidiendo. 

Nuestras reivindicaciones deben pasar por aumentar nuestras horas de ocio y cuidados en detrimento de esa fiebre productiva que nos inculca esta sociedad de libertades infinitas (para el capital). Ni yoga, ni coaching, ni terracitas, ni hostias. Lo que nos hace falta es tiempo para nosotros. 

¿Para rascarnos la barriga en vez de producir? Para rascándose la barriga, que para eso la hemos hecho crecer (más) este año. 

Y mañana, si ves que tal, puedes juntarte con tu gente (poca, que seguimos en una situación sanitaria complicada y no es plan de joderle más la vida al personal sanitario de los sistemas en teoría públicos de salud) y cantar aquellas canciones que a algunos gustaría vaciar de contenido y para otros nos siguen recordando que no es que otro mundo sea posible, sino que es necesario y ya es hora de que salga de nuestros corazones. Ya sabéis, esas tonadas  de hijos del pueblo, a las barricadas o la internacional (la buena, no la que cantan con el  ceño fruncido la gente que sale en la tele). O el Maneras de Vivir.

El Atajo

Un atajo es un camino que, en teoría, te lleva de un punto A a un punto B de forma más rápida, segura y eficaz que el camino normal conocido. En teoría, claro. La practica nos dice que la mayor parte de las veces que cogemos un atajo acabaremos perdidos, en zonas menos que recomendables, puede que magullados y llegaremos tarde a nuestro destino. Por supuesto, no es intención ahora hablar de esas veces que descubres los rincones más recónditos y sórdidos de la ciudad involuntariamente. Los atajos que nos interesan son los atajos políticos y, entendámonos, aquellos que hablamos de emancipación de la gente, las libertades colectivas y la colectivización de la sociedad, hablamos constantemente de POLÍTICA, con mayúsculas. Lo que ves en el telediario o en tu tertulia favorita es cualquier cosa menos política, incluyendo la famosa fiesta a la que de vez en cuando nos convocan para que un ajeno solucione nuestros problemas.

¿Por qué nos sigue tentando, pues, el tomar atajos? Porque es fácil, nos ahorra curro y siempre habrá quien te asegure que por aquí se llega antes a tu objetivo. Incluso dentro de tus mismos parámetros ideológicos. Y oye, que al final, por muy antisistema que nos creamos, vivimos dentro de la sociedad y vemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Y duele. Y da miedo.

El atajo es tentador, para llegar pronto a la cita o para conseguir algún objetivo político, incluso legítimo. Pero rara vez se sale bien de ese camino.

Caperucita Rojinegra cogió en su día un atajo y casi no llega a casa de la abuelita. Caperucita rojinegra cogió su atajo para ganar una guerra contra el fascismo y, luego, hacer su Revolución Social. Como se sabe, ni ganó la guerra ni, por supuesto, sacó su Revolución Social adelante. Y quedó bastante escaldada de aquello y de los 40 años siguientes (Caperucita Rojinegra a día de hoy todavía arrastra secuelas psicológicas de todo aquello; algún día habrá que hablar de a ver que hacemos con nuestras Caperucitas Rojinegras, no se si me explico).

Los atajos, en la vida y la política, se toman por prisas, extrema necesidad o falta de convicciones en los postulados defendidos. Eso lo deberíamos tener aprendido de experiencias anteriores, pero supongo que hay lecciones que sólo se aprenden en carne propia.

Llevo mucho tiempo acordándome del discursito de Sebastien Faure (nota, este francés era un pedagogo libertario que montó una escuela libre que llamo La Ruche, la colmena) acerca de los medios y los fines, básicamente que si los principios están equivocados hay que cambiarlos y combatirlos igual que antes se defendía, pero si no lo están abandonarlos es un error o, peor, nos falta de convencimiento para defenderlos y seguirlos con la energía necesaria. La cita es totalmente apócrifa, quien quiera que busque las palabras exactas del colega, que algo aprenderá mientras tanto (cosa que nunca está de más, aprender).

Vivimos tiempos convulsos, donde parece que el mundo se nos hunde. El estado “democrático” apunta cada vez más a versiones autoritarias, de disciplinarnos y con menos espacio para expresarnos, especialmente para quienes pertenecen a colectivos señalables y, por tanto, marginables (básicamente, cualquiera que no sea hombre, blanco, heterosexual y económicamente solvente, irónicamente la mayor parte de la población, pero convenientemente compartimentada). Ahora más que nunca, cuando parece que “no hay nada que hacer”, o quieren que lo creamos, debemos defenderlos con más ahínco que nunca. Y no podemos, no debemos, separar los medios de los fines, porque nosotros, aquellos que afirman llevar “un mundo nuevo en nuestros corazones” (ojo, la cita esta está más que sobada) sabemos que, en realidad los medios definen los fines a alcanzar.

No hay atajos que tomar, el camino de la anarquía exige métodos anárquicos. Otra cosa nos desvía del objetivo.

El voto antifascista

Por cosas de la vida, en Madrid volvemos a vivir nuevas jornadas históricas en las que todo se decide alrededor de ese acto inane consistente en meter un papel en una urna de plástico con el nombre del partido que ejecutará esa colosal tarea: la de dirigir nuestras vidas y ordenar la parte del Estado que les toca para proporcionarnos esas cosas tan necesarias como la Sanidad, la Educación, la Cultura y demás elementos importantes. Y la policía. El Estado nos da también policía y ejército, aunque ni los necesitemos ni los hayamos pedido. Bueno, uno es raro y prefiere tener cerca un médico antes que un policía.

He de confesar que este circo a tres pistas, que llamamos “campaña electoral”, me divierte más que a un tonto un lápiz. Para espanto de amigos y conocidos, disfruto con regocijo de esa perversión casi diaria de tertulianos políticos defendiendo con pasión sus posicionamientos alrededor de las más diversas cuestiones. Me resulta deslumbrante cómo mienten desde la pantalla de plasma (echo de menos poder decir catódico, me gustaba la palabra) en función de los argumentarios del partido político que defienden o de las últimas, a veces delirantes, declaraciones del gran líder (o Gran Timonel, como les gusta a los maoistas) de turno.

Sí, probablemente el partido político, el que sea, es una de las peores cosas que le ha pasado a esta sociedad, si acaso crees que deberíamos caminar hacia un horizonte de libertad, justicia e igualdad (que no uniformidad, conviene no confundirlo). Pero en mi perversa mente escucho con regocijo los argumentos de unos y otros a favor de sus absurdos posicionamientos.

Bien, al lío. En este caso la lucha partidista (¿lucha? ¿Alguien se cree que esta gente está en alguna lucha que no sea buscarse un bonito retiro en Iberdrola? ¿Sí? Me alegra que seas feliz) gira en torno a la dicotomía comunismo/fascismo. Los de las derechas (más o menos extremas) se presentan con el lema “comunismo o libertad”, argumentando que un gobierno formado por socialdemócratas (básicamente, los entornos de IU, cuyo programa es netamente socialdemócrata) y tecnócratas (psoe) va a generar una dictadura bolivariana que blablablabla (agotan, ¡que gente más pesada!). Según ellos su gobierno preservará las libertades individuales (concretamente las de evadir impuestos de las grandes fortunas) frente al comunismo, que es naturalmente contrario a la “libertad”. Lo que es profundamente falso, que aquí todos somos muy fans del “comunismo libertario”. Precisamente por eso pasamos bastante de estas cosas.

Los otros nos piden el “voto antifascistas”. Según estos hay que confiar en que un gobierno de “izquierdas” es la única manera de parar el fascismo, que amenaza con ocupar las instituciones. Diríase que no tienen otra cosa que ofrecer a sus potenciales votantes. Su mejor baza es no ser fachas y por eso ponen el acento en esa cuestión, que hay fascistas más o menos específicos en el parlamento (la asamblea de Vallecas). Claro, nadie parece caer en la cuenta de que, vaya, lo mismo el fascismo (o la ultraderecha, porque no toda la ultraderecha es “fascista”, aunque usemos el término para aclararnos) sube como la espuma ante la falta de soluciones efectivas que ofrecen a su público, las llamadas izquierdas, cuando ocupan el sillón de mando. Ni eliminan los desahucios, ni acaban con la especulación o la gentrificación, ni aplican planes de urbanismo que no incluyan el desarrollo de gigantescos barrios de viviendas aisladas (esos lugares horribles que llamamos PAU’s, donde sólo te puedes mover en coche y desaparece el concepto de barrio), ni aplican legislación laboral a favor del trabajador, ni eliminan legislaciones liberticidas como aquella “Ley Mordaza”…claro, por lo menos no son fascistas. Que bien, que majos.

Y que además incurren en un error de concepto. No es cierto que ahora el fascismo amenace con entrar en las instituciones. El fascismo lleva insertado en las instituciones desde toda la vida, forma parte de ellas. El estado español es un estado con un componente “facha” bastante importante. No es cierto que se combata al fascismo desde el escaño parlamentario o el puesto en la administración pública. No lo han hecho nunca y no van a empezar ahora.

Al fascismo se le combate en el día a día. Desde la calle, en la asociación en la que estés, donde realmente se vertebran las sociedades. El voto antifascista es mentira. Porque al estado, al sistema el fascismo no le molesta. Lo utiliza como forma de control social. O nosotros o el caos, te dicen. Lo mismo necesitamos caos, y alternativas reales a un orden social que reprime y está en contra de la vida de la gente.

En definitiva, queremos la Anarquía. Aunque nos divierta mucho este circo.

negacionistas y otras yerbas

El negacionismo parece ser el nuevo mal que enfurece a los ciudadanos de bien, aquellas personas “cívicas” y “responsables” que solo miran por el bien común (eso sí mientras que no les suponga mucho esfuerzo o no les perjudique en exceso) y aquellas que no miran tanto pero que nunca se pierden una ejecución pública. Bajo el término se incluyen a personas con ideas de lo más dispar, algunas absurdas, otras muy creativas, y algunas que tal vez no sean ni tan creativas ni tan absurdas. Todas estas personas probablemente tengan solo una cosa en común, están en contra de la configuración social actual, compuesta por toques de queda que se llaman “restricciones de movilidad nocturna”, estados de excepción llamados “estados de alarma” y toda una batería de medidas coercitivas y restrictivas más propias de una guerra que de una emergencia sanitaria. 

Por una extraña casualidad el poner en duda la eficacia de restricciones (a cada cual más creativa), de criterios supuestamente “científicos”, o la duda sobre la seguridad de una vacuna concreta (con una aprobación condicional) caen en el mismo saco que las ideas terraplanistas, de la tierra hueca, de los antivacunas y de conspiraciones varias. Acto seguido los medios de comunicación machacan a todo incauto televidente con el término NEGACIONISTA y con imágenes de los más vergonzantes integrantes del saco, para que ni por asomo se nos ocurra tener ideas que puedan parecer “negacionistas”. Una forma no tan creativa de aniquilar cualquier posible discurso disidente al mayoritario, lo que no es el discurso oficial es propio de los personajes más cómicos y de baja estopa de la sociedad, a los cuales nadie se quiere parecer. 

Sin embargo la inmensa mayoría de esas “cívicas” y “responsables”, lapidadoras públicas comparten un aspecto fundamental con las versiones más cómicas de las integrantes del odiado “negacionismo”, un aspecto que las acerca tanto como las dos caras de la misma moneda. Ni las unas ni las otras apoyan sus ideas en información contrastada, en conocimientos propios, etc. Las certeza de ambos grupos en sus ideas se sustentan en terceros, se sustentan sobre el principio de autoridad. Sus ideas son “verdaderas” porque las han escuchado/leído de determinados medios, de los “expertos” que aparecen en esos medios, del gobierno, etc. El principio de autoridad como forma de crear certezas tiene semejanzas con los actos de fé de las religiones y para desgracia de ambos significa que en cualquier momento tanto unos como otros pueden cambiar a la otra cara de la moneda… 

Sin embargo el conocimiento, el verdadero, el que enriquece al individuo, requiere reflexión, experimentación, tiempo y una dosis importante de duda y suspicacia y esto para desgracia de la humanidad no lo aprendemos en las escuelas, lo que sí aprendemos es el principio de autoridad… 

El despertador

Suena el despertador. No hago caso. Suena el despertador. ¿Donde estará el puto móvil? Anoche lo deje en… ¡aquí suena! A ver no se me caiga, que estos trastos cuestan una pasta…vale, apago la alarma y me dispongo a volver a la cama, porque hoy es Sábado, ¿verdad? No, hoy es Viernes. ¿Seguro? ¿Hoy no es Sábado? ¡Que No! ¡Que es Viernes!. ¡Joder! Pues tendré que levantarme a trabajar.

La vida es una mierda, y encima trabajas. Por lo menos es viernes y hoy terminamos antes. Están los compañeros desatados estos días. Lo se porque por la mañana veo que se intercambian emails a las 8, 9 y hasta las 10 de la noche (22 horas).

¿Pero a esta gente que le pasa? Si ya es absurdo trabajar en horario normal no te digo nada lo que supone estar delante del ordenador a las 22 horas mientras tu pareja (o tus churumbeles) te grita desde la cocina que la cena ya esta lista y que te toca poner la mesa (capullo).

Que puede que un día tengas una urgencia y el mundo se pare si no realizas una “intervención”. Pero es que estas haciendo otras cosas y las haces todos los putos días. Y lo peor no es eso. Lo peor es que luego los jefes se creen que pueden pedirnos a las personas normales tener esa misma responsabilidad y compromiso corporativo. Y ahí ya estas jodiendo al resto.

Una cosa es que seas imbécil y te creas dueño de la empresa (que es tu puto problema, aquí tampoco vamos a solucionar tus problemas cognitivos) y otra muy distinta es que por tu irresponsabilidad y falta de conciencia me crees un conflicto con el jefe y que se crea que podemos estar disponibles para currar fuera del horario.

Al hacer horas extras no solo estás quitando curro a alguien, como se dice en ciertas campañas de sindicatos que se dicen anarquistas (otro día hablamos de por qué un sindicato nunca puede ser anarquista, da para libro). También estas dando mal ejemplo a tus compañeros y asentando situaciones que van en contra de los derechos de tus compañeros. O sea, que no solo estas siendo idiota. También estas siendo egoísta, insolidario y, además, capullo. ¡No se curra fuera de horario! Que la vida es corta para perderla trabajando.

el alcalde y la bandera

El ayuntamiento de Madrid ha decidido que este año habrá luces de Navidad.

Normalmente esto no sería noticia, ya que es algo que se hace todos los años y lo normal es que cada año sea más hortera que el anterior (da igual donde vivas y el color de tu ayuntamiento, son una horterada nivel hombreras con brillantina), pero dado que este año es muy probable que vivamos las fiestas de Saturnalia/Navidad/Solsticio/Oloquecoñosea en la más estricta intimidad y sin salir de casa parece un gasto, quizá, poco oportuno.

Al margen de la cantidad (que será alta, estas mierdas cuestan más que llevar el Ave a la Meca) también esta el detalle en una situación de emergencia económica con cada vez más gente al borde de la pobreza. Que ponerse a mirar lo de la situación de lo que ahora llamamos “población vulnerable” y antes eran simplemente “pobres” debe ser cansado.

Pero lo que la ha liado de verdad (al fin y al cabo Madrid no es la única ciudad que pone lucecitas) es que la luminaria festiva incluye una franja con la bandera (de España, se entiende) de lucecitas en todo lo que viene siendo el eje de Prado/Recoletos. Cuentan que entre la plaza de Neptuno y la de Colón (ese ser), habitual lugar de perfomances “no-fascistoides-y-nada-nacionalistas” en estos tiempos.

¿Hortera? Un montón. Como todos los años, claro. ¿Patético? Bueno, cada uno con sus fetiches y hay quien se emociona ante la visión de de un trapo de ciertos colores, una cruz con un tipo colgado dentro y esas cosas. También los hay que pondrían una decoración a base de calaveras, tachuelas y demás parafernalia de cuero y cadenas, pero no suelen llegar a la alcaldía. Lo que es una pena, la verdad.

Resulta enternecedor ver como gentes que han llegado calles, plazas y cabezas de banderitas, lacitos y demás simbología nacional ahora salgan a criticar la medida del ínclito alcalde de Madrid, como si no supieran lo que es jugar a las banderitas y al control de masas (con diversa suerte).

Y los que ahora hablan de “la bandera de todos los españoles” y de lo legítimo de exhibirla en el espacio público (aunque sea una exhibición tan poco navideña) ayer se quejaban de tener las calles inundadas de banderitas, lacitos y demostraciones de patriotismo. De otro distinto al propio, claro.

Los políticos y sus cosas. Me envuelvo en mi bandera, lloro por mi sufrimiento y te señalo la tuya y lo tuyo.

Los nacionalismos son así. No se reconocen como tales, tienden al fascismo tanto como al ridículo y, si se les deja, crean un clima irrespirable para los que nos importa una mierda el color de tu puta bandera (o para los que les importa pero resulta que no es esa), que además la sacas para tapar tus miserias y para separar y enfrentar a unas gentes contra otras, aunque me insistas en que eso no es verdad y que tu bandera nos representa a todos nosotros. Pues vale.

Hay que estar atentos a estas cosas y al peligro intrínseco que tienen estas cosas porque algunos seremos siempre de “los otros”, los que no somos “pueblo”, los que seremos herejes de cualquier fe.

Es indiferente cual es la banderita que te emociona (la española, ya sea monárquica o republicana, la catalana, la Ikurriña, la Francesa, la Union Jack o la de Mongolia) por mi te la puedes meter por donde no te quepa.

Y sí, gastarte la pasta en exhibir los valores patrios es de ayuntamiento fachorro. Pero que los primeros que lo señalen sean unos tipos que previamente han hecho lo mismo con otra también es bastante sonrojante.

democracias y consensos

Democracia divino tesoro
Es la palabra comodín, el santo y seña

(Habeas Corpus. “Democracia divino tesoro”)

Democracia. Constitución. Consenso. Ciudadanía. Con cuatro palabras (o derivadas) hoy día se construye un discurso político. Lo siento, el nivel está así de lamentable. Da igual de lo que se este hablando, de lo burro (xenófobo, racista, autoritario) que sea el fondo (o el todo) del mensaje a transmitir. Si en medio se cuenta que se hace en nombre de “la democracia”, atendiendo al “Consenso Constitucional” y por el bien de “la Ciudadanía y nuestros valores Democráticos”…pues, oye, cuela y nos la comemos con patatas y en pepitoria.

En los baños más sórdidos del congreso está escrito: la ciudadanía traga.

Se me olvidaba, a todo esto, que a veces se cambia “constitución” por la expresión tipoRégimen de Libertades” (viene a ser lo mismo, pero es una expresión que me encanta, por lo absurdo e irónico que tiene, especialmente en boca de un político). Lo del “Régimen de Libertades” se comenta, sobre todo, cuando, de alguna torticera manera, van a restringirse las, pues eso, las libertades.

O sea, que estas palabrejas, en realidad, están vacías de contenido (o al menos de su contenido original, en estos tiempos el significado de las palabras muta de discurso en discurso y de momento a momento) y su inclusión en nuestro vocabulario suponen un mero adorno gramatical para disimular lo que se está diciendo. O lo que se está queriendo no decir, no se si se me entiende.

Se procura cambiar la percepción que se tiene de otras palabrejas si acaso se necesita que tengan que ser aceptada acríticamente (pista: todo lo debes aceptar acríticamente. Sí, aquello otro también. Es lo justo, lo democrático, lo Constitucional).

Por ilustrarnos, vemos en un telediario dedicar un corte entero para explicar que “toque de queda” es una expresión que suena “demasiado dura” porque solo se había aplicado (hasta ahora) en casos de guerra (aquí me imagino a un payaso chocando los platillos). Y es que resulta que el toque de queda es una medida que se aplica, sobre todo, en caso de guerra y por eso nos parece una medida muy “militar”. Así que hay quien al toque de queda lo está llamando “restricción nocturna de movilidad”, que suena como mucho más cuqui que eso del “toque de queda”, que suena a esos sitios donde los Ford Falcon negros se pasean por las calles en la noche.

Son geniales. Orwell estaría orgulloso. Cualquier día retiran los fusilamientos del 3 de mayo del Museo del Prado porque dan “una imagen distorsionada” de lo que viene siendo un “fusilamiento Democrático dentro de nuestro Consenso Constitucional en el Régimen de Libertades que nos ha sido dado“. Claro, que Orwell creía que lo que escribía era ficción y no un tratado para tiranos.

Son tiempos orwellianos, de “doblepensar”, de neolenguaje, de posverdad (o como se diga). De retorcer el lenguaje para decir lo que no se dice. Y nos toca aprender a distinguir entre lo que nos dicen y lo que realmente nos están diciendo. Buena suerte y ojo a quien te hable de “democracia”, seguro te está engañando.