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El sindicato que no esta ni se le espera

El modelo sindical español se basa en la experiencia (y el éxito) de las comisiones obreras durante el tardofranquismo y en aquella cosa de la transición (pendiente todavía de un estudio crítico, estamos sentados esperando). A saber: el sindicalismo es una cuestión de la empresa que se trata a través de la negociación colectiva y el abogado laboralista de turno. Y la participación en el sindicato vertical/comités de empresa (son la misma cosa, pero ahora con un matiz “democrático” en formas de elecciones democráticas…me recuerda algo), lo que en su momento se dio en llamar “entrismo” y que tanto gusta en ciertos ambientes supuestamente revolucionarios.

Mientras, la cosa social se articularía a través de las asociaciones de vecinos, que surgieron precisamente ante la falta de organizaciones propias en los nuevos barrios obreros del extrarradio (al estar prohibidos, los sindicatos no tenían posibilidad de instalarse en esos lugares). El modelo tuvo su aquel, consiguiendo las citadas asociaciones unas cuantas victorias para los barrios en los que actuaban, como bien se recuerda todavía en las periferias madrileñas (ojo, tenemos un sesgo de lugar, ya que habitamos esa megalópolis y lo mismo otras realidades piden otros análisis). Al menos hasta que durante “el periodo sagrado” de la transición se liquidó el carácter reivindicativo de las mismas, se las subvencionó, anuló, se dio cargo a los popes de las mismas y, vaya, que lo de siempre.

Y así seguimos. Lo curioso es que incluso los sindicatos que se reclaman herederos de la tradición “anarcosindicalista”, y que fueron laminados y divididos precisamente para meter este modelo, han acabado aceptando estos modelos que priorizan lo sindical (unos dentro y otros fuera del comité de empresa, todos alrededor del mismo, por supuesto) sobre la social. De hecho, se consideran enfrentadas dentro de los mismos. Y eso los mata, nunca conseguirán salir de la estela del sindicato institucional si la aspiración de fondo es llegar a serlo.

Los sindicatos han renunciado a organizar y organizarse en los barrios, centrándose en las secciones sindicales y lo que llaman sindicatos de ramo (metal, oficinas, construcción…) dejando la organización de la cosa social en otras manos (y lo más curioso, con gente del propio sindicato participando de esos espacios). O sea, se considera muy importante tener una sección sindical en una empresa, aunque sea de forma precaria (2 o 3 locos que hacen lo que pueden en ese ambiente hostil que es el centro de trabajo, hasta que los despiden o se queman) y no se ve la necesidad de buscar la organización en el barrio, que, por lo que se infiere, debe estar en manos de otra gente…modelo comisiones, pero les criticamos mucho.

Y, claro, hay consecuencias.

La primera que la gente no va al sindicato si no le despiden o algo así (ya sabéis, obrero despedido, acuerdo en el smac), porque te pilla en San dios (sesgo de ciudad, etc.) y, encima, no tienes nada que hacer allí salvo entrar en sus dinámicas destructivas (lo siento, pero es lo que hay) o, en los mejores casos, ayudar en los conflictos (que suelen ser unos cuantos) que mantienen en marcha.

Al dejar la iniciativa de lo social en otras manos las cosas que se derivan de esto van a tener el tamiz político que definan estas gentes (o sea, olvídate de hablar con tu voz, si vas a alguna historia te van a tener preparado hasta el manifiesto). Se dan casos extremos en los que directamente se renuncia a presentarse como organización de carácter social y político para no “molestar” a los aliados coyunturales. Somos anarquistas en la intimidad.

Y, encima, al no estar donde esta la gente, te aburres y te dedicas a tus cosas (a pelearse por los locales y las siglas…o un concepto de memoria histórica centrado en 3 años concretos). Las situaciones de exclusión y precariedad pasan por debajo del radar. Ni te enteras de cuantas horas pringa el camarero que te pone la birra (camarero que si se presenta en tu puerta es porque le han despedido, tenlo claro) ni si le hacen contrato a un trabajador extranjero, ni eres la primera opción para que la gente se organice, que era lo que te gustaría.

Porque no estás donde tienes que estar, ni a lo que tienes que estar. No estás con la gente. O sea, ya no eres sindicato. Eres una agencia de abogados reivindicativa.

El sindicato debe estar en el barrio y currar para el barrio.

La pirámide de Malinche

Malinche era una de las esclavas que entregaron a los castellanos como botín de guerra tras una de las primeras batallas, la de Centla, de Cortés (Hernán) en la conquista de lo que hoy es México. Tener a alguien que supiese hablar nahualt y maya fue muy importante a la hora de relacionarse con las distintas ciudades y pueblos de la zona, aparte de que, según se cuenta, se convirtió en consejera del conquistador en sus labores diplomáticas (imprescindibles para derrotar a los mexicas).

El papel de Malinche es bastante controvertido hoy día, considerada traidora para unos (supongo que los nacionalistas de la zona), seguramente no le quedaba otra que obedecer a los nuevos amos (en su caso, literalmente) y colaborar. Entre la población nativa había dudas respecto a que había que hacer con esos “blanquitos” violentos y malolientes que arribaron a sus tierras.

Por un lado podrían servir para quitarse de en medio el yugo del imperio dominante, por otro podrían estar quitando a un amo para acabar poniendo a otro aun más violento y despótico, como así ocurrió. Eran conscientes, todos (tanto los partidarios de la resistencia como los que planteaban que había que atemperar), de que muy difícilmente podrían enfrentarse a las armas y tecnología que traían estas gentes. Su acero y su pólvora acabarían con todo a poco que mandasen un contingente numeroso. Así que al final optaron por aprovechar que eran pocos, de momento, ayudarles y confiar en que, estando contentos, fuesen benevolentes y devolviesen los favores.

No podían saberlo. No podían entender que la codicia de esas gentes no conocía límites. No podían ser conscientes de la crueldad y el fanatismo de esos cristianos. Y cuando lo vieron, ya era tarde. En apenas 100 años el 90% de la población nativa sería exterminado. Saqueos, violaciones, maltrato, torturas, desplazamientos forzosos, trabajo esclavo y, como colofón, enfermedades importadas (y no tratadas) esquilmaron a aquellas gentes, como ya había ocurrido antes en las islas del caribe. El exterminio llegó a tal punto que en esa época empezó el tráfico masivo de esclavos desde África (tráfico que es origen de algunas de las más importantes fortunas peninsulares y que no acabaría hasta el último cuarto del Siglo XIX).e

Una historia de dolor, crueldad y vergüenza. Como se erige todo imperio, por otra parte.

Que alguien decida que es buena idea llamar a un teatro de Madrid con el nombre de Malinche y darle forma de pirámide azteca romantizando así la época de saqueo, esclavitud y exterminio, a costa del mito de la relación romántica entre Hernán Cortes y la Malinche (mito este más falso que un billete de 15 euros) no se si es incultura, cierto recochineo o fascismo glorificador de la conquista. Muy probablemente todo a la vez. Y eso sin entrar en el sainete d como se gestó este esperpento, que da para guion de Azcona. Berlanga debe estar descojonandose en su tumba. Y Buñuel, que en México hizo parte de su mejor cine.

capitalismo verde

Estas últimas semanas habréis notado ese suave calorcito que se cuela por las ventanas. Unas vacaciones en el infierno. Un infierno que la humanidad se ha ido preparando a conciencia, se diría que intencionadamente, si bien la estupidez es también un factor determinante en el devenir de la civilización humana. Lo llamamos Cambio Climático, pero consiste en la destrucción de nuestro entorno ecológico.

Los últimos 3 siglos, los del capitalismo, han sido determinantes en el proceso. No es que antes no hubiese desastres ecológicos por la acción humana, el mono sin pelo tiene de siempre tendencias destructivas con su entorno (hay por ahí ciudades que se sabe fueron abandonadas por la destrucción de su entorno natural). Pero es que ahora el puñetero mono aplica esas tendencias destructivas sobre el total del globo terráqueo (nuestra única casa) y a una velocidad que hasta él mismo se está asustando. Empezamos a notar los efectos en forma de temperatura extremas, incendios, inundaciones…y no va a parar, al menos no de manera inmediata.

Desde las autoridades de medio mundo (el otro medio andan liados con otras actividades humanas, como guerras, saqueos y demás) nos proponen un “capitalismo verde”, coche eléctrico, paneles solares…y a seguir con lo mismo, mientras financiamos viajes a Marte o escapadas a la estratosfera para multimillonarios (en serio, no hace falta que vuelvan).

No funcionará, nuestro modelo económico/social es, fundamentalmente, depredador, destructivo y violento. Lo lleva en su ADN. Nunca va a parar la máquina destructiva; en este modelo estamos todos, todas, condenados. “Capitalismo Verde” suena a “genocidio humanitario”, que cualquier día te lo proponen para explicar algunos acontecimientos presentes o pasados (un momento, ya hay historiadores, o lo que sea, que hablan de Hernán Cortés como el “libertador de México”, en fin…).

Hace falta un imposible cambio social hacia modelos más humanitarios, cercanos y equitativos que pusiera la vida por encima del beneficio. Con lo que tenemos ahora nos espera un mundo inundado, caliente y sin árboles bajo los que cobijarnos. Hormigón, acero y mierda. Un futuro esplendoroso.

El líder tóxico

Nos encanta la sátira, de entre los géneros de comedia es de los que más nos divierte y da vidilla. A través de la sátira se dicen aquellas cosas que en un contexto más serio da reparo señalar, por si alguien se ofende. El bufón era el único que le decía a sus señor la verdad sobre su persona o gestión, aunque a veces pagaba caro su atrevimiento (si te pasabas de graciosillo podías perder, literalmente, la cabeza).

Dentro de este género, La vida de Brian es una película gloriosa que, si alguien no la ha visto, debería (aunque quizá quiera cortarle la cabeza a alguien si atiende bien). Las azarosas desventuras de Brian, al que llaman Brian, han provocado más risas y placer malévolo que cualquier otra cosa que podáis imaginaros (excepto, quizá, un debate sobre el estado de la nación).

Y, también, nos dan uno o dos apuntes sobre las organizaciones políticas, las religiones, la psicología de masas y las dinámicas internas de todo eso.

Los Python, estoy convencido, en algún momento tuvieron que tener contaco con alguna de esas organizaciones (pretendidamente) revolucionarias que pululaban en la Europa de los 60, tipo Frente Popular de Judea (o cenetés varias y sus distintas variantes de siglas, por nombrar algo que conozcamos por aquí). A través del pobre Brian nos avisan de lo abusrdo de determinados grupúsculos, su sectarismo, sus dinámicas destructivas y su ridícula arrogancia y orgullo (y no de clase, precisamente).

De lo que también nos habla, y pasa muy desapercibido, es de la figura tóxica del líder de la causa, la persona que ejerce como líder de la causa, ya sea formalmente (o sea, con cargo) o informalmente (sin cargo, pero con fuerza “moral”). Reg, genialmente interpretado por John Cleese, es un individuo egocéntrico, autoritario, ruin y cobarde que dirige con mano de hierro en guante de esparto el Frente Popular de Judea, frente a la dominación romana (excepto los fabricantes de vino, carreteras…).

Hablamos de “brianismo” cuando una organización (o varias) entra en determinadas dinámicas. Pero lo cierto es que Brian es sólo un medio judío desgraciado al que acaban crucificando porque, vaya, la vida es absurda y a ti te ha tocado la china (en este caso en forma de madero cruzado a la espalda). Realmente es Reg el que mete a su grupo en misiones abusrdas y sin sentido (como el secuestro de la mujer de Pilatos, del que por cierto se escaquea). Es la gente como Reg quien expulsa del grupo a cualquier disidencia (y, ojo, toda mente pensante es “disidente!” en algún momento a ojos del líder) generando con ello más mini-versiones del Frente Popular de Judea (FPJ, sector oficial) que compiten entre ellos más que contra el Imperio Romano (odiamos más al Frente Judaico Popular más que al Imperio Romano), con líderes igualmente estúpidos e ideas muy parecidas en su absurdez. Y es Reg quien decide no rescatar a Brian cuando es apresado y crucificado por, precisamente, hacer caso a un líder tan loco como egocéntrico que considera su martirio positivo para la causa.

La vida de Brian nos deja un mensaje bastante claro y explícito sobre líderes y liderazgos. Esencialmente tóxicos y peligrosos, tanto para el grupo como para la causa que defiende el grupo (el que sea). Y es que el líder al final defiende intereses propios y distintos a los que son los intereses del grupo y la causa que dice defender el grupo. Ojo con esto último, los intereses de la organización no son siempre los mismos que los intereses de la causa, pero eso lo dejamos para otro día.

Mucho cuidado con seguir a mesías o libertadores. Esa gente siempre acaba mal, o crucificados o en un consejo de administración. Y por el camino os dejarán en la ruina. Pero la película será buena.

https://youtu.be/_tuA8kqYDIk

salario emocional

Los de partamentos de RRII (Recursos Inhumanos) dedican parte de su tiempo en decidir y analizar quién se queda y quien se va dentro de la empresa que les paga. RRII es una salida laboral muy recurrente para un psicólogo o experto en marketing, en este sentido.

El primero analiza la salud mental del currito medio, así como su idoneidad como esclavo por horas y lo que llamamos “clima laboral”, esa cosa de la convivencia (hay quienes opinamos que también se dedican a modular y diseñar las técnicas de mobbing dentro de la organización empresarial, pero puede que seamos unos paranoicos, le preguntaré al jefe).

El de marketing básicamente se dedica a vendernos la compañía. Son los que mandan esos correos corporativos de como molamos y que bien nos llevamos o qué importante son los objetivos y mentalidades de la empresa. Es su curro, es posible que en su vida civil no sean así de gilipollas (lo dudamos).

Dentro de los teóricos de ese ámbito (RRII) lleva tiempo triunfando un concepto, tal vez relacionado con lo dicho hasta aquí, que llaman “salario emocional”. El concepto que se maneja es que uno permanece en su curro por motivos no-económicos, sino más bien emocionales.

O sea, que curras aquí porque te sientes a gusto e integrado. Incluso por encima de cuestiones monetarias. O sea, que estás aquí porque se te da cariño. Vamos, que como no te quieren pagar lo que te corresponde pretenden pagarte con abracitos y algún vídeo motivacional.

Y, claro, con la gilipollez, luego algunos se quejan de que no pueden contratar gentes para realizar las tareas que les generen las plusvalías deseadas.

Como dice aquel Anciano Revolucionario: pagarles más. Y yo añado: coño.

A ver si nos dejamos de gilipolleces, chorradas y monerías. Se curra por dinero, los abracitos ya me los doy con la gente que quiero y me quiere, ni necesito ni quiero que mi empresa me dé cariño y amor. Estoy en este puto curro para pagarme la jodida hipoteca, la luz y demás cosas que me permiten tener una vida aceptable/decente (dentro de lo aceptable/decente que puede ser la vida basada en el trabajo asalariado). La relación laboral consiste en un intercambio de tiempo por dinero, sin más.

Y si eres currito y te has creído las mierdas estás ten en cuenta que cuando dejes de ser rentable (o sea, considere que alguien le va a dar más plusvalías que tú, tu jefe te va a mandar a darte cariño con el funcionario del SEPE. Con todo el cariño, eso sí.

Salario emocional, valiente chorrada.

la mascarilla

El centro comercial está atestado de gente. Gente que, como es de bien en tiempos de Pandemia, lleva puesta su mascarilla tapando boca y nariz, evitando así que las partículas de saliva y demás transporten enfermedad y muerte de unas personas a otras. Es una mierda y ya estoy un poco harto, como supongo muchos de los que aquí estamos. Pero es lo que hay. En el barrio “es lo que hay” es una de las muletillas más usada.

Lo de la distancia de seguridad aquí se aplica poco, la gente llena los recintos de restauración y se empujan, “sin querer”, unos a otros en las tiendas de moda (siempre la misma, claro, que una Pandemia no te quite la oportunidad de uniformarte según los cánones de la gran compañía de confección de turno). La nueva normalidad era esto, el volver a consumir desesperados para ver si en el acto de esta compra captamos esas endorfinas que la vida y la tele ya no nos da.

No se si quieto vivir así, de hecho no quiero. Cada día este mundo se me hace más inhóspito e inhumano. Menos salvaje, en el buen sentido de la palabra. Menos libre. Demasiado control, demasiada civilización, demasiado civismo, demasiadas normas. Muy poca alegría real, de esa que añoramos de nuestra infancia sentida (que no siempre es la vivida ya que la memoria, ya sabes, es selectiva).

Me cuido muy mucho de comentar que mi pareja estas reflexiones. Me apetece poco hablar ahora de esta sensación extraña y, además, no quiero que se preocupe. Que se pille pronto su falda y su blusa, no quiero estar mucho tiempo aquí. A lo mejor luego, cuando nos tomemos una cerveza y le gaste una broma típica acerca de si esa minifalda me sienta mejor a mi o a ella (a veces soy muy tonto). Me gusta hacerla reír, aunque no se si lo hace conmigo o de mi.

Por megafonía suenan las típicas canciones que incitan a la compra compulsiva, dependiendo del momento con más ritmo o más relajantes, siguiendo esas incomprensibles reglas del marketing. Me llama la atención, no obstante, que hay un extraño silencio en el centro comercial. Nadie parece estar hablando hoy, ni para comentar el tiro de la blusa o por donde carga paquete el pantalón. La gente está comprando, saca su visá y la pasan por los datáfonos, cambiando prendas, regalos y demás de propietario, de la tienda al consumidor. Sólo somos consumidores. Y cada compra la vida se nos escapa un poco.

La lluvia de fuera retumba sobre la cubierta del centro comercial, a veces tapando la música motivadora, que tiende por momentos a estridente. Me siento enfermo, mareado. Quiero quitarme la mascarilla y respirar aire puro, aunque en el sitio donde estoy el aire está viciado y debería ir muy lejos para encontrar el ansiado aire puro. Pero no puedo. Las autoridades no lo permiten, hay unas normas.

Además, cuando lo intento no soy capaz de encontrarla, para mi espanto tampoco soy capaz de encontrar mi boca y ni mi nariz. Intento gritar, pero no tengo por donde dejar escapar el aire. Entonces me doy cuenta, la razón de este silencio de las gentes que se apiñan en este centro comercial. Miro a mi alrededor y no creo lo que veo.

En el centro comercial cientos de personas caemos de rodillas al suelo palpando unas caras donde ya no hay nariz, ni oídos y ni boca. Nos miramos con los ojos. Muy abiertos, aterrorizados.

Al final solo nos dejaron la Visa y el miedo. Este miedo

el cansino Gramsci

¿Conocéis a Gramsci? Yo no, y la verdad es que me importa una mierda el puto Gramsci, su vida y su obra. Lo siento por si me pierdo algo (que seguro que sí, esa te la concedo), pero me interesa muy poco ese individuo cuyas enseñanzas tanto emocionan a ciertos popes y repartidores del saber obrero. Estoy harto de que para reafirmar nuestros argumentos haya que citar a Gramsci, o a Chomsky, o a Marx. O a Bakunin, Kropotkin y demás. Joder, si es que encima los citamos mal, como decía el otro Marx (Groucho, que no me importa citarlo porque ya sabe que lo haré mal).

El uso indiscriminado del “argumento de autoridad” es propio de gentes que piensan poco y necesitan que otros les afinen el argumentario. Lo que en el barrio, y en el pueblo, siempre hemos dicho “unos petardos”. Unos petardos que además quieren no ser rebatidos, porque “como dijo Gramsci…etc.”.

Con estos mimbres hay quien quiere plantarse en Pan Bendito a explicarle a la gente la precariedad, la sociedad capitalista, la lucha obrera (controlada) y, ya de paso, el mayo del 68, el romancero cansautor completo de los 70 y la filmografía completa de Kusturika, Ken Loach, Costa Gravas o Fernando León, que oye, las hay que molan mucho (en otras hasta te compadeces del jurado del festival de Venecia que se vio aquella cosa), pero no es para dar la turra todo el día con ese aire de superioridad intelectual. Que es lo peor de todo.

Leer sabemos todos, y si no nos leemos los tostones que a ti te han “iluminado” y “formado” es porque no nos da la gana. Porque algunos preferimos disfrutar de la vida antes que hacernos los chulitos, y menos ante gentes que te puede explicar en primera persona lo que es un curro de mierda y no poder pagar la casa.

En el fondo, tienen razón quienes dicen que a nuestro alrededor hay mucho pijo dando lecciones. Y liderando organizaciones. Y presentándose al parlamento de turno….porque las cosas se cambian desde dentro. Lo mismo lo dijo Gramsci.

La llamada izquierda (la real, la imaginada, la parlamentaria) está plagada de aspirantes a líderes salidos de la Moraleja que vienen a contarte teoría económica y luchas obreras no vividas. Gentes que desde sus acomodadas vidas y sus completos estudios universitarios (máster en universidad prestigiosa incluido) te explican lo que te pasa en tu día a día.

Y, claro, se nota la impostura.

Para saber que vives en un mundo asqueroso en los que el poderoso se dedica a machacar todo lo que puede a los que estamos abajo (si bien, es verdad que unos más abajo que otros) no necesitas que venga un niño pijo bien alimentado con ganas de tener escaño (o como mínimo una columna en El País y una tertulia en La Sexta). Sólo hay que mirar un poco y, quizá, apagar la tele, no sea que se te seque la neurona (y la necesitas). Vamos, que todos sabemos dónde nos aprieta el zapato.

La (ultra) derecha se lo monta mejor, en este sentido. Son también unos pijos de la moraleja, pero más listos, o quizá con mejores intuiciones. En vez de aburrirte con teorías de tipos como Gramsci y echarte la peta porque no has seguido fielmente sus enseñanzas (y sus tocho-coñazos donde te lo explican), te señalan al enemigo al que odiar (básicamente tu vecino pobre de otro país que vive igual que tú, pero es de otro país). Por supuesto con ellos vas a seguir jodido, y encima enfrentado a tus vecinos de otras latitudes, razas o preferencias sexuales, pero tendrás diversión simbología y, ojo, la sensación de formar parte de una comunidad. Con su simbología, su bandera (grande, en este sentido a las banderas les pasa como a los coches de grandes cilindradas, indican un cierto complejo sexual de su dueño sublimado con un enorme símbolo fálico exhibir) y sus liturgias.

No hay más que ver las liturgias nocturnas con velitas, esteladas y demás que se montan en Catalunya a cuenta del sufrimiento del pueblo que ellos, y sólo ellos, representan. Sí, la cosa de “El procés” es, sobre todo, una historia de la nueva ultraderecha que nos invade y reta, en su mayor parte. Sería momento que alguien se cayese de ese guindo, a ser posible sin caer de la sartén al fuego del nacionalismo español, que es lo mismo, pero con ejército propio (y jueces).

La necesidad que se tiene de buscar un mesías y, tal vez, una redención para nuestros sufrimientos (reales e imaginados) nos lleva a caer en estos pensamientos absurdos y, si hay mucho tiempo, leer a clásicos antiguos y justificar nuestros posicionamientos en sus “enseñanzas” en vez de ver a nuestro alrededor.

A nuestro alrededor hay paro, hay desahucios, hay racismo y machismo. Pero también hay toda una sociedad de gente que se puede juntar y ayudarse mutuamente para superar sus problemas. Esto es, a nuestro alrededor también está la posibilidad de construir alternativas. Y no hace falta leer a Gramsci, ver una película de Kusturika o escucharte la discografía entera de Ismael Serrano (que hay que tener ganas, por cierto). Basta con empatizar y tener ganas.

El puto Gramsci nos ciega. Dejad en paz al puto Gramsci, que no nos va a arreglar la papeleta desde su tumba.

Y alejaros de toda esa gente que para articular su discurso recurren a Gramsci, Marx o cualquier otro autor. Nos sobran intelectuales de pacotilla y nos faltan manos y barrio.

Uno de Mayo de nuevo.

Mañana es, de nuevo, Primero de Mayo. No es algo extraordinario, ocurre todos los años sin falta. Llega un punto en el que ya no te ocurre más, pero en ese caso lo mejor es echar tierra al asunto. 

El uno de mayo se celebra, conmemora, la fiesta del trabajo, el día de los trabajadores. Es un día en el que se recuerda, cada vez menos, la revuelta de Haymarket (Chicago) y los mártires de Chicago, los cinco trabajadores anarquistas que el Estado, USA en este caso, asesinó como respuesta de los hechos acaecidos un 4 de mayo de 1886 en el punto citado (Haymarket Square, Chicago). 

La gente pedía, por cierto, la reducción de la jornada laboral, cosa que creo es necesario seguir pidiendo. 

Nuestras reivindicaciones deben pasar por aumentar nuestras horas de ocio y cuidados en detrimento de esa fiebre productiva que nos inculca esta sociedad de libertades infinitas (para el capital). Ni yoga, ni coaching, ni terracitas, ni hostias. Lo que nos hace falta es tiempo para nosotros. 

¿Para rascarnos la barriga en vez de producir? Para rascándose la barriga, que para eso la hemos hecho crecer (más) este año. 

Y mañana, si ves que tal, puedes juntarte con tu gente (poca, que seguimos en una situación sanitaria complicada y no es plan de joderle más la vida al personal sanitario de los sistemas en teoría públicos de salud) y cantar aquellas canciones que a algunos gustaría vaciar de contenido y para otros nos siguen recordando que no es que otro mundo sea posible, sino que es necesario y ya es hora de que salga de nuestros corazones. Ya sabéis, esas tonadas  de hijos del pueblo, a las barricadas o la internacional (la buena, no la que cantan con el  ceño fruncido la gente que sale en la tele). O el Maneras de Vivir.

El Atajo

Un atajo es un camino que, en teoría, te lleva de un punto A a un punto B de forma más rápida, segura y eficaz que el camino normal conocido. En teoría, claro. La practica nos dice que la mayor parte de las veces que cogemos un atajo acabaremos perdidos, en zonas menos que recomendables, puede que magullados y llegaremos tarde a nuestro destino. Por supuesto, no es intención ahora hablar de esas veces que descubres los rincones más recónditos y sórdidos de la ciudad involuntariamente. Los atajos que nos interesan son los atajos políticos y, entendámonos, aquellos que hablamos de emancipación de la gente, las libertades colectivas y la colectivización de la sociedad, hablamos constantemente de POLÍTICA, con mayúsculas. Lo que ves en el telediario o en tu tertulia favorita es cualquier cosa menos política, incluyendo la famosa fiesta a la que de vez en cuando nos convocan para que un ajeno solucione nuestros problemas.

¿Por qué nos sigue tentando, pues, el tomar atajos? Porque es fácil, nos ahorra curro y siempre habrá quien te asegure que por aquí se llega antes a tu objetivo. Incluso dentro de tus mismos parámetros ideológicos. Y oye, que al final, por muy antisistema que nos creamos, vivimos dentro de la sociedad y vemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Y duele. Y da miedo.

El atajo es tentador, para llegar pronto a la cita o para conseguir algún objetivo político, incluso legítimo. Pero rara vez se sale bien de ese camino.

Caperucita Rojinegra cogió en su día un atajo y casi no llega a casa de la abuelita. Caperucita rojinegra cogió su atajo para ganar una guerra contra el fascismo y, luego, hacer su Revolución Social. Como se sabe, ni ganó la guerra ni, por supuesto, sacó su Revolución Social adelante. Y quedó bastante escaldada de aquello y de los 40 años siguientes (Caperucita Rojinegra a día de hoy todavía arrastra secuelas psicológicas de todo aquello; algún día habrá que hablar de a ver que hacemos con nuestras Caperucitas Rojinegras, no se si me explico).

Los atajos, en la vida y la política, se toman por prisas, extrema necesidad o falta de convicciones en los postulados defendidos. Eso lo deberíamos tener aprendido de experiencias anteriores, pero supongo que hay lecciones que sólo se aprenden en carne propia.

Llevo mucho tiempo acordándome del discursito de Sebastien Faure (nota, este francés era un pedagogo libertario que montó una escuela libre que llamo La Ruche, la colmena) acerca de los medios y los fines, básicamente que si los principios están equivocados hay que cambiarlos y combatirlos igual que antes se defendía, pero si no lo están abandonarlos es un error o, peor, nos falta de convencimiento para defenderlos y seguirlos con la energía necesaria. La cita es totalmente apócrifa, quien quiera que busque las palabras exactas del colega, que algo aprenderá mientras tanto (cosa que nunca está de más, aprender).

Vivimos tiempos convulsos, donde parece que el mundo se nos hunde. El estado “democrático” apunta cada vez más a versiones autoritarias, de disciplinarnos y con menos espacio para expresarnos, especialmente para quienes pertenecen a colectivos señalables y, por tanto, marginables (básicamente, cualquiera que no sea hombre, blanco, heterosexual y económicamente solvente, irónicamente la mayor parte de la población, pero convenientemente compartimentada). Ahora más que nunca, cuando parece que “no hay nada que hacer”, o quieren que lo creamos, debemos defenderlos con más ahínco que nunca. Y no podemos, no debemos, separar los medios de los fines, porque nosotros, aquellos que afirman llevar “un mundo nuevo en nuestros corazones” (ojo, la cita esta está más que sobada) sabemos que, en realidad los medios definen los fines a alcanzar.

No hay atajos que tomar, el camino de la anarquía exige métodos anárquicos. Otra cosa nos desvía del objetivo.

El voto antifascista

Por cosas de la vida, en Madrid volvemos a vivir nuevas jornadas históricas en las que todo se decide alrededor de ese acto inane consistente en meter un papel en una urna de plástico con el nombre del partido que ejecutará esa colosal tarea: la de dirigir nuestras vidas y ordenar la parte del Estado que les toca para proporcionarnos esas cosas tan necesarias como la Sanidad, la Educación, la Cultura y demás elementos importantes. Y la policía. El Estado nos da también policía y ejército, aunque ni los necesitemos ni los hayamos pedido. Bueno, uno es raro y prefiere tener cerca un médico antes que un policía.

He de confesar que este circo a tres pistas, que llamamos “campaña electoral”, me divierte más que a un tonto un lápiz. Para espanto de amigos y conocidos, disfruto con regocijo de esa perversión casi diaria de tertulianos políticos defendiendo con pasión sus posicionamientos alrededor de las más diversas cuestiones. Me resulta deslumbrante cómo mienten desde la pantalla de plasma (echo de menos poder decir catódico, me gustaba la palabra) en función de los argumentarios del partido político que defienden o de las últimas, a veces delirantes, declaraciones del gran líder (o Gran Timonel, como les gusta a los maoistas) de turno.

Sí, probablemente el partido político, el que sea, es una de las peores cosas que le ha pasado a esta sociedad, si acaso crees que deberíamos caminar hacia un horizonte de libertad, justicia e igualdad (que no uniformidad, conviene no confundirlo). Pero en mi perversa mente escucho con regocijo los argumentos de unos y otros a favor de sus absurdos posicionamientos.

Bien, al lío. En este caso la lucha partidista (¿lucha? ¿Alguien se cree que esta gente está en alguna lucha que no sea buscarse un bonito retiro en Iberdrola? ¿Sí? Me alegra que seas feliz) gira en torno a la dicotomía comunismo/fascismo. Los de las derechas (más o menos extremas) se presentan con el lema “comunismo o libertad”, argumentando que un gobierno formado por socialdemócratas (básicamente, los entornos de IU, cuyo programa es netamente socialdemócrata) y tecnócratas (psoe) va a generar una dictadura bolivariana que blablablabla (agotan, ¡que gente más pesada!). Según ellos su gobierno preservará las libertades individuales (concretamente las de evadir impuestos de las grandes fortunas) frente al comunismo, que es naturalmente contrario a la “libertad”. Lo que es profundamente falso, que aquí todos somos muy fans del “comunismo libertario”. Precisamente por eso pasamos bastante de estas cosas.

Los otros nos piden el “voto antifascistas”. Según estos hay que confiar en que un gobierno de “izquierdas” es la única manera de parar el fascismo, que amenaza con ocupar las instituciones. Diríase que no tienen otra cosa que ofrecer a sus potenciales votantes. Su mejor baza es no ser fachas y por eso ponen el acento en esa cuestión, que hay fascistas más o menos específicos en el parlamento (la asamblea de Vallecas). Claro, nadie parece caer en la cuenta de que, vaya, lo mismo el fascismo (o la ultraderecha, porque no toda la ultraderecha es “fascista”, aunque usemos el término para aclararnos) sube como la espuma ante la falta de soluciones efectivas que ofrecen a su público, las llamadas izquierdas, cuando ocupan el sillón de mando. Ni eliminan los desahucios, ni acaban con la especulación o la gentrificación, ni aplican planes de urbanismo que no incluyan el desarrollo de gigantescos barrios de viviendas aisladas (esos lugares horribles que llamamos PAU’s, donde sólo te puedes mover en coche y desaparece el concepto de barrio), ni aplican legislación laboral a favor del trabajador, ni eliminan legislaciones liberticidas como aquella “Ley Mordaza”…claro, por lo menos no son fascistas. Que bien, que majos.

Y que además incurren en un error de concepto. No es cierto que ahora el fascismo amenace con entrar en las instituciones. El fascismo lleva insertado en las instituciones desde toda la vida, forma parte de ellas. El estado español es un estado con un componente “facha” bastante importante. No es cierto que se combata al fascismo desde el escaño parlamentario o el puesto en la administración pública. No lo han hecho nunca y no van a empezar ahora.

Al fascismo se le combate en el día a día. Desde la calle, en la asociación en la que estés, donde realmente se vertebran las sociedades. El voto antifascista es mentira. Porque al estado, al sistema el fascismo no le molesta. Lo utiliza como forma de control social. O nosotros o el caos, te dicen. Lo mismo necesitamos caos, y alternativas reales a un orden social que reprime y está en contra de la vida de la gente.

En definitiva, queremos la Anarquía. Aunque nos divierta mucho este circo.